La resurrección de Al Qaeda

Por Ahmed Rashid, periodista paquistaní y autor del libro Los taliban (EL PAÍS, 25/02/07):

Todas las suposiciones displicentes que se hicieron sobre Al Qaeda antes del 11-S eran erróneas, al igual que casi todas las que se hacen hoy día sobre dicha organización terrorista, puesto que sigue constituyendo la amenaza más peligrosa contra la seguridad internacional, tanto para el mundo occidental como para el islámico. Algunas lumbreras querrían hacernos creer que Al Qaeda se ha convertido en una organización blanda a causa de la persecución sin tregua a la que la somete el espionaje occidental. Sin embargo, Osama Bin Laden no está bajo tierra, ni ha perdido contacto con su organización.

Al Qaeda no se ha echado a dormir, ni se ha transformado en una agrupación sensiblera que compita con YouTube para conseguir más visitas en sus páginas web. Tampoco se ha metamorfoseado en una especie de organización ideológica o inspiradora que se limite a animar a grupos copiones de jóvenes musulmanes para que emulen sus grandes éxitos. En 2004, Al Qaeda se adjudicó el falso mérito de derrocar al Gobierno español, y ahora se está adjudicando el de obligar a dimitir al primer ministro italiano, Romano Prodi.

El año pasado, el número dos de la organización, el médico egipcio Ayman al Zawahiri, emitió 15 discursos importantes en cinta de audio o de vídeo, probablemente más que el presidente de EE UU, George W. Bush. Zawahiri ha tratado con todo detalle cómo debería prepararse Al Qaeda para el Irak posterior a la ocupación estadounidense, cómo se debe luchar en la guerra de Somalia y cómo preparar nuevos atentados en Europa. Esto no es propio de alguien que ha perdido contacto con su base, sino de un hombre que sopesa sus palabras cuidadosamente, como un general que apresta a sus tropas para la batalla.

En 2007, Al Qaeda seguirá ampliando sus objetivos básicos de derrotar a Occidente, provocar el cambio de régimen en el mundo musulmán y extender sus ejércitos y seguidores a más países en todo el mundo para acelerar el advenimiento de su sueño de un califato mundial gobernado por Al Qaeda.

Antes del 11-S, Al Qaeda sólo estaba presente en Afganistán y Pakistán. Hoy se ha convertido una vez más en una amenaza para estos dos países, y además tiene una poderosa presencia en Irak, Somalia, Arabia Saudí, Argelia y Sudán, por no hablar de sus bases permanentes en el continente europeo.

Su principal cometido, al igual que antes del 11-S, es adiestrar, organizar y motivar a ejércitos de terroristas y combatientes para conquistar territorios y mantenerlos bajo control. En Irak empezó de cero tras la invasión estadounidense de 2003, y ahora es capaz de atraer a voluntarios de todo el mundo para convertirlos en terroristas suicidas. Irak se ha transformado en campo de entrenamiento y en cartel de reclutamiento.

O fijémonos en Afganistán, donde los talibanes y Al Qaeda, que eran los amos del país antes del 11-S, fueron derrotados sumariamente y huyeron en tropel a Pakistán. Ahora los talibanes han vuelto y son capaces de movilizar a 8.000 soldados en el campo de batalla, como hicieron el verano pasado. Los servicios de inteligencia estadounidenses y británicos calculan que hay menos de 100 militantes de Al Qaeda árabes y de línea dura en la región de Pakistán y Afganistán, que han ayudado a los talibanes a renovarse.

Entre estos árabes hay hombres de finanzas, recaudadores de fondos y traficantes que pueden conseguir el mejor precio en Dubai o Teherán para la heroína que producen los talibanes. Pero también hay entrenadores, expertos en explosivos, o genios de la tecnología que enseñan el último grito en comunicaciones indetectables y producen DVD de promoción de tecnología puntera que se fabrican a millones y que se distribuyen de manera casi gratuita.

Este puñado de árabes ha reconstruido una red global en los territorios fronterizos de Afganistán y Pakistán, capaz de atraer y adiestrar a musulmanes de origen británico o francés, o de enviar a aprendices talibanes a entrenar en los campos de batalla iraquíes. Estos árabes funcionan como un equipo estratégico organizado, pero son autosuficientes, tienen iniciativa como para desarrollar sus propias tácticas y cada uno de ellos está capacitado para actuar por su cuenta.

Los talibanes están reconquistando el territorio perdido, lo cual desconcierta a los Gobiernos de la OTAN y a EE UU, mientras que las provincias fronterizas de Pakistán se han convertido en centros logísticos y de entrenamiento importantes para Al Qaeda. Hace tiempo que el presidente del país, Pervez Musharraf, renunció a perseguir a Bin Laden, y sus servicios de espionaje permiten que los talibanes reúnan dinero, armas y reclutas. Pakistán se ha convertido en central del terrorismo. Los zares del espionaje de EE UU y del Reino Unido solían decir que Bin Laden y Zawahiri viven a lo largo “de la frontera afgano-paquistaní”, y ahora sólo señalan a Pakistán. Tanto los atentados perpetrados por terroristas suicidas británicos en el metro de Londres en 2005 como la conspiración del avión de Heathrow el año pasado tuvieron su origen en Pakistán. El director del MI5, el general Eliza Manningam-Buller, afirma que de los 1.600 militantes y 200 redes que está vigilando, un número “considerable” tiene conexiones con dicho país.

Pakistán se ha convertido en un Estado más blando desde el 11-S. El Gobierno militar no ha dado pasos decididos para implantar una democracia auténtica, ni tampoco ha actuado como un régimen militar duro. Se enfrenta a los militantes y a la vez se acuesta con ellos. Y el peligro de que Estados africanos fracasados como Somalia y Sudán caigan también en manos de los grupos locales de Al Qaeda no deja de crecer.

No obstante, las células de Al Qaeda que se cultivan con más cuidado son las que están en Europa. El grupo terrorista, curtido en la utilización de los medios de comunicación, sabe que una explosión en Madrid equivale a 10 en Riad o Nueva Delhi. Su objetivo son los jóvenes musulmanes enajenados, que son la consecuencia de tres décadas de política de integración fallida de los Gobiernos europeos.

Sin embargo, si hay que señalar a un solo individuo como responsable de la expansión continua de Al Qaeda, ése es el presidente Bush. El fracaso de la política estadounidense en Oriente Próximo y Afganistán, la incapacidad de reconstruir un país después de invadirlo, el apoyo a las acciones de Israel en Líbano y la creación de una situación de guerra civil en los territorios palestinos han engendrado una ira sin precedentes en el mundo islámico.

En 2001 no había choque de civilizaciones entre el islam y Occidente, sino una panda de terroristas locos que perpetraron un atentado espectacular en territorio estadounidense. Hoy día, cada vez está más cerca el peligro de una guerra de civilizaciones tanto dentro del mundo islámico, entre suníes y chiíes y entre extremistas y moderados, como entre Occidente y los países del islam.