La salvación del mundo, según Bush

Por Norman Mailer, autor, entre otros libros, de Los desnudos y los muertos, El ejército de la noche y La canción del verdugo. Este texto fue leído por el escritor norteamericano en el Club de la Commonwealth de San Francisco. © Norman Mailer, 2003. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 04/03/03):

“¿Qué otra palabra, sino ‘imperio’, sirve para describir esa cosa asombrosa en la que se está convirtiendo Estados Unidos?”, escribía Michael Ignatieff en The New York Sunday Times Magazine del 2 de enero. “Es el único país que vigila el mundo mediante cinco mandos militares internacionales, mantiene más de un millón de hombres y mujeres armados en cuatro continentes, despliega buques de guerra para vigilar todos los océanos, garantiza la supervivencia de países como Israel o Corea del Sur, maneja los mandos del comercio mundial y alimenta las mentes y los corazones de todo un planeta con sus sueños y deseos”. Una cita de Timothy Garton Ash en The New York Review of Books, el 13 de febrero: “Estados Unidos no es sólo la única superpotencia mundial, es una hiperpotencia cuyo gasto militar será pronto igual al del conjunto de los siguientes 15 países más poderosos. La Unión Europea no ha traducido su potencia económica, equiparable -se aproxima rápidamente a los 10 billones de dólares de la economía estadounidense-, en un poder militar o una influencia diplomática comparables”.

Tal vez la mejor y más completa explicación de esta campaña -aún no reconocida- hacia el imperio sea la del columnista Jay Bookman en The Atlanta Journal-Constitution. El 14 de octubre, hace más de cuatro meses, escribió:

“Esta guerra, si se produce, pretende señalar el nacimiento oficial de Estados Unidos como imperio mundial de pleno derecho, poseedor único de la responsabilidad y la autoridad como policía planetario. Sería la culminación de un plan que se remonta a hace 10 años o más, llevado a cabo por quienes creen que Estados Unidos debe aprovechar la oportunidad de dominar el mundo, aunque eso suponga convertirse en los ‘imperialistas americanos’ que nuestros enemigos han afirmado siempre que éramos”.

En 1992, un año después de la caída definitiva de la Unión Soviética, hubo muchos miembros de la derecha estadounidense, los primeros conservadores de bandera, que pensaron que se trataba de una oportunidad extraordinaria. Estados Unidos podía hacerse con el dominio del mundo. El Departamento de Defensa redactó un documento que, para citar de nuevo a Bookman, veía a Estados Unidos como “un coloso que se alzara sobre el mundo, impusiera su voluntad y mantuviera la paz mundial mediante el poder militar y económico. Ahora bien, cuando se filtró la propuesta en su forma definitiva, suscitó tantas críticas que el primer presidente Bush se apresuró a retirarla y repudiarla. En 1992, el secretario de Defensa era Dick Cheney, y el documento lo redactó Paul Wolfowitz, que en aquella época era subsecretario de Defensa para la formulación de políticas”. En la actualidad es vicesecretario de Defensa, a las órdenes de Rumsfeld.

Posteriormente, entre 1992 y 2000, el Gobierno de Clinton no recogió ese sueño de la dominación mundial, y tal vez ésa sea una de las razones del odio intenso e incluso violento que tantos grupos de la derecha sintieron durante esos ocho años. Si no hubiera sido por Clinton, Estados Unidos podría estar gobernando el mundo.

Como es natural, aquel documento prematuramente preparado en 1992, Proyecto para un nuevo siglo americano, se convirtió, tras el 11 de septiembre, en la política del Gobierno de Bush. Los conservadores patrioteros se sintieron victoriosos. Podían intentar apoderarse del mundo. Si esta hipótesis es acertada, Irak no sería más que el primer paso. Más adelante, pero bien asentados en el horizonte histórico, no sólo se encuentran Irán, Siria, Pakistán, Corea del Norte, sino incluso China.

