La segunda venida

Hace 92 años, William Butler Yeats escribió un poema oscuro y vibrante, titulado La segunda venida. Como toda obra maestra inmortal e imprescindible, admite tantas lecturas como facetas tiene el caleidoscopio infinito del ser humano. El que sería el primer premio Nobel irlandés avisaba entonces del ascenso de los totalitarismos que se gestaban en el corazón de Europa. Era 1919, y ya la oscura bestia del nazismo se arrastraba hasta Múnich para nacer.

La imagen de la bestia renqueante convirtió los dos últimos versos en los más famosos del poema, pero no eran los más importantes. El visionario Yeats avisaba ya de que «los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores / están llenos de apasionada intensidad». Ya no es que los hombres buenos no hagan nada o se sienten a ver qué pasa. Es que han renunciado a sus convicciones, a aquello que les hace ser buenos. Ese es el primer paso irrenunciable para el triunfo del mal, la ceremonia de la inocencia que se ahoga.

Leído hoy, el poema de Yeats es aún más sangrante. Porque lo que para el irlandés era anticipación, para nosotros es una realidad testada en el banco de pruebas de la Historia. Sabemos lo que sucede cuando quienes poseen la apasionada intensidad, forjada en el odio y la exaltación de la diferencia, agitan el puño frente a las masas. Hemos pagado un precio muy caro por averiguarlo. Mientras Yeats escribía sus versos, cierto cabo austríaco que había ganado la cruz de hierro acumulaba odio en su cuerpecillo, que luego vomitaría con apasionada intensidad. Ese cabo ascendería al poder por voluntad popular, no lo olvidemos, en un país asolado por el paro y la crisis económica. Después se desataría la oscura marea de sangre.

En tiempos turbulentos como aquellos y estos, en los que cada vez resulta más difícil creer en quienes hasta ahora han defendido la democracia, proliferan los falsos profetas y los pescadores de río revuelto. La indignación de quienes han perdido la confianza tiene el mismo efecto que el quinto whisky o los únicos faros en la carretera desierta. Vuelve más atractivo al asesino en serie que nos ofrece un baile o un viaje en su coche. Pero eso no le hace menos peligroso, ni su mirada menos vacía y despiadada.

Mientras PP y PSOE se encallan en la apatía, mientras algunos medios y periodistas buscan excusas a lo inexcusable, mientras altos cargos de la policía son procesados por colaboración con ETA, la banda no se detiene. Ayer, 13 de julio, decimocuarto aniversario del cobarde asesinato de Miguel Ángel Blanco, tuvieron la desfachatez de publicar un comunicado. En el texto, ETA reconoce a Bildu como una victoria y un instrumento. No hay dos palabras más temibles en boca de un terrorista. Cualquier demócrata convencido siente un escalofrío en la columna vertebral cuando alguien que lleva 857 muertos a cuestas dice que está deseando «profundizar en el camino emprendido», y celebra «la batalla ganada por la ideología y la legalización».

En el complejo panorama social y económico que ha relegado la preocupación por el terrorismo muy por debajo del descontento con nuestra clase política, es sencillo creer la verdad más cómoda. Que ETA es ya irrelevante, que ya no tiene nada que decir, que está dividida en facciones, que muchos de sus miembros ya no creen en la violencia. Que invitando a Bildu a la fiesta de la democracia los radicales dejarían de serlo, que se volverían de pronto ciudadanos ejemplares de ideas exóticas. Todo eso podrá ser cierto o no, pero la única realidad a día de hoy es que las armas no se han depuesto, la banda no se ha disuelto y desde Bildu nos siguen regalando condenas genéricas «a todas las violencias». La única propuesta medianamente seria de que condenen uno a uno todos los crímenes de ETA ha sido vapuleada por varios bienintencionados columnistas que pretenden reinventar las reglas del juego. Qué pronto pisoteamos el Pacto por las Libertades cuando se acercan unas elecciones generales. Una vez más, los mejores carecen de toda convicción.

¿Hemos olvidado tan pronto cómo funcionan las estrategias del odio? Primero acceden camuflados a las instituciones y a sus jugosos presupuestos. Establecen redes clientelares. Desvían fondos hacia sus auténticos jefes, los que están dispuestos a esparcir su veneno entre los más jóvenes. Estos crecerán creyéndose oprimidos cuando en realidad son manipulados. Después eligen entre ellos las almas más rotas, y les ponen una pistola en la mano y una capucha en la cara. Y el halcón sigue volando en círculos.

ETA empezó a morir cuando apretó el gatillo sobre Miguel Ángel Blanco, pero ahora prepara su segunda venida. Como la esfinge del poema de Yeats, Bildu tiene cabeza de mujer y cuerpo de león. Mientras miras embelesado su cara amable, las zarpas pueden estar destrozándote los hígados. Así ocurrirá si volvemos a contemporizar, esperando a que los corderos amansen a las fieras, creyendo en falsedades y cuentos chinos. La oscura bestia seguirá arrastrándose, no ya hacia Belén, sino hacia San Sebastián.

Juan Gómez-Jurado, periodista y escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *