La resurrección de María Magdalena

Por Román Gubern, catedrático de Comunicación Audiovisual de la Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAÍS, 06/06/06):

Una mala novela de Dan Brown y una pésima película de Ron Howard han resucitado estruendosamente en el imaginario colectivo cristiano al legendario personaje paleofeminista del Nuevo Testamento. Se trata de un fenómeno interesante, pues los filones de la actual cultura de masas, con la excepción de la subcultura New Age, parecen netamente laicos. En realidad, el humus literario en que se asienta este personaje mítico es extremadamente confuso, pues en los textos evangélicos hay por lo menos tres Marías distintas, que a veces se han unificado en el personaje de Magdalena, a saber: la mujer pecadora que lava con perfumes y seca con sus cabellos los pies de Jesús en la comida en casa del fariseo Simón, la hermana de Marta y del resucitado Lázaro y la pecadora a la que Jesús libera de sus demonios y que reaparece en la Pasión y ante el sepulcro de Cristo. El papa Gregorio Magno identificó a la mujer que lavó los pies de Jesús como María Magdalena y, desde entonces, las confusiones sobre este personaje se han acumulado como una bola de nieve. Se trata, por lo tanto, de un personaje mítico y confuso, como lo son usualmente los mitos poderosos, como Antígona, san Jorge o el rey Arturo.

Por lo que estamos viendo, en el dipolo mítico formado por la Virgen María y María Magdalena, el segundo personaje está resultando mucho más atractivo para la imaginación popular cristiana y por muy buenas razones. La Virgen María encarna el arquetipo de “progenitor asexuado”, típico de las representaciones infantiles, mientras que María Magdalena encarna la sexualidad activa adulta -y en el Renacimiento su imagen se confundió a veces con la de Venus-, aunque corregida por su posterior arrepentimiento. Se trata, por lo tanto, de un personaje mucho más cercano y más humano para los lectores de los evangelios. Convertido su nombre en sinónimo de “prostituta arrepentida” y otorgado a los Hospitales de la Magdalena en donde se acoge a estas mujeres, sería también la santa patrona de perfumistas, peluqueros y jardineros. Para redondear el contraste con la Virgen-Madre María, una leyenda hermética, ahora en boga, la ha convertido además en madre sexuada de la descendencia de Jesús.

Con un activismo que contrasta con la pasividad de la Virgen María, Magdalena ha sintonizado con la mitología literaria que legitimó desde el romanticismo al atractivo personaje del bad-good boy (cuyo paradigma cinematográfico lo ofreció Humphrey Bogart), proponiendo muy tempranamente un poderoso arquetipo de bad-good girl. El cine nos había ofrecido personajes femeninos tan encanallados como la Lola-Lola (Marlene Dietrich) de El ángel azul, arquetipo de la vampiresa que el hombre desea y odia a la vez, porque su deseo sexual le debilita y le hace vulnerable. Pero aquel ángel-demonio del cine alemán (y recordemos que el verdadero nombre de Marlene Dietrich era María Magdalena) aparece corregido en el mito evangélico, tras mostrar su simpático hedonismo y sus flaquezas humanas, por su redención moral posterior. El cine se ha hecho eco, sobre todo, de la dimensión erótica del mito: no en vano la primera Magdalena del cine norteamericano, en 1913, fue Alice Hollister, que fue también la primera vampiresa profesional de aquella cinematografía. Y cuando el astuto Cecil B. DeMille realizó Rey de reyes (1927) propuso cautamente que Magdalena fuera la novia de Judas, tal para cual.

Todo el morbo de la leyenda que ahora circula tan profusamente deriva de la presunta relación carnal de Jesucristo con la pecadora de Magdala. Esta hipótesis destapa una cuestión que ya inquietó a san Agustín, pues si Jesús era, en virtud de su naturaleza humana, un varón heterosexual, no podía sustraerse a los determinismos de su fisiología. A san Agustín le preocupaba que los varones no pudieran controlar las erecciones matutinas y las poluciones nocturnas, que revelaban la fuerza indomable de la naturaleza frente a la voluntad. ¿Por qué el cuerpo humano de Jesucristo iba a ser una excepción? Nikos Kazantzakis planteó muy respetuosamente la cuestión en su novela La última tentación de Cristo (1954), que fue muy criticada por la Iglesia ortodoxa griega y colocada en el Índice vaticano de libros prohibidos. La adaptación cinematográfica que Martin Scorsese llevó a cabo de esta novela en 1988, con Barbara Hershey en el papel de Magdalena, reavivó ruidosamente el conflicto, con descalificaciones vaticanas, griegas e israelíes.

Sabemos que Magdalena tocó a Jesús al lavarle los pies (en una escena que admite una lectura fetichista, en la que ahora no nos detendremos), pero, tras la resurrección, Cristo aparece junto a su tumba ante ella y le ordena imperativamente: “Noli me tangere” (“No me toques”). Freud nos explicó elocuentemente que allí donde existe una prohibición es porque hay un deseo. Obviamente, Magdalena iba a tocar gozosamente el cuerpo resucitado y por eso Cristo ahora se lo prohíbe. ¿No resulta elocuente esta prohibición?

Magdalena se ha inscrito ahora ruidosamente en el neofeminismo teológico que ha llegado a desembarcar en la cultura de masas occidental, gracias a una mala novela y a una pésima, pero muy taquillera, película. A la leyenda fundacional se le ha añadido la coletilla de su presunto viaje hacia Marsella y su retiro penitente en la gruta del Santo Bálsamo, cubierto su cuerpo desnudo sólo por sus cabellos (otra imagen redentora, pero también tentadora), meditando ante una calavera, con toda clase de aditamentos herméticos que en estos días circulan tan profusamente en nuestros medios. Pero uno de los vectores más interesantes de esta maraña de teorías y de leyendas reside, en mi opinión, en que refleja el ímpetu femenino colectivo para ver reconocida de modo legítimo su dignidad y función social en todas las instituciones del mundo moderno, tanto en las religiosas como en las laicas, de las que hasta ahora ha estado excluida.