Por supuesto, no habría por qué subyugar hasta el último país. En el caso de algunos, bastaría con dominarlos. Podría haber un entendimiento firme y mutuo. Hablar de una relación simbiótica entre China y nosotros es un comentario demasiado excepcional como para no intentar alguna proyección sobre las posibles causas y razones. No es impensable que los neoconservadores más inteligentes sean conscientes de algunas temibles posibilidades de nuestro desarrollo tecnológico. Irak y Oriente Próximo no pueden ser el final. Se ciernen en el futuro mayores espectros y peligros no militares. Así lo sugería un artículo firmado por Scott A. Bass en The Boston Globe a finales de enero.

“La investigación y el desarrollo en las universidades estadounidenses dependen enormemente de los estudiantes extranjeros en los ámbitos cruciales de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (los campos STEM). Los estudiantes estadounidenses que obtienen títulos superiores especializados en esos ámbitos son demasiado pocos para cubrir nuestras necesidades económicas, estratégicas y tecnológicas. La afluencia de jóvenes científicos e ingenieros norteamericanos se ha convertido en un hilillo, y otros muchos países industrializados tienen una proporción mucho mayor de alumnos que se especializan en dichas materias”.

“Los estudiantes extranjeros se sienten atraídos por la posibilidad de trabajar en los campos STEM de las universidades estadounidenses, mientras que los nuestros no. Quizá muchos no han recibido los estímulos suficientes, y es posible que a otros les resulten demasiado exigentes los rigores académicos de estas especialidades”.

“Entre 1986 y 1996, los estudiantes extranjeros que obtuvieron doctorados en especialidades STEM aumentaron cuatro veces más que los estudiantes nativos. En 2000, el 43% de los doctorados en ciencias fueron a parar a alumnos que no eran ciudadanos estadounidenses”.

Puede que los conservadores de bandera todavía confíen en enviar a China mensajes como éste: “¡Eh, vosotros! Está claro que los chinos sois muy inteligentes. Podemos asegurarlo. Lo sabemos. Los estudiantes asiáticos han nacido para la tecnología. La gente que ha vivido vidas sumergidas adora la tecnología. De todas formas, no disfrutan de muchos placeres, así que les gusta la idea de tener poder cibernético al alcance de la mano. La tecnología es ideal para ellos. No nos importa. Vosotros podéis tener vuestra tecnología, y que sea estupenda. Pero más vale que comprendáis una cosa: el poder militar seguimos teniéndolo nosotros. Lo mejor que podéis hacer, por tanto, es convertiros en esclavos griegos de nosotros, los romanos. Os trataremos bien. Seréis muy importantes para nosotros. Tremendamente importantes. Pero no pretendáis creeros más importantes de lo que vayáis a ser. Lo máximo a lo que podéis aspirar los chinos es a ser nuestros griegos”.

En los años treinta, si uno se ganaba la vida, los demás le respetaban. En los noventa, tenía que demostrar que era un personaje prometedor en las filas de la codicia. Es posible que el imperio dependa de una clase aristocrática y repugnantemente rica que, dada la amenaza intrínseca e interminable contra su riqueza, no se sienta obligada, en el fondo de su corazón, a sentir lealtad hacia la democracia. Si este análisis es certero, también puede decirse que la riqueza desproporcionada acumulada a lo largo de los años noventa ha podido quizás ejercer una presión prácticamente irresistible sobre los dirigentes para pasar de la democracia al imperio. Sería la forma de salvaguardar esas ganancias tan vastas y tan rápidamente adquiridas. ¿Es posible que George W. Bush sepa lo que está haciendo por el futuro del imperio al conceder sus enormes facilidades fiscales a los ricos?

Desde luego, la otra cara de la moneda imperial la constituyen el terrorismo y la inestabilidad. Si los gobernantes saudíes han temido hasta ahora a sus mulás, por su capacidad de incitar a los terroristas, ¿cómo será el mundo musulmán cuando nosotros, el Gran Satán, estemos presentes allí, dispuestos a dominar Oriente Próximo en persona?

Dado que el Gobierno tiene que ser consciente de los peligros existentes, la respuesta se reduce, en definitiva, a la desgraciada posibilidad de que Bush y compañía estén preparados para un gran atentado terrorista. Y para otros más pequeños. En cualquier caso, reforzará su puño. Estados Unidos volverá a agruparse en torno a él. Podemos oír ya sus palabras: “Hoy han muerto unos americanos buenos. Víctimas inocentes del mal que han tenido que derramar su sangre. Pero nosotros prevaleceremos. Estamos junto a Dios”. Con semejante lenguaje, toda pérdida es una ganancia.

Sin embargo, mientras continúe el terrorismo, continuará su subtexto, y ahí está el horror elevado a la enésima potencia. Lo que permitió la disuasión en la guerra fría no sólo fue que ambos lados tenían todo que perder, sino también que ninguno de los dos bandos podía estar seguro de contar con algún ser humano para manejar el interruptor apócrifo. Por eso no se podía contar con ningún plan definitivo. ¿Cómo podía estar segura ninguna de las superpotencias de que el ser humano de confianza escogido para apretar el botón sería de verdad tan de confianza como para destruir la otra mitad del mundo? En el último momento podía sobrevenirle una nube negra. Podía caer fulminado antes de cometer el acto.

Pero eso no ocurre con el terrorista. Si está dispuesto a suicidarse, también puede estar dispuesto a destruir el mundo. Las guerras que hemos conocido hasta esta era, por muy horribles que fuesen, podían ofrecer, por lo menos, la seguridad de que tendrían un final. El terrorismo, en cambio, no está interesado en negociar. Insiste en que no haya otro final que la victoria. Y, como el terrorista no puede triunfar, no puede dejar de ser terrorista. Es el verdadero enemigo, mucho más fundamental que los países del Tercer Mundo con capacidad nuclear, que aparecen siempre en escena preparados para vivir con la disuasión y su resultado inherente, es decir, los acuerdos después de años o décadas de enfrentamiento pasivo y duras transacciones.

Si gran parte de lo que he dicho hasta ahora es la proyección novelística de mi concepción de la mentalidad neoconservadora -y no lo voy a discutir-, el otro polo de la campaña de los conservadores patrioteros a favor de la invasión de Irak es que cuenta con el apoyo de los liberales. Parte de los medios progresistas, The New Yorker, The Washington Post y algunas firmas de The New York Times, coinciden con Hillary Clinton y Diane Feinstein, el senador Joe Lieberman y el senador Kerry, a la hora de aceptar la idea de que tal vez sea posible llevar la democracia a Irak. En una valoración cuidadosamente medida de las posibilidades existentes, Bill Keller hablaba en la página de opinión de The New York Times, el 8 de febrero, de una guerra que podía ser rápida y limpia:

“Imaginemos que el régimen de Sadam Husein empieza a desmoronarse bajo el primer torrente de misiles Crucero. Las columnas de carros de combate que entren desde Kuwait no se encuentran con ningún recibimiento de cabezas químicas. No hay matanza de civiles, una victoria en Irak no resolverá los grandes interrogantes sobre lo que pretendemos ser en el mundo. Los dejará abiertos”. “¿Nuestro objetivo, promover la democracia laica o la estabilidad? Algunos, entre los que seguramente hay miembros del Gabinete del señor Bush, dirán que lo importante era el desarme. Una vez logrado dirán, una vez depurada la Guardia Republicana de Sadam: podremos entregar el país a un contingente de generales suníes y traer a nuestros soldados a casa en un plazo de 18 meses”.

O quizá, después de todo -afirma Keller-, construyamos una verdadera democracia en Irak, y Oriente Próximo saldrá beneficiado. Es como si estas voces progresistas hubieran decidido que es imposible detener a Bush y, por tanto, más vale unirse a él. Comprometerse con una postura contra la guerra garantizaría la ausencia relativa de demócratas en los círculos del Gobierno que se encargarán de labrar el futuro de Irak.

