La responsabilidad histórica de España

Por Reyes Mate, filósofo e investigador del CSIC (EL PERIÓDICO, 25/11/07):

Entre las fanfarronadas con que Hugo Chávez ha trufado su pelea con el rey Juan Carlos hay una referencia marginal a la responsabilidad histórica de España con Iberoamérica, que no debería pasar desapercibida. Es el punto con el que el locuaz presidente venezolano conecta con los populistas Fidel Castro o Evo Morales, pero también con gente tan prestigiosa como García Márquez y sectores crecientes de la intelligentsia latinoamericana.
Fue el Nobel colombiano de Literatura el que dio el pistoletazo de salida, en el 2002, al presentar a sus compatriota como “hijos o nietos de los esclavos y los siervos sometidos por España”. Lo trajo a colación para recordarnos que los españoles “tenemos una obligación y un compromiso histórico a los que no podemos dar la espalda”. Gabo evoca una injusticia de hace siglos para denunciar el trato discriminatorio que Europa inflige a los colombianos que quieren venir a Europa al exigirles visado. Y lo hace recordándonos a los españoles una deuda histórica.
Lo que hace cinco años pareció un exceso retórico, aparece cada día más como una exigencia de justicia. Ahora bien, ¿podemos hablar razonablemente de responsabilidad histórica? ¿Deben hacerse cargo los nietos de las acciones de los abuelos?

LA RESPUESTA que nos hemos ido dando hasta ahora es que no. Sustentábamos la negativa en potentes argumentos, diciendo, por ejemplo, que había pasado mucho tiempo desde aquello (los crímenes prescriben después de un tiempo prudencial que aquí ya hemos superado). También recurríamos a la imposibilidad de identificar a los colectivos actuales, herederos de las injusticias pasadas (quienes han de asumir la reparación ¿son los descendientes de los españoles que fueron allá, es decir, los mismos que plantean la reparación, o aquellos, nosotros, cuyos abuelos se quedaron acá?). Finalmente, la dificultad de poner un límite al tiempo de la responsabilidad (los españoles serían responsables ante los aztecas; estos, ante los tlaxcaltecas, y así ad infinitum. Pero, claro, si todos culpables, al final todos inocentes). A la vista de este tipo de dificultades, lo que aconseja la prudencia política es desestimar ese tipo de exigencias y ocuparnos del presente.
Lo que está cambiando es precisamente la valoración de este tipo de dificultades, que cada vez pesan menos. La prescripción de crímenes cometidos hace 500 años es una convención jurídica sin ninguna justificación moral. Hasta 1947, todos los crímenes prescribían por el paso del tiempo. Entonces se convino que había una excepción, el crimen contra la humanidad. Pero ¿por qué han de prescribir los demás crímenes, si cada uno de ellos conlleva un daño absoluto a la víctima? Tampoco es una objeción insalvable el hecho de que no siempre sea fácil identificar a los herederos de los atropellos pasados, porque todas esas dificultades prácticas no pueden borrar algo incuestionable: que allí tuvo lugar una injusticia que no ha sido ni material ni moralmente saldada, porque ni siquiera ha sido planteada, hasta ahora. Y a la pregunta de ¿hasta cuándo la responsabilidad? Hay que decir que hasta el final. Si hay que llegar a la conclusión de que toda la historia se ha construido sobre víctimas, tendremos que asumir la responsabilidad de cambiar la lógica de la historia. No hay que identificar responsabilidad histórica con indemnización material: será posible en algunos casos; en otros, la reparación será moral, que es la que busca Chávez, y en otros, histórico-política: esto es, repensar esta naturalidad con la que aceptamos que la violencia es la partera de la política.
Que se plantee la responsabilidad histórica entre fanfarronadas tabernarias no es de ninguna ayuda a la causa. Tampoco valen las simplezas. Al colocar Chávez su proyecto político bajo la advocación de Bolívar, el líder criollo que no se atrevió a abolir la esclavitud, muestra que no se ha entendido lo fundamental. No se trata de utilizar el sufrimiento de los ancestros contra España para sacar adelante su reforma constitucional, sino de tomarnos en serio el daño que se les hizo para acabar con esa forma de hacer política. La mayor traición de los nietos a las injusticias cometidas contra los abuelos es utilizarlas en provecho propio. A eso se llama victimismo.

BARTOLOMÉ de las Casas, que tenía muy claro que la presencia de los españoles en América era una invasión, sin razones morales ni jurídicas que la avalaran, echaba sobre la espalda de las generaciones futuras de españoles la obligación de reparar los daños materiales –crímenes, torturas y robos– y también los morales. Entendía por daño moral la infamia, o sea, las trasmisión de una imagen infamante de los nativos (casi- hombres, incapaces de gobernarse o dados a los sacrificios humanos). Quería, por contra, que mantuviéramos viva la imagen de que eran sujetos humanos a los que se arrebató por la fuerza lo suyo. Daba mucha importancia a la infamia porque solo así podía crearse en un futuro remoto la conciencia de la injusticia cometida. De mantenerse la imagen que los encomenderos se hacían de los indígenas –como brutos, crueles, retrasados– siempre se podría decir que lo tenían bien merecido. El peligro de la infamia podría reavivarse si echamos en el saco del caribeño verborreico todo lo que sale de su boca. Hay que distinguir, incluso en los discursos de Chávez, el grano de la paja, que grano hay.