La revolución iraní y la esperanza democrática

La Historia de Irán no trata sólo de conflicto y opresión. También trata de cultura y progreso. Tal vez sorprenda saber que Irán, según muchos, es la nación quizás más avanzada de Oriente Medio. Hace muchos años, cuando tenía 16, leí la que para mí siempre ha sido la más entretenida de las novelas que se hayan escrito sobre Irán: Las aventuras de Hadji Baba de Ispahán (1824), escrita por un diplomático inglés, James Morier. La novela de Morier revela las múltiples maneras de ver la vida diaria de los iraníes. La recomiendo fervientemente a aquellos que puedan leer en inglés, porque revela lo que a menudo se oculta bajo la superficie de los acontecimientos.

Algunos periodistas, según se deduce de la reacción de la prensa en los países democráticos, no han sabido penetrar debajo de la superficie de los recientes acontecimientos en Irán. Es sorprendente cómo los medios de comunicación en Europa y Estados Unidos han aceptado, sin investigar más, la idea de que el Gobierno iraní está decidido a aplastar la democracia y falsificar los resultados de las elecciones. Si el Gobierno era tan dictatorial y si desconfiaba de la voluntad de sus votantes, ¿por qué iba a convocar elecciones? Si deseaba oprimir a la gente, ¿por qué no sacó los tanques a la calle, como hizo China en la plaza de Tiananmen? Por supuesto, uno puede decir, la prueba de que eran antidemócratas es que falsificaron los resultados de las elecciones y después hicieron la absurda declaración de que los británicos eran responsables de provocar todo el desorden en las calles. Mientras escribo, el Consejo Supremo de Teherán ha declarado que juzgará a uno de los trabajadores de la embajada británica por sedición. La Unión Europea ha formulado firmes protestas a los embajadores iraníes sobre este punto.

¿Son los británicos los verdaderos responsables? ¿O son totalmente inocentes? Irán tiene buenas razones históricas para sospechar de los británicos. Al igual que otros pueblos, los iraníes son los herederos de un complejo proceso histórico. Muchos españoles saben poco sobre la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, así que sería bueno empezar desde este punto. En 1943, justo antes del fin de la guerra, los Tres Grandes -Roosevelt, Churchill y Stalin- se reunieron en una importante conferencia en Teherán, la capital de Irán. Se encontraron allí para discutir qué había que hacer en Oriente Medio después de ganada la guerra. ¿Pero por qué reunirse en Teherán? De hecho, los británicos y rusos ya controlaban el país. Durante la guerra, Irán se había declarado neutral. Pero en agosto de 1941, Inglaterra y la Unión Soviética ignoraron su neutralidad y combinadamente atacaron y ocuparon todo el país (un acto que ambas naciones habían estado planeando al menos desde 1907). El monarca reinante pidió ayuda a Estados Unidos. Roosevelt prometió presionar a las dos potencias para que abandonaran Irán, pero eso no ocurrió hasta después de la Conferencia de Teherán.

Después de la conferencia, el delegado de Roosevelt, general Hurley, redactó un informe explicando los objetivos americanos en Irán. Los británicos y los rusos habían de salir del país. «La intención de Estados Unidos es mantener Irán como una nación libre e independiente y ofrecer a los iraníes la oportunidad de disfrutar los derechos del hombre como establece la Constitución de Estados Unidos, y participar en el cumplimiento de los Principios de la Carta Atlántica…. Irán puede conseguir por sí misma los principios de justicia, libertad de conciencia, libertad de prensa, libertad de palabra, libertad de deseo, igualdad de oportunidad y, hasta cierto punto, libertad del miedo». Pero Roosevelt falleció poco después y las aspiraciones americanas sobre Irán nunca se llevaron a la práctica. En lugar de eso, los británicos tomaron de nuevo la iniciativa.