Es un argumento defendible, hasta cierto punto, pero ese punto depende de muchas contingencias, la primera de las cuales es que la guerra sea rápida y no espantosa. Nos encontramos con la vieja versión de Bill Clinton sobre la presunción con respecto al extranjero. El argumento de que conseguimos construir la democracia en Japón y Alemania y, por tanto, podemos conseguirlo en cualquier sitio, no tiene por qué sostenerse. Japón y Alemania eran países con una población homogénea y una larga trayectoria como naciones. Estaban sumidos en un profundo sentimiento de culpa por las acciones de sus soldados en otros países. Estaban prácticamente destruidos, pero tenían la gente y los conocimientos necesarios para reconstruir sus ciudades. Los estadounidenses que contribuyeron a crear su democracia eran veteranos del New Deal de Roosevelt y, como correspondía a aquel periodo, eran auténticos idealistas.

Irak, por el contrario, nunca ha sido una nación. Fue un pastiche creado después de la I Guerra Mundial por los británicos, compuesto por suníes, shiíes, kurdos y turcomanos, pueblos que, en el mejor de los casos, desconfiaban enormemente unos de otros. El resultado más probable sería una situación análoga a las divisiones de Afganistán entre sus caudillos. Nadie puede declarar con autoridad que sea posible construir allí la democracia, pero la arrogancia no cesa. No parece que se comprenda muy bien que, salvo en circunstancias especiales, la democracia no es algo que podamos crear en otro país sólo porque nos lo propongamos.

La verdadera democracia nace de muchas batallas humanas, individuales y sutiles, que se libran a lo largo de décadas e incluso siglos, batallas que consiguen construir tradiciones. Las únicas defensas de la democracia son esas tradiciones democráticas. Cuando uno empieza a ignorar esos valores, está jugando con una estructura noble y delicada. No hay nada más bello que la democracia. Pero no se puede jugar con ella. No se puede suponer que vamos a ir a demostrarles qué gran sistema tenemos. Eso es de una arrogancia monstruosa.

Como la democracia es noble, siempre está en peligro. La nobleza siempre está en peligro. La democracia es perecedera. Creo que para la mayoría de la gente, si se tienen en cuenta los instintos más bajos de la naturaleza humana, la forma natural de gobierno es el fascismo. El fascismo es un estado más natural que la democracia. Suponer alegremente que podemos exportar la democracia a cualquier país que queramos puede servir, paradójicamente, para instigar más fascismo, tanto en nuestro país como en el extranjero. La democracia es un estado de gracia que sólo alcanzan los países que poseen gran cantidad de individuos dispuestos, no sólo a gozar de libertad, sino a trabajar duramente para mantenerla.

La necesidad de tener teorías poderosas puede conducir a muchos errores abismales. Por ejemplo, podría equivocarme del todo sobre los motivos profundos del Gobierno. Tal vez no les interesa el imperio, sino que de verdad, de buena fe, quieren salvar el mundo. Podemos estar seguros de que así lo creen Bush y sus bushitas. Cuando van a la iglesia cada domingo, están tan convencidos de ello que se les saltan las lágrimas. Por supuesto, lo que hace la historia no son los sentimientos, sino las acciones. Nuestros sentimientos pueden estar llenos de amor interior, pero nuestras acciones pueden acabar siendo todo lo contrario. La perversidad siempre está dispuesta a influir sobre la naturaleza humana.

David Frum, que escribe discursos para Bush (fue quien acuñó la expresión “eje del mal”), relata en The Right Man: the Surprise Presidency of George W. Bush una reunión celebrada en el Despacho Oval el pasado mes de septiembre. El presidente estaba hablando con un grupo de religiosos de las principales confesiones y les dijo: “Ya saben que yo tenía un problema de alcoholismo. Ahora debería estar en un bar de Tejas, no en el Despacho Oval. Sólo hay un motivo por el que estoy en el Despacho Oval y no en un bar: encontré la fe. Encontré a Dios. Estoy aquí gracias al poder de la oración”.

