La Revolución de Octubre

Por Imanol Villa (EL CORREO DIGITAL, 07/11/07):

El regreso a Lenin -escribió Mijaíl Gorbachov en 1989- ha estimulado enormemente al partido y a la sociedad soviética en su búsqueda de explicaciones y respuestas a los problemas que tenemos planteados». No cabía ninguna duda. Para el padre de la ‘perestroika’, la salvación de la Unión Soviética pasaba por la recuperación de los objetivos, aún inconclusos, de la Revolución de Octubre de 1917. Más de setenta años después, un líder soviético reconocía la esclerosis de un sistema incapacitado para gestionar las necesidades, y sobre todo las básicas, de sus ciudadanos. El análisis era muy claro. Con la llegada de Stalin, la URSS había entrado en un proceso de concentración del poder en manos del partido, al mismo tiempo que éste se había alejado de las masas hasta convertirlas en un objeto pasivo y sumiso a una tiranía despiadada y sangrienta. Tras el georgiano, no cambiaron mucho las cosas, aunque todos pudieron dormir algo más tranquilos. Por eso, Gorbachov reclamó la urgente necesidad de forzar un retorno al pasado para proclamar de manera contundente que todo el poder debía recaer en los soviets. Esto obligaba a recuperar las fuentes revolucionarias del 17 y a desempolvar al único padre del Estado soviético. «Lenin sigue vivo en las mentes y los corazones de millones de personas», señaló Gorbachov en su libro ‘Perestroika. Mi mensaje a Rusia y al mundo moderno’. Lo único que hacía falta era traducir aquel mensaje del pasado para hacerlo comprensible a los soviéticos situados casi en los umbrales del siglo XXI. Ése era el único camino.

Pero aquella segunda revolución bolchevique liderada por Mijaíl Gorbachov fracasó. No sólo eso. El gran Imperio soviético se fue al traste. Todo acabó mal y, como había dicho Gramsci, el Estado se derrumbó sin que ni siquiera se hubieran puesto las bases de aquel otro llamado a sustituirle. Fue a partir de ese momento en el que, imposibilitados para un retorno al pasado, la Revolución de Octubre pasó a situarse dentro de la categoría que la Historia tiene reservada a los dramas.

El Estado proletario preconizado por Lenin apareció como el producto de un atentado en toda regla contra el pueblo ruso. Los bolcheviques no sólo no habían sabido conectar con las masas sino que, y esto era lo más terrorífico, habían truncado las enormes posibilidades que la revolución burguesa de febrero de 1917 había despertado en Rusia. Aniquilaron la potencialidad de un régimen parlamentario y lo sustituyeron por una dictadura en la que un puñado de intelectuales -vanguardia revolucionaria se hacían llamar- se habían alzado con el poder para instaurar un régimen totalitario. Y así, todos los estudios arremetieron contra la generalidad de un proceso revolucionario asentado sobre un falso espejismo de liberación. Caído el edificio soviético, no existían razones para salvar nada. Stalin dejó de ser el único culpable de la represión. Los estudios de Pipes y Volkogonov mostraron a un Lenin dispuesto a aplicar el terror masivo contra todo tipo de oposición, lo que le convertía, de manera directa y dramática, en el verdadero iniciador e instigador de la maquinaria represiva y totalitaria soviética.

Con todo ello, y de una manera extraordinariamente rápida, el común de los análisis sobre aquellos diez días que estremecieron al mundo y sus consecuencias coincidían en una triste conclusión: los bolcheviques habían truncado las posibilidades que Rusia había tenido de un desarrollo armónico y democrático. Es decir, sin los sucesos de octubre, Rusia sería una democracia en el pleno sentido de la palabra. De ahí que el lapso de tiempo existente entre octubre de 1917 y el final de año de 1991 pasara a elevarse al rango de la inutilidad absoluta. Y cómo no, todo ello acompañado por la sonatina constante de los doctos consejeros occidentales que proclamaban un más que satisfecho ‘ya lo decía yo’.

Sin embargo, y admitiendo como cierto no sólo el terror de masas practicado, sino el enorme grado de desviación producido entre los objetivos propuestos y la realidad, considero exageradamente arriesgado condenar el momento puntual del hecho revolucionario. En primer lugar, porque los bolcheviques, lejos de actuar según planes maquiavélicos, demostraron tener una capacidad de análisis de la realidad rusa del momento sin parangón alguno. Convendría, qué duda cabe, repasar en profundidad los hechos ocurridos en Rusia desde la retirada del zar y la consecuente instauración de un régimen de democracia burguesa, en febrero del 17, para darnos cuenta del enorme desconcierto en el que se vieron sumidos los diferentes gobiernos hasta los sucesos de octubre.

Con una sociedad al borde de la crisis más absoluta, un ejército humillado en el frente provocado por la Primera Guerra Mundial y un proletariado y campesinado empobrecidos, los bolcheviques fueron los únicos en ofrecer un plan de organización eficaz junto con un programa tan atractivo para aquéllos que les permitió ganar adeptos de una manera vertiginosa. Por otro lado, suponer que lo que en el fondo perseguía Lenin no era más que satisfacer sus ansias de poder para él y su vanguardia es, cuando menos, una simpleza. Todos sus escritos previos desautorizan cualquier afirmación en este sentido.

Ciertamente, y en este aspecto muchos autores lo confirman, Lenin cometió el error de hacer una lectura de Marx en la que obvió apreciaciones muy valiosas hechas por el filósofo alemán con respecto al caso ruso. También erró en su concepción de la vanguardia revolucionaria. A su juicio, era evidente la conexión entre las masas proletarias y campesinas y el partido -relación que concretaba en la creencia de que una vez tomado el poder éste recaería en manos del pueblo-, aunque, a la hora de la verdad, eso no fue así. Tampoco se ha de negar uno de los aspectos que, a la larga, más condicionaron y favorecieron el vaciamiento en el tiempo del hecho revolucionario. A saber, su asimilación por la maquinaria burocrática heredada del zarismo y, al mismo tiempo, la admisión del mismo concepto de Estado, lo que originó, no una fractura en el tiempo, sino una continuación histórica del mismo. Algo que, en cierto modo, se mantiene en la Rusia de estas horas.

Obviamente, no se ha de ocultar lo que de condenable puede extraerse del hecho revolucionario y de su posterior deriva. La utilización del terror sistemático -lo empezase quien lo empezase- fue un error de gran magnitud, condenable sin reparo alguno, y que ha lastrado poderosamente la memoria colectiva del pueblo ruso. Sin embargo, tampoco hay que negar los valores de solidaridad que se recrearon en la sociedad soviética.

Sea como fuere, noventa años después de la Revolución de Octubre -celebrada en noviembre-, pocos hay que mantengan un interés didáctico sobre la misma. Junto al ‘ya lo sabía’, su fracaso ha confirmado la certeza de que el mejor sistema es el nuestro, el de Occidente y que, vistos los hechos, no hubo necesidad de hacer la revolución. Impresionante golpe éste, por cierto, del que la izquierda en general aún no se ha recuperado. Curiosamente, quienes afirman todo eso parecen olvidar que nuestros sistemas democráticos tuvieron su origen, precisamente, en otro gran proceso revolucionario. Aunque ésa ya es otra historia.