La respuesta al islamismo

Todos los análisis de los actos terroristas islamistas deben partir de la condena clara sin paliativos ni atenuantes de la responsabilidad directa de sus ejecutores y de sus fanáticas creencias basadas en una interpretación fundamentalista de la religión. Ante la clara tendencia a que el Estado Islámico y Al Qaeda extiendan sus acciones por todo el mundo, las medidas antiterroristas de índole policial y de seguridad, siendo indispensables, deben encuadrarse en un marco más amplio de actuaciones. Es imprescindible marcar un antes y un después en la lucha contra el terrorismo, es imprescindible establecer una estrategia global de múltiples acciones coordinadas internacionalmente para tomar las decisiones adecuadas en los diversos ámbitos, religiosos, políticos, educativos y mediáticos, partiendo de que no se está atentando sólo contra los valores europeos -como equivocadamente se está acentuando, particularmente tras el atentado contra el semanario Charlie Hebdo- sino contra los valores universales de la civilización.

Como la amenaza terrorista tiene una base explícita de origen religioso, es lógico plantearse las diversas medidas partiendo del influjo que pueden tener las creencias religiosas en el terrorismo y las acciones violentas y, comenzando por el propio entorno religioso, debería propiciarse una cumbre de los representantes de las religiones mayoritarias en el mundo, entre las que se encuentran las tres denominadas del Libro -cristiana, musulmana y judía-, con el compromiso de su práctica únicamente a través de métodos pacíficos. No puede olvidarse en este sentido la valiente manifestación del Papa Benedicto XVI, criticada desde diversos sectores, en contra de la violencia desde la religión, con especial concreción en relación con el islamismo fundamentalista, y que el actual Papa Francisco ha ratificado recientemente casi con las mismas palabras.

Pero el análisis y la toma de decisiones no deben limitarse al ámbito religioso, sino enmarcarse en el más amplio marco de la política, por lo que coherentemente se debería convocar una cumbre política mundial en el órgano más representativo, que es la ONU, partiendo de los dos principios inseparables del respeto a todas las creencias religiosas y su no utilización fomentando el odio y la violencia, y con el compromiso de los Estados de adoptar medidas jurídicas con la calificación de la máxima gravedad penal de los delitos de origen religioso. Puede ser un buen ejemplo a seguir el reciente acuerdo en España de los principales partidos políticos de adoptar una legislación específica sobre el terrorismo radical religioso.

Junto a las medidas en los ámbitos religiosos y políticos deben tomarse otras desde los sectores sociales más influyentes para erradicar la violencia y el terrorismo relacionado con bases religiosas. En este sentido, un factor clave es la educación en las aulas con el respeto a las diversas creencias religiosas y, al mismo tiempo, la erradicación de toda violencia para imponerlas. Es una tarea mundial que debería desarrollarse desde el órgano más adecuado, la UNESCO. Sus conclusiones deberían servir de base para establecer también relaciones culturales y de convivencia pacífica fruto del conocimiento mutuo que, lejos del modelo tan negativo de la Alianza de Civilizaciones, partan de la idea de que no cabe diálogo ni tolerancia alguna si antes no se renuncia a la utilización del terrorismo y la violencia. En Europa, esta misma función podría coordinarse con las acciones desde el Consejo de Europa.

En esta misma tarea, las funciones de los medios de comunicación y el periodismo son elementos esenciales que hay que proteger especialmente, como lo prueba el hecho de que estén en el punto de mira del terrorismo como referencia prioritaria. Es por tanto imprescindible reiterar que sin periodistas no hay periodismo, y sin periodismo no hay democracia, y reafirmar el ejercicio de la libertad de información sin censura. Frente a la tentación siempre existente de legislar sobre los medios de comunicación y el periodismo, se ha recordado también estos días que no debe olvidarse -para conciliar libertad y responsabilidad- la práctica de la autorregulación ética profesional, citando el ejemplo de la Comisión independiente de Quejas y Deontología de la FAPE, que presido.

Ante el inicio de una catástrofe global, aunque con factores y métodos distintos a las anteriores guerras mundiales, frente a hechos tan graves y complejos de un terrorismo que se intenta legitimar en bases religiosas fundamentalistas y radicales, no existen soluciones simplistas ni reduccionistas, sino acciones coordinadas en todos los ámbitos en los que cada uno debe responder con la responsabilidad que le corresponda.

Manuel Núñez Encabo es catedrático Europeo Add Personam de Ciudadanía Europea y catedrático de la Facultad de CCII de la U. Complutense.

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