La revolución idolatrada

Estuve en el París de mayo de 1968 y vi con asombro, sin terminar de creer en lo que estaba viendo, cómo los jóvenes estudiantes, en su rebelión entre surrealista y neoanarquista contra los diez años de gobierno del general De Gaulle, sacaban los adoquines de las calles y formaban cadenas humanas para llevarlos a los techos de los edificios. Eso permitía bombardear mejor a las fuerzas especiales de la Policía y encontrarse, de paso, con las arenas de la playa por debajo de la ciudad, como se anunciaba en esas extravagantes jornadas: adivinar en la distancia, en la bruma, el mar agitado de las revoluciones. Ahora, para cambiar de aire, he regresado durante dos o tres días al París de mis años maduros, y he tenido la sensación de que otra rebelión, menos ingenua que la de hace medio siglo, quizá más destructiva, se agitaba en alguna parte, al fondo de alguna playa. Ten cuidado, me dijo un viejo amigo, no hagas planes de ninguna especie, mira que todo está en huelga. Llegué a la conclusión, al segundo o al tercer día de mi llegada, de que el Gobierno de Emmanuel Macron resiste con decisión, con lucidez, con conocimiento acabado del país, de su historia, de su tradición, pero no quedé seguro de que pueda ganar el pulso contra los actuales sectores extremistas, cosa que compromete, creo, y no es poco decir, al conjunto de la construcción democrática europea de todos estos años.

Seguí mi viaje al sur, contra viento y marea, en visita a la casa de campo de un amigo y pariente, y comprobé que la empresa nacional francesa de ferrocarriles, esa institución que parece inconmovible, cuando declara que su huelga casi permanente ha sido suspendida, puede llevarnos a nuestros destinos con la más perfecta puntualidad. Era una paradójica organización de la desorganización. Me acordé de un fragmento de poema en que el Neruda de sus años finales hablaba de «la revolución idolatrada»; es decir, de la revolución en calidad de religión, de verdad de fe, y de otro en el que Nicanor Parra, otro poeta chileno, aseguraba que «el cadáver de Carlos Marx todavía respira». ¿Tendrán razón algunas veces los poetas difuntos, a pesar de su pregonada locura?». Observo, por ejemplo, a unos curiosos Comités españoles de Defensa de la República, y me acuerdo de los Comités cubanos de Defensa de la Revolución, otro invento que en mi larga, complicada experiencia, me tocó conocer muy de cerca: ancianas porteras que vigilaban todo lo que sucedía, desde sus cubículos en las puertas de los edificios, debajo de los retratos de los héroes y los santos revolucionarios mientras tejían calceta.

Mi amigo y pariente del sur de Francia me llevó a conocer el castillo de Grignan, que se encuentra a pocos kilómetros de distancia de su residencia campestre. Yo estaba preparado, y había leído alrededor de ochenta cartas de madame de Sévigné en los días anteriores a mi vacación de Semana Santa. La mayoría de esas cartas estaban dirigidas a su hija, la condesa de Grignan, casada con el señor de ese castillo, gobernador de Provenza.

Frente a la fiebre moderna de la destrucción, que tiene ejemplos tan dramáticos, tan difíciles de entender, como el de Venezuela, como tantos otros, he comprendido que las cartas de la señora de Sévigné, en su esencia, en su sentido último, son el reflejo de un proceso de construcción extraordinario: en el arte, en el diseño, en la arquitectura, en el pensamiento, hasta en la política. Desde sus refugios de provincia, silenciosa, llena de sutileza, con un sentido del humor único, con un lenguaje superior, que nunca desdeñaba el recurso a los lenguajes proverbiales, coloquiales, campesinos, pero que nunca se olvidaba de las estructuras gramaticales, la inefable e incansable autora de las epístolas estudiaba a Descartes, se paseaba con el más total dominio por los ensayos de Montaigne, leía a los grandes poetas italianos, gozaba y citaba a menudo los episodios de la Princesa Micomicona en el Quijote. Al mismo tiempo abandonaba libros y cartas para conversar largas horas con ministros del reino de Luis XIV, con gobernadores provinciales, con cardenales de la iglesia. Su yerno, el marqués de Grignan, era un personaje político importante, gobernador de su provincia, y ella discutía con él sobre temas de impuestos, de obras públicas, de urbanismo, de educación superior, sin que nada de su tiempo le fuera ajeno. ¡Qué enigma, qué misterio de la historia! ¿Por qué existía entonces la pasión de construir un país, y de hacerlo desde la cultura, desde los más altos niveles del pensamiento, desde un buen gusto exigente, refinado, y parece que ahora existe la pasión contraria? No tengo una respuesta clara, como parece que la tenía Sévigné, y me pregunto que cuándo y dónde nos equivocamos, en qué momento perdimos el rumbo. No pretendo pedir que madame de Sévigné resucite, no creo en estos santos laicos, no me imagino su retrato colgado en la oficina de alguno de los CDR de ahora, pero me parece que leerla con atención, alrededor de cuatro siglos más tarde, no es tiempo perdido.

Es entrar en una mente que soñaba con el progreso real, con apasionada concentración en sus temas, sin palabrería. Voltaire, el librepensador por antonomasia, comentó después a madame de Sevigné con enorme admiración en su libro El siglo de Luis XIV. El gran filósofo sabía de lo que hablaba. Contó que los cortesanos criticaban al rey porque gastaba demasiado en el ballet, en la música, en las letras, cosas de la cultura que consideraban superfluas, cuando en el país faltaba lo necesario, los zapatos de los soldados, los hospitales, las lecherías y las panaderías. Si ustedes observan mejor, concluía Voltaire, comprobarán que los países que no tienen eso que parece superfluo –la música, el teatro, la poesía, el pensamiento–, tampoco tienen lo necesario: el trigo, los zapatos.

Jorge Edwards, escritor.

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