A principios del siglo XX una compañía británica obtuvo un monopolio de 60 años para explotar todos los recursos de petróleo sobre el 80% de la superficie de Irán. La compañía, conocida hoy como BP, tenía su base en la refinería de Abadan. Desde los años 1920, Inglaterra controlaba cada aspecto de la política y economía de Irán. Los británicos eligieron un nuevo gobernante, Reza Khan, quien en 1925 fue declarado emperador (sha) y empezó a modernizar sectores de la economía y la vida pública. Esto inevitablemente conmocionó a los tradicionalistas e inspiró la resistencia islámica. Sin embargo, las potencias se interesaban principalmente por el petróleo y fue la preocupación por el petróleo de BP lo que motivó la invasión militar británica de Irán en 1941. Después de la guerra, el petróleo permaneció como objetivo principal en la agenda. Al mismo tiempo, hubo un comienzo de resistencia a la presencia británica, dirigida en especial al intento de reclamar el control sobre el petróleo de la nación. En 1951, un gobierno iraní bajo el primer ministro Mossadegh declaró la nacionalización de los recursos petrolíferos. Los británicos contrarrestaron boicoteando la producción, lo que condujo al caos. La situación amenazó el suministro de combustible a Occidente. Finalmente, en 1953 los servicios secretos británicos y americanos llevaron a cabo un golpe de Estado, en el que las protestas callejeras jugaron un papel crucial. En 2000, la Secretaria de Estado, Madeleine Albright, admitió: «En 1953, Estados Unidos jugó un importante papel en la destitución del popular primer ministro de Irán, Mohammed Mossadegh».

MOSSADEGH SALIÓ hacia el exilio. El régimen prooccidental del sha siguió controlando el país y aseguró la producción del petróleo de BP, hasta que la revolución islámica de 1979 trajo al poder al líder ayatolá Jomeini. Desde entonces, Irán -o una sección de él- ha rehusado confiar en los británicos o los americanos. El clero conservador ha presentado las recientes protestas en la calle contra los resultados de las elecciones como un intento de Estados Unidos e Inglaterra de fomentar el descontento. A la luz de cómo Occidente derrocó a Mossadegh, es fácil ver cómo la intrusión extranjera influye en un país con una historia como la de Irán. En otras palabras, es mucho más que una cuestión de un gobierno negándose a reconocer unas elecciones democráticas. Las protestas en la calle podrían parecer una posible repetición de los acontecimientos de 1953.

Es evidente que los mulás viven en un mundo de fantasía donde todo lo malévolo se identifica como británico. Uno de los miembros del Consejo Supremo ha declarado públicamente que las bombas terroristas en Londres en julio de 2005 eran, en realidad, obra del Gobierno británico. Obviamente, la imaginación teocrática también cree que el diablo es británico. Es posible que ese haya sido uno de los motivos que condujo a la notoria fatwa que los ayatolás emitieron en contra del novelista británico Salman Rushdie.

Hace algunos años, en 1973, el autor iraní Iraj Pezeshkzad escribió una novela satírica llamada Mi tío Napoleón, que los ayatolás prohibieron cuando llegaron al poder en 1979. Se la ha descrito como la más evocativa novela escrita sobre Irán en este siglo, y -quién sabe- tal vez un día Pezeshkzad gane un premio internacional. El autor de la obra explicaba recientemente: «El carácter central de la novela ve escondida la mano del imperialismo británico detrás de cada acontecimiento que ha ocurrido en Irán hasta el reciente pasado. Por primera vez, la gente de Irán ha visto claramente el absurdo de esta creencia y ha podido reírse de ella. Hoy en día, en el lenguaje Farsi, la frase ‘Mi tío Napoleón’ se emplea en todas partes para indicar una creencia de que los complots británicos están detrás de todos los acontecimientos y va acompañada de burlas y risotadas». Parece ahora como si los ayatolás hubieran vuelto de nuevo a su mundo de ensueño y hayan dado nueva vida al tío Napoleón. Sin embargo, los jóvenes en las calles han dejado de creer en la fantasía y están cuestionando no sólo las elecciones sino también todo el marco de un régimen que es claramente reaccionario incluso según los criterios de la época medieval.

Henry Kamen, historiador británico. Su último libro es El enigma de El Escorial, Espasa Calpe, 2009.