La segunda Transición

Ya nadie dice que esta es una de esas típicas crisis con las que el capitalismo se cura de sus excesos para salir reforzado o incluso se atreve a negarla, como hacía un Solbes sonriente en su debate con Pizarro. Esta es, pues no ha acabado, una crisis total, que desborda la economía y alcanza los valores, la cultura, la política, las alianzas, el equilibrio mundial, la vida, en fin, privada y pública de todos nosotros. De hecho, se trata de un cambio de ciclo, puede que de edad histórica, tras el que nada ni nadie volverá a ser lo que era.

Se la ha definido como un «fin de la historia » y como un « choque de civilizaciones » – sólo a Zapatero pudo ocurrírsele aquello de «alianza de civilizaciones–, pero empiezo a verla más como un «choque de generaciones», que no respeta ideologías, razas ni continentes.

Que ha habido siempre tensión entre los jóvenes y los maduros, entre una generación y la siguiente, entre padres e hijos, se aprecia a lo largo de la historia y Freud lo sublimó en el complejo de Edipo. En la política lo demuestra que todas las dictaduras miman a sus jóvenes y estos son los primeros que se rebelan contra ellas. Las democracias tienen más recursos para ese « relevo generacional » con sus mecanismos electorales periódicos, pero en tiempos de crisis, con cada uno aferrándose a lo que tiene, tales mecanismos no bastan; más, con partidos petrificados como los nuestros.

Ciñéndonos a España, que los jóvenes han sido los peor librados en esta crisis lo demuestra ese 52 por ciento de paro juvenil. Tras una niñez en la que, con excepciones, nada les ha faltado, se encuentran en los umbrales de la madurez sin trabajo, sin futuro y sin esperanzas. Los más apocados se quedan en casa, los más audaces se marchan al extranjero, los más temerarios se convierten en empresarios y los más rebeldes crean su propio partido. Resulta significativo que Podemos fuera obra de un grupo de profesores a quienes no habían hecho caso en Izquierda Unida, como ha confesado el propio Pablo Iglesias. Únasele el efecto devastador de la crisis en una clase media que se había acostumbrado a aumentos salariales automáticos, a puestos de trabajo de por vida y a un Estado que cuidaba de ti de la cuna a la sepultura, y tendrán la masa crítica ciudadana para que se produzca una revolución. Quienes la iniciaron fueron los « indignados » de las acampadas en Sol. Quienes la dirigieron, los líderes de Podemos, desde dos televisiones en bancarrota, cristalizando el resentimiento de una generación que no encontraba salida y la frustración de una clase media angustiada por perder su estatus. El viento que agitó aquellas llamas fue el descubrirse la corrupción que existía en prácticamente todas las instituciones, comenzando por los partidos políticos, acaparadores del poder, la influencia y los privilegios, y terminando por los sindicatos, con bula para perpetuar ese sistema. Se la ha llamado « la casta » , un tanto injustamente, pues esa casta incluía también al que buscaba una recomendación para que el partido colocara a su hijo tonto, « pues el listo ya se las arreglará por su cuenta » , y al que se agenciaba un contrato con la Administración repartiendo el beneficio con quien se lo había dado. Lo que quiero decir con ello es que la corrupción estaba mucho más extendida en España de lo que se ha reconocido, y tanto Gürtel como los ERE son la mejor prueba de ello.

El resultado lo estamos viendo: un país más fragmentado y enfrentado que nunca, territorial, ideológica, económica y generacionalmente, con la perspectiva de lo que llaman una Segunda Transición, que Pablo Iglesias define como «un nuevo régimen político en el que muchas cosas habrá que cambiar » . De hecho, si afinamos el oído, todas, desde nuestra forma de Estado a la organización del mismo. Y no contentos con ello, tratan de cambiar también la Unión Europea. Palabras mayores.

Lo intentó también Tsipras, en Grecia, y ya ven cómo le ha salido. Ni siquiera el nuevo rescate del país es seguro, dada la rebelión en sus propias filas. El «populismo» , la satisfacción de los deseos populares, es muy fácil desde la oposición, pero muy difícil desde el poder, y en este caso, imposible. La realidad es un muro contra el que se estrellan los sueños más hermosos, y, si bien es verdad que los jóvenes tienen razón al pedir una oportunidad, van derechos a estrellarse contra ese muro si intentan asaltarlo, como dicen. España, en efecto, no es Grecia. Pero tampoco es Venezuela. Es un país miembro de la Unión Europea, un club exclusivo, que permite pecados veniales a sus socios, pero que se muestra implacable con quienes intentan cambiar las reglas de juego. Tsipras y Varufakis confiaban en que su alzamiento antisistema se extendiera a España, Italia, Francia incluso. Lo único que han conseguido es que les aprieten aún más las tuercas del ajuste. Los italianos son maestros en el arte de adaptarse a las circunstancias y los franceses saben perfectamente que su único camino para interpretar un papel en Europa es del brazo de Alemania. Cualquier intento de hacer política por su cuenta acabaría condenándola al papel de potencia periférica en una Europa más pequeña, completamente germanizada.

¿Y nosotros, los españoles, qué hacemos? No lo sabremos hasta votar dentro de cuatro o cinco meses, que van a hacerse interminables, en los que puede pasar de todo. Desde que los dos grandes partidos recuperen poco a poco la hegemonía, a que España estalle como una granada si los nacionalismos dan el salto sin red a la independencia.

Mucho va a depender del PSOE, que vuelve a ser crucial en un momento clave de nuestra historia. No hay duda de que a Pedro Sánchez le tira unirse a los de su generación – aunque a él no le haya ido tan mal como a la mayoría–, pero sabe, o debería saber, que la Segunda Transición no la lideraría él, sino Pablo Iglesias, su iniciador, que no está dispuesto a compartirla con nadie. Es decir, sería un suicidio tanto personal como de su partido, como lo fue el unirse al Frente Popular y a la «revolución popular» contra la «revolución burguesa» de la Segunda República, en 1935. A día de hoy, con más razón, pues los tiempos no están para revoluciones. Bien al contrario, están para integraciones. Es verdad que los jóvenes tienen derecho a equivocarse. Pero no tanto como para arrastrar un país con ellos. Sin olvidar que segundas partes nunca fueron buenas.

Aunque, tratándose de españoles, no me atrevería a hacer ningún pronóstico.

José María Carrascal, periodista.

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