La sacudida que necesita Italia

Dos meses después de la elección general italiana del 4 de marzo, la incertidumbre sobre cómo será el futuro gobierno continúa, y el país parece sumido en una extraña indolencia. Pero sería tonto pensar que una nación donde partidos antisistema obtuvieron el 55% del voto popular seguirá comportándose como si nada hubiera pasado. Los supuestos “bárbaros” ya no están a las puertas. Están adentro.

El populista Movimiento Cinco Estrellas, que obtuvo una victoria aplastante en el sur de Italia, prometió aumentar el gasto en inversión pública y transferencias sociales, y revertir la reforma del sistema de pensiones aprobada hace unos años. La Liga, que se adueñó del norte, también promete derogar la reforma jubilatoria y bajar impuestos, y sugirió abiertamente abandonar el euro. Ambos partidos quieren aflojar la restricción fiscal de Europa, pero en formas diferentes. Al menos uno de los dos tendrá que ser parte de la coalición de gobierno.

Las consecuencias económicas pueden ser profundas. Con un cociente deuda/PIB igual al 132%, las finanzas públicas de Italia son precarias. Si los mercados comenzaran a tener dudas sobre su sostenibilidad, la situación podría descontrolarse en poco tiempo. Italia es demasiado grande para que el Mecanismo Europeo de Estabilidad intervenga en una crisis de deuda, como lo hizo en Grecia y Portugal. El Banco Central Europeo tendría que acudir al rescate, y tal vez habría que reestructurar la deuda.

Por eso es casi seguro que la Unión Europea insistirá en la disciplina fiscal. La pregunta es qué estrategia debe adoptar Italia para resolver su problema presupuestario. Contra los supuestos usuales, la elevada deuda pública de Italia no es resultado de un descontrol del déficit fiscal (al menos, no alguno reciente). Con la excepción de 2009, el saldo primario (excluido el pago de intereses) lleva veinte años de superávit, algo único en toda la eurozona.

La raíz del problema de finanzas públicas de Italia es que heredó una deuda excesivamente alta de los años ochenta, y hace dos decenios que no registra algún crecimiento económico significativo. El PIB real (deflactado) en 2017 estaba en el mismo nivel que en 2003, y el PIB real per cápita, en el mismo nivel que en 1999. Si el denominador está estancado, es difícil reducir el cociente deuda/PIB: la herencia del pasado sigue pesando demasiado en el presente.

Para entender el problema de Italia puede ser útil un experimento mental. Si Francia hubiera seguido la misma política que su vecino meridional desde la introducción del euro en 1999 (es decir, si hubiera registrado, año tras año, los mismos saldos primarios), hoy su deuda pública sería el 45% del PIB, en vez del 97%. La diferencia entre Francia e Italia no es que una haya sido prudente y la otra pródiga. Todo lo contrario. La razón por la que Francia hoy tiene una deuda considerablemente menor es que partió de una posición fiscal mejor, y su crecimiento ha sido más rápido.

De modo que la conclusión es que la prioridad principal de Italia debe ser reactivar el crecimiento. Pero eso no se logrará quitando el freno al gasto público. La mayor parte del problema de crecimiento de Italia surge de la oferta, no de la demanda. Como registra un artículo reciente del Banco de Italia, el país viene teniendo un desempeño lamentable en materia de productividad: en los últimos veinte años, la producción por empleado disminuyó a un ritmo del 0,1% anual, contra un crecimiento del 0,6% en España, 0,7% en Alemania y 0,8% en Francia. Además, el panorama demográfico es desalentador: se prevé que en los años venideros la población en edad de trabajar (que hoy está en el mismo nivel que a fines de los ochenta) se reducirá entre 0,5 y 1% al año. La carga de devolver la deuda caerá sobre una fuerza laboral más pequeña (y más aún si se reduce la edad de retiro).

De modo que es imprescindible aumentar la productividad. En teoría, la receta para el éxito parece sencilla: la política económica debe apuntar a reducir la divergencia que hay entre las empresas más grandes, cuyo desempeño corre parejo con las de sus homólogas en Alemania o Francia, y las más pequeñas, cuya productividad es la mitad. En todas partes las empresas pequeñas son menos productivas que las grandes (al fin y al cabo, el crecimiento es un proceso de selección), pero la peculiaridad de Italia es que aquellas empresas son a la vez mucho menos eficientes y mucho más numerosas. Por cada líder innovador que vende productos de avanzada en el mercado global, hay muchas empresas mal administradas con menos de diez empleados que sólo producen para el mercado local. Este alto grado de fragmentación explica el mal desempeño agregado de Italia.

Dos economistas italianos que enseñan en Estados Unidos, Bruno Pellegrino y Luigi Zingales, investigaron las causas de esta peculiar situación, y concluyeron que los problemas de productividad observados no obedecen ni a fenómenos sectoriales, ni a restricciones crediticias, ni a regulaciones laborales. En vez de eso, señalan el modelo de administración familiar de las empresas más pequeñas y la tendencia a elegir y recompensar al personal por la lealtad más que por el mérito. Para los autores, las causas últimas de la enfermedad italiana son el nepotismo y el amiguismo.

Estas observaciones inciden directamente en las discusiones que tendrán lugar entre el próximo gobierno italiano y sus socios europeos. Sería aconsejable que los segundos prioricen ante todo la necesidad de una política de crecimiento y productividad, más que el simple cumplimiento de metas fiscales, y que se concentren en las reformas más importantes, en vez de pedir que se aplique una larga lista de recetas usuales.

Es difícil determinar cuán receptivo será el gobierno italiano que surja de las negociaciones en curso. Todos los partidos políticos tienen clientelas que cuidar, y los insurgentes no son la excepción: es muy posible que no quieran tragarse la medicina amarga que necesita Italia. Pero deben darse cuenta de que por muy populares que sean, a la larga las propuestas distributivas desfinanciadas resultarán ineficaces, más aún si no se enfrenta decididamente el problema de la productividad. A veces las rupturas políticas ofrecen oportunidades únicas para encarar problemas aparentemente intratables. Aunque las probabilidades de lograrlo sean escasas, no hay que ignorarlas. Tras la sacudida política, ahora Italia necesita una sacudida económica.

Jean Pisani-Ferry, a professor at the Hertie School of Governance (Berlin) and Sciences Po (Paris), holds the Tommaso Padoa-Schioppa chair at the European University Institute and is a Mercator senior fellow at Bruegel, a Brussels-based think tank. Traducción: Esteban Flamini.

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