La Sanidad española no era eficiente y ahora tampoco será eficaz

Los españoles nos hemos acostumbrado a mirar para otro lado en los temas sanitarios y hemos interiorizado como parte del paisaje contar hasta 2.500 muertos al mes por la Covid-19 o una mortalidad global mensual de más del 10% por encima de la esperada (sin que conozcamos su motivo). La realidad es que esto apenas le interesa hoy a nadie.

Pero hagamos balance de este verano para adivinar qué puede ocurrir con la llegada del otoño y del invierno.

La pandemia de la Covid-19, tras un arranque furibundo a mediados de junio debido a las nuevas variantes de la ómicron Ba4 y Ba5, generó una subida brusca de los contagios que elevó en un mes la incidencia entre los mayores de 60 años hasta los 1.300 contagiados por cada 100.000 habitantes.

También elevó el número de pacientes hospitalizados hasta superar los 12.000 en toda España.

Este aumento de las hospitalizaciones en pleno periodo estival implicó que, al estar los servicios y las plantillas del sistema de salud mermados hasta en un 50%, una ocupación por Covid-19 del 15% equivaliera al 25 o el 30% de la oferta disponible, con el consiguiente trastorno para el resto de patologías.

Por otro lado, rondamos ya los 9.000 fallecidos por esta ola sin que, treinta meses después de empezada la pandemia, podamos discernir cuántos de éstos son realmente pacientes con patologías derivadas de la Covid-19 y en cuántos de esos pacientes la Covid-19 era un hallazgo casual.

Conviene tener presente que, a pesar de la inmunización de la población y de la levedad de la nueva subvariante, esta es la ola que ha provocado más fallecimientos después de las tres primeras embestidas del virus en 2020.

Afortunadamente, la evolución de la curva de la pandemia desde mediados de julio ha sido ininterrumpidamente descendente, lo que permitirá acabar el verano en niveles casi desconocidos y cercanos a incidencias menores a los 100 contagiados por cada 100.000 habitantes.

El virus nuevamente nos ha sorprendido, esta vez positivamente, al no mutar como venía haciendo hasta ahora cada tres o cuatro meses. Tampoco se atisba en el horizonte ninguna amenaza relevante, nacional o internacional, que pueda hacer cambiar la tendencia.

Esto nos permitirá afrontar el otoño, si las cosas siguen así, con relativo optimismo. Quizá con este último envite hayamos conseguido que la Covid-19 se estabilice de forma permanente y quede entre nosotros de forma endémica y no en estado de pandemia crónica descontrolada.

No obstante, y dado que la inmunidad contra la enfermedad está por los suelos, sería conveniente no demorar el inicio de la campaña de vacunación para una dosis de refuerzo voluntaria, coincidiendo o no con la gripe, para los mayores de 60 años y para enfermos crónicos o inmunodeprimidos. La experiencia nos ha demostrado que, cuando detectamos la presencia de una nueva cepa, llegamos tarde a todo lo demás.

Pero las consecuencias de estos dos años y medio de pandemia en nuestro sistema sanitario han sido terroríficas. Porque veníamos de una situación de colapso en nuestro sistema de salud. Un sistema de salud cuyas principales características (equidad, accesibilidad, innovación) se tambalean desde hace ya muchos años a causa de la falta de financiación y de una administración negligente por ineficiente.

La pandemia ha añadido nuevos problemas relacionados con el personal sanitario, en forma de falta del mismo o de desmotivación.

También es un problema el sectarismo ideológico de unas autoridades políticas que, pese a carecer de recursos propios suficientes, abogan por colaborar cada vez menos con el sector privado.

O la carencia de herramientas digitales, algo que impide que podamos aprovechar las oportunidades que nos brinda el siglo XXI. Oportunidades entre las que se incluyen las posibilidades terapéuticas que nos proporciona una industria farmacéutica a la que apenas tiene acceso nuestra población por los retrasos en su incorporación a nuestra cartera de servicios. Cuando no, directamente, su rechazo por cuestiones de coste.

En cualquier caso, será imprescindible introducir reformas de calado a fin de poder adaptar los recursos a las necesidades de la población. La alternativa es sufrir un deterioro continuo de la calidad de nuestro sistema sanitario.

La realidad es que todavía no conocemos el efecto de la pandemia en la tasa de esperanza de vida en nuestro país. Sí sabemos que España ha dejado de estar en el Top 3 mundial. Es muy posible que la Covid-19, pero sobre todo la poca capacidad de adaptación de nuestro sistema sanitario, eso que se llama resiliencia, hayan hecho también que retrocedamos bastantes años en calidad de Estado del bienestar. Calidad de la que sí disfrutábamos antes de ese fatídico año 2020.

El otro tema sanitario relevante del verano ha sido la aparición de la viruela del mono y la desastrosa gestión que se ha hecho de la misma. Lo que comenzó como brotes en eventos multitudinarios aislados de índole sexual ha sido gestionado con un buenismo absurdo que ni aísla ni aspira a identificar a los contagiados. Es decir, a las personas que participan en ese tipo de encuentros.

Y eso se ha hecho a costa de estigmatizar a todo el colectivo homosexual para no tener que señalar a los directamente involucrados.

Esta gestión de la enfermedad ha permitido que esta se vaya extendiendo como una mancha de aceite hasta alcanzar ya a colectivos que no se exponen a ese tipo de riesgos. Y así sólo se ha conseguido que una enfermedad infecto-contagiosa por contacto directo se transforme, en un país del siglo XXI, en una enfermedad endémica más propia de países subdesarrollados.

Hay que verlo para creerlo.

En realidad, no sólo no se ha actuado contra el origen de la infección (es decir, contra los propios infectados), sino que se les ha alentado, con la vacunación de sus contactos y de sus grupos de riesgo, para que continúen adoptando dichas conductas de riesgo.

No he visto ninguna medida por parte de nuestras autoridades sanitarias en relación con la gente infectada. Tampoco han recomendado evitar determinados eventos durante un tiempo. Tampoco se ha reunido, que yo sepa, ningún comité de expertos. Cuando le hablé a un alto cargo del Gobierno de la posibilidad de aislar a los infectados, me respondió que sin una recomendación de la OMS todo el mundo se les echaría encima.

Pero ¿por qué dejar que se extienda la enfermedad hasta que se convierta en endémica? Nuestro país, desgraciadamente, es el líder mundial en esta enfermedad y creo que eso nos obliga a tomar la delantera.

Pero la situación económica a la que todos los expertos dicen que nos abocamos después del verano, junto con una polarización de la política más que preocupante a la vista del nuevo ciclo electoral, van a hacer que los temas sanitarios pasen a un segundo plano. Salvo, me temo, cuando haya que utilizar torticeramente al sector porque interese cargar contra la sanidad privada o contra la industria farmacéutica.

Y, en el fondo, estas serían las noticias menos malas posibles para nosotros. Porque eso querría decir que no nos enfrentamos a un nuevo virus desconocido y letal.

Es una muy mala noticia para la sanidad que no se hable de su reforma. Porque eso llevará a que nuestro sistema de salud se deteriore paulatinamente. A que este deje, no ya de ser eficiente, sino incluso eficaz, con los consiguientes efectos sobre la salud de la población.

Y ahí será cuando los ciudadanos, hartos de todo, se empiecen a movilizar. Pero entonces, posiblemente, ya será tarde.

Juan Abarca Cidón es presidente de HM Hospitales y de la Fundación IDIS.

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