La revolución en la mente de Putin

Cuando los ucranios salieron a la calle para protestar contra su Gobierno a finales de noviembre esperaban desencadenar una revolución. Cuando derrocaron al presidente Víktor Yanukóvich en febrero, no sabían que había una revolución más amplia que estaba en la mente de Vladimir Putin.

Aunque sustituyeron al presidente, la mayoría de los que gobiernan Ucrania siguen siendo los miembros de la clase política de siempre. Las posibilidades de una verdadera ruptura con el pasado son escasas. En Moscú, por el contrario, las normas ideológicas, geopolíticas y económicas se están reescribiendo.

Hace poco hablé en Moscú con antiguos asesores del Kremlin, funcionarios en activo, diplomáticos y disidentes, y todos estaban de acuerdo en que Putin, que es un líder pragmático, se ha reinventado como auténtico revolucionario dispuesto a retar a Occidente en los siguientes aspectos:

1) Putin se enfrenta al utilitarismo occidental con un fervor ideológico inédito. En las 24 horas anteriores a la caída de Yanukóvich, Putin sopesó dos opciones, según un colaborador político. Una era establecer al presidente ucranio con un “gobierno legítimo en el exilio” en la ciudad oriental de Jarkov. La otra era anexionarse Crimea.

A Putin le atrajeron las posibilidades del nacionalismo étnico en la península. Era consciente de su poder y temía que, si no lo explotaba él, lo hicieran otros. Después de reclamar Crimea, Putin no solo se ha beneficiado de ese fervor nacionalista sino que se ha convertido en rehén de él. Ahora debe cumplir las expectativas que él mismo ha despertado. Lo que quizá comenzó como una táctica para garantizarse la supervivencia política se ha transformado en una misión que afianzará su lugar en la historia de Rusia.

La nueva ideología de Putin pretende aunar el nacionalismo étnico con el proyecto neoimperial de construir una Unión Eurasiática. El resultado es una mezcla explosiva que le ha permitido invertir el declive de popularidad que sufría para alzarle en la cresta de la ola de una movilización masiva.

Uno de los expertos en encuestas con los que hablé me dijo que esta situación solo tiene paralelismo con el aumento de popularidad que le supuso a Putin emprender la guerra en Chechenia poco después de llegar a la presidencia, en 2000.

2) Putin tiene una fe revolucionaria en su propio poder. Cree que la historia no sucede porque sí, sino porque las personas hacen que suceda. Por eso cree sinceramente que Occidente es responsable de las protestas que acabaron con Yanukóvich.

“Veremos el espíritu de Maidan en la zona este”, bromeó un funcionario del Kremlin; es decir, que Rusia organizará manifestaciones populares para crear el caos. El político me explicó además que la experiencia con Yanukóvich ha hecho que Putin desconfíe de tratar con los interlocutores locales, por lo que será la propia Rusia la que organice las movilizaciones.

Putin no se fía de que los dirigentes locales protejan los intereses rusos. De ahí su decisión de impulsar las negociaciones con Occidente en Ginebra, no con el propósito de lograr la estabilización de Ucrania, sino su desintegración, bien mediante la violencia y las protestas, bien pacíficamente, negociando un Estado federal.

La reciente escalada en el este de Ucrania no tiene por qué desembocar en la anexión. Putin preferiría que Occidente pague para mantener la solvencia de Ucrania mientras él conserva sus instrumentos para socavar al Gobierno de Kiev, un proceso que acabaría haciendo de Ucrania un Estado fallido como Bosnia.

3) Putin está empleando su carácter imprevisible como arma contra Occidente. Sabe lo que los países occidentales están dispuestos a hacer para detenerle (y, sobre todo, lo que no van a hacer). Ninguna de las personas con las que hablé en Moscú había previsto la anexión de Crimea, y, después de haberse equivocado, no se atreven a adivinar lo que va a hacer ahora, en Ucrania, Moldavia, Georgia ni ningún otro país postsoviético. Como dijo un asesor de política exterior, en el mundo actual, “las excepciones se han convertido en la regla”. El orden de la política exterior ha quedado aniquilado por Kosovo, Irak y Crimea.

Putin ha aportado esa misma incertidumbre a la política nacional. El año pasado, un profesor al que habían pedido que escribiese un discurso para el primer ministro Dmitri Medvédev fue interrogado por la Oficina de Seguridad Pública por un hecho no relacionado. “En los viejos tiempos”, me contó, “uno sabía su sitio. O estaba con el régimen o le interrogaban. Ahora nadie sabe dónde está”.

El presidente ruso ha introducido palabras como “agentes extranjeros” y “quintacolumnistas” para restar legitimidad a la élite intelectual escéptica respecto a su régimen. La frase favorita en el Kremlin es hoy “caos manejable”. Ha recorrido un largo trecho desde la estabilidad de su “democracia manejable”.

4) Putin pretende responder a los intentos occidentales de contener los costes de la crisis de Ucrania con una ética interna de sacrificio. Los economistas rusos quitan importancia a las sanciones de Occidente. Subrayan que, a corto plazo, la devaluación de la moneda, la sustitución de las importaciones y el consumo “patriótico” proporcionarán un estímulo para la economía. A la larga, las sanciones quizá obliguen a Rusia a alejarse de una economía basada en los hidrocarburos y la dependencia excesiva de los mercados occidentales para desarrollar los asiáticos, devaluar el rublo y tomar medidas para reindustrializarse.

Los políticos próximos al Kremlin afirman que, si Estados Unidos expulsa a Rusia de la economía mundial, los BRICS se solidarizarán con Moscú. Un simpatizante del Gobierno me aseguró que Estados Unidos y Europa no representan ya al mundo entero. “La comunidad internacional y Occidente no son lo mismo”, dijo.

Los más beligerantes hablan de “modernización contra Occidente”, como en las políticas rusas de la década de 1930.

Moscú se prepara para un enfrentamiento prolongado con Occidente. Después de años de defender el statu quo, Putin parece haber decidido que le conviene más trastocarlo. Rusia tiene talento para las revoluciones. Sufrió grandes vuelcos políticos en 1905, 1917 y 1991. Pero, mientras que las revoluciones anteriores querían cambiar a los dirigentes del país, la revolución de Putin pretende corregir el orden que le rodea.

Mark Leonard es cofundador y director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. © Reuters. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *