La secesión de Kosovo

Por Luis Sanzo, sociólogo (EL CORREO DIGITAL, 12/02/07):

En enero de 2005, el International Crisis Group (ICG) presentaba la hoja de ruta que en los meses siguientes impulsarían los dirigentes occidentales favorables a la secesión de Kosovo. En el documento denominado ‘Kosovo: Toward Final Status’, el ICG perfilaba las líneas básicas del proyecto de independencia. Una medida destacada era el rechazo a la continuidad de la integración en Serbia de las áreas de mayoría no secesionista en Kosovo, previniendo con ello la partición del territorio kosovar. Otro aspecto relevante era la propuesta de condicionar la independencia a la permanencia de la presencia internacional, tanto civil como militar. Paradójicamente, la continuidad de la intervención exterior se justificaba por la conveniencia de proteger los intereses de los Estados vecinos y de una minoría serbia que, de no verse obligada a participar del proyecto secesionista, no tendría necesidad alguna de buscar protección.

La efectiva aplicación de la hoja de ruta se concreta en noviembre de 2005 con el nombramiento de Marti Ahtisaari como enviado especial del entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan. El nombramiento viene precedido en octubre del mismo año de unas declaraciones de Annan en las que señala que las conversaciones girarán en torno a dos alternativas, la autonomía y la independencia. Da así título de legitimidad a la segunda opción, en clara contradicción con el contenido de la Resolución 1244 del Consejo de Seguridad, adoptada en 1999. Esta resolución reafirma, en efecto, la soberanía e integridad territorial de Serbia en tanto que Estado sucesor de la antigua Yugoslavia.

El trabajo de Ahtisaari a partir de entonces se orienta a negociar la puesta en marcha del proceso de independencia condicionada, partiendo de tres premisas claras. En primer lugar, se interpretan en un sentido favorable a la independencia los principios fundamentales establecidos para la negociación en noviembre de 2005 por el Grupo de Contacto -no retorno a la situación anterior a 1999 y no partición del territorio kosovar-, renunciando a cualquier intento de integrarlos en el marco de la Resolución 1244.

En segundo lugar, las negociaciones desarrolladas en 2006 se centran en los contenidos técnicos susceptibles de legitimar en el futuro la apuesta por la independencia. Se trata de proyectar un marco de autogobierno limitado para los municipios de mayoría serbia, combinando autonomía territorial municipal y autonomía cultural, rechazando no obstante cualquier planteamiento de unidad política autónoma para el conjunto de los territorios serbios en Kosovo. A este proyecto de descentralización municipal se añade un acuerdo para garantizar la supervivencia del patrimonio cultural y religioso de la minoría. Sin perjuicio de un cierto acercamiento a las posiciones de Belgrado, el objetivo último de esta fase de la negociación es alcanzar un consenso suficiente entre el equipo de Ahtisaari y la comisión negociadora albano-kosovar.

En tercer lugar, una vez superado el trámite anterior, se bloquea cualquier negociación seria sobre el estatus político de Kosovo entre los representantes de Belgrado y de Pristina, la capital kosovar. En su planteamiento original, Ahtisaari condicionaba el inicio de esta fase a la conclusión de acuerdos en la fase técnica. A la hora de la verdad, al no existir voluntad alguna de profundizar en la negociación, ésta queda reducida a una reunión de apenas algunas horas celebrada en Viena en julio de 2006. Es probable que el sentido de esa reunión no fuera otro que dar visibilidad al contacto entre las dos partes enfrentadas, en un acto que pudiera interpretarse como reconocimiento mutuo entre ellas. Así lo ve seguramente Frank Wisner, el enviado especial de Condoleeza Rice para Kosovo, cuando califica el encuentro como momento histórico. En las semanas posteriores a la reunión de Viena, Ahtisaari concluye en cualquier caso que es imposible un acuerdo de consenso, dando por liquidado el proceso en septiembre. Sólo le queda entonces redactar las recomendaciones finales de su plan para la independencia de Kosovo.

Una serie de hechos ponen sin embargo en riesgo el éxito de este modelo de resolución del conflicto. Por una parte, las presiones para convencer a Serbia a renunciar a parte de su territorio fracasan. Tras la separación de Montenegro, la nueva Constitución serbia reafirma la integridad de su territorio, incluido Kosovo. Por otra parte, la voluntad de los serbokosovares se manifiesta claramente en el referéndum constitucional, poniendo en evidencia que, así como los albaneses no quieren ser gobernados desde Belgrado, tampoco los serbios de Kosovo desde Pristina. Finalmente, Rusia declara su oposición a una salida que no refleje un acuerdo fundamentado en principios universales, susceptibles de ser aplicados a conflictos similares.

Esta compleja realidad obliga a posponer la presentación del plan Ahtisaari a la celebración de las elecciones serbias, con la esperanza puesta en la victoria de aquellas fuerzas que, dirigidas por el actual presidente Boris Tadic, pudieran permitir, si no una aceptación de la secesión como tal, sí al menos de los hechos consumados. Pero las elecciones no dan resultado. Sin voluntad real de retomar la negociación, Ahtisaari se limita en la presentación final de su plan el pasado 2 de febrero a abrir un plazo de un mes para recibir sugerencias de las partes y alcanzar posibles acuerdos entre Serbia y Kosovo. Los albaneses, que consideran innegociable su independencia, sólo necesitarán mantener su posición y dejar que el tiempo pase.

En el próximo futuro, la estrategia de los impulsores del Plan Ahtisaari para la independencia de Kosovo se concretará en tres líneas fundamentales de actuación. En primer lugar, se seguirá negando cualquier intento real de retomar la negociación desde las premisas del derecho internacional, rechazando de plano cualquier solución que implique el mantenimiento de las actuales fronteras. En segundo lugar, se presionará para conseguir la convergencia en torno a este planteamiento de todos los Estados de la UE y de la OTAN, papel en el que le corresponderá desempeñar un liderazgo clave a la actual Presidencia alemana de la Unión. En tercer lugar, se pondrá en marcha el correspondiente discurso para legitimar el proyecto ante la opinión pública occidental. El objetivo: justificar, en caso necesario, una actuación unilateral y al margen de la legalidad internacional en el caso de que finalmente Rusia o China veten el proyecto para Kosovo en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Aunque algunos lo consideren una oportunidad para la paz, el Plan Ahtisaari es también una amenaza para el futuro. Y lo es porque rompe de raíz el derecho internacional y los principios sobre los que los propios países occidentales desarrollaron el proceso de disolución de la antigua Yugoslavia. Impone, contra su voluntad, la ruptura territorial de un Estado democrático dispuesto a pactar; obliga a la separación de una parte del territorio -la parte serbia al norte del río Ibar- en contra de los deseos de la población; y renuncia a la aplicación del principio de ‘uti possidetis’ sobre el que se desarrolló el proceso de acceso a la estatalidad de las distintas repúblicas ex yugoslavas. Algunos han sugerido que el cambio se debe a la guerra de 1999. Pero ni la ONU autorizó la guerra en Yugoslavia ni el legislativo americano dio el visto bueno al entonces presidente Clinton para que la desarrollara. Y si algunos, como España, se embarcaron en ella fue en nombre de la intervención humanitaria y no de la construcción de la ‘democracia musulmana’ a la que se refería recientemente el nuevo presidente del Senado estadounidense, Joseph Biden. Un modelo de democracia que, por cierto, nunca parece concebirse al margen de nuestra benefactora tutela.

Aunque EE UU y el Reino Unido se opongan, en Kosovo sigue siendo necesario apostar por el respeto al derecho internacional y por una solución aceptable para todas las partes. Que nadie se engañe, en Kosovo no está en juego el derecho de autodeterminación de los kosovares sino la resolución inconclusa de dos problemas nacionales históricamente enquistados: el serbio y el albanés. Es cierto que ni la Yugoslavia socialista ni la de entreguerras consiguieron ofrecer una solución a estos problemas. Pero tampoco funcionó el modelo que trataron de impulsar las potencias del Eje en los años 30 y 40 del pasado siglo y que, en lo que se refiere a la dimensión territorial de Serbia, constituye un antecedente de la política reciente de Occidente en los Balcanes. No estaría por ello de más escuchar a los que, dentro de la comunidad internacional, pretenden dar una oportunidad a una paz duradera, impulsando para ello una negociación auténtica entre serbios y albaneses.