Se trata de un comentario peligroso. Como sugirió Kierkegaard antes que nadie, nunca podemos saber con seguridad a quién van a parar nuestras oraciones, ni de dónde vendrán las respuestas. Precisamente cuando pensamos que estamos más cerca de Dios, quizá estemos ayudando al Diablo.

“Nuestra guerra contra el terror”, dice Bush, “empieza con Al Qaeda, pero no terminará… hasta que todos los grupos terroristas de dimensión mundial hayan sido descubiertos, detenidos y derrotados”. ¿Y qué ocurre -pregunta Eric Alterman en The Nation– si Estados Unidos acaba por apartarse de todo el mundo en el proceso? “Es posible que, en algún momento, nos quedemos solos”, les dijo Bush a sus más íntimos colaboradores, según un miembro de la Administración que le relató la historia a Bob Woodward. “No importa. Somos América”.

A estas alturas debe resultar evidente que, si las presiones conjuntas de los vetos en el Consejo de Seguridad y la creciente indignación del mundo, además de la colaboración parcial de Sadam con los inspectores, hacen que el resultado sea una contención a largo plazo y no la guerra, si Bush tiene que abandonar la invasión de Irak se sentirá muy frustrado. Porque tendrá que volver a vivir con las viejas preguntas no resueltas. En el fondo, seguramente tiene miedo de no encontrar, en ese caso, ninguna respuesta que restaure la moral de los norteamericanos. ¿Es posible que la perspectiva de traer a las tropas a casa le resulte tan desagradable que no le quede más remedio que emprender la guerra?

Russel Byrd, en una intervención ante el Senado, dijo: “Muchos de los pronunciamientos realizados por este Gobierno son escandalosos. No hay otra palabra. Sin embargo, esta Cámara permanece terriblemente callada. En lo que tal vez sea la víspera de una espantosa imposición de muerte y destrucción sobre la población de Irak -una población, hay que añadir, de la que más del 50% es menor de 15 años-, esta Cámara permanece callada. Cuando tal vez queden sólo unos días para que enviemos a miles de nuestros propios ciudadanos a enfrentarse a horrores inimaginables de espantos químicos y biológicos, esta Cámara permanece callada. En vísperas de lo que podría ser un cruel atentado terrorista como represalia por nuestro ataque a Irak, el Senado de Estados Unidos sigue trabajando como si no pasara nada”.

“Verdaderamente estamos ‘caminando sonámbulos por la historia’. Desde el fondo de mi corazón ruego para que esta gran nación y sus ciudadanos buenos y confiados no tengan el peor de los despertares”.

“Tengo que dudar del juicio de cualquier presidente capaz de decir que un ataque militar masivo y no provocado, contra un país en el que más del 50% de la población son niños, corresponde a ‘las más altas tradiciones morales de nuestro país’. Esta guerra no es necesaria en este momento. Parece que las presiones están surtiendo efecto en Irak. Lo que debemos hacer ahora es encontrar una forma elegante de salir de un atolladero que hemos creado nosotros mismos. Quizá encontremos todavía la forma, si dejamos algo más de tiempo”.

Si yo fuera el abogado defensor del karma de George W. Bush, diría que la mejor posibilidad que tiene de evitar una condena por ser proveedor de falsa moralidad es que, en la otra vida, rece para que el jurado no llegue a ninguna decisión.

Los demás, los que no dependemos del poder de la oración, deberíamos encontrar la muralla que vayamos a defender durante los terribles años que se avecinan. La democracia, repito, es la forma más noble de gobierno que hemos desarrollado, y haríamos bien en empezar a preguntarnos si estamos dispuestos a sufrir, incluso a morir por ella, en vez de limitarnos a vivir en la existencia inferior del Gobierno bravucón de una república bananera, deseoso de servir a las grandes empresas mientras ellas se esfuerzan en apropiarse de nuestros sueños frustrados con elefantiásica arrogancia.

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