La segunda verdad de Plácido Domingo

A quien redacte los comunicados de Plácido Domingo habría que darle el Premio Nobel de Literatura en la misma ceremonia que premie a José Luis Ábalos con el Nobel de la Transparencia y a Pedro Sánchez con el de la Sinceridad. Sería un espectáculo, porque la pareja estaría dispuesta a abrir el baile, recoger la medalla y regresar a celebrarlo a la Moncloa, paseando por la fuente de Guiomar. Sin embargo, dudo que el hacedor de las primeras y las últimas –por ahora– palabras del tenor sobre sus –antes presuntos– abusos sexuales acudiera a Estocolmo, a no ser que lo hiciera para recluirse en la coctelería Pharmarium, sin coronavirus, pero encadenando dry martinis para olvidar. Porque quiere uno pensar que a Plácido Domingo hay alguien que le escribe estas cosas. Uno no lo puede imaginar afanándose en su comunicado la tarde melancólica del lunes, afrontando su demolición y decidiendo apretar él mismo el gatillo sobre la única vida que le queda, que es Europa, porque América se perdió con la primera sombra de sospecha. En Estados Unidos, Domingo apenas pudo presentar batalla con las botas puestas. Sin embargo, en Europa y España la cosa fue distinta, y se albergó la duda razonable sobre su culpabilidad.

Es el matiz: la duda razonable del verano parecía girar sobre su culpa, no sobre su inocencia, cuando se publicó su imparable descrédito, con las nueve mujeres sin nombre acusándolo de acoso según Associated Press. La conducta consistía en su insistencia en seducirlas o en buscar sexo con ellas. Planteado así, el tema era discutible: no hay nada reprochable, o no tiene por qué haberlo, siempre que se haga entre los márgenes de la cortesía. Es decir: seas hombre o mujer, invitar a cenar a alguien, manifestarle interés o admiración, o incluso tu deseo completamente lícito de compartir la cama o cualquier otro soporte, todavía no es delito, aunque esta última afirmación pueda variar dando un poco de tiempo a este Gobierno. Pero el límite aquí, lo reconozco, es muy fino. Los que defendíamos la duda no contábamos con su comunicado, que empezaba razonablemente –«Creía que todas mis interacciones y relaciones siempre eran bienvenidas y consensuadas»– y luego traía la madre del cordero, o el torpedo que daba la cuchilla de una condena previa: «Sin embargo, reconozco que las reglas y estándares por los cuales somos, y debemos ser medidos hoy, son muy diferentes de lo que eran en el pasado».

Muchos lo atribuimos a una torpeza estratosférica de ese escribidor o escribidora, porque la afirmación daba a entender: sí, las violenté de alguna forma a las nueve, o les toqué las nalgas sin su consentimiento, o les quité el vestido en ese camerino de mis instintos básicos, porque entonces los estándares por los que nos medíamos eran muy diferentes. Claro, los ochenta y noventa, esa fiesta loca entre las bambalinas. Sólo dio la cara Patricia Wulf, para afirmar, compungida, que una vez le miró el escote –como si las mujeres no pudieran asomarse a otras cosas– y que, durante un tiempo, cada noche, la invitaba a cenar. Llámenme raro, pero más allá de que era una palabra contra la otra, no me pareció ni me parece que haya abuso en la perseverancia, que a fin de cuentas siempre ha sido una manera de ligar. Quizá no la mejor, ni la más brillante, pero es gota malaya. Y ojo: ejercida por ambos sexos, sin que uno haya tenido que sentirse por ello intimidado.

Pues bien: las palabras de Plácido Domingo, o las de su urdidor, dejaban entrever que sí podía haber mantenido actuaciones no consensuadas con sus compañeras de elenco, sólo que entonces no se consideraban inapropiadas. Y vino el linchamiento americano, y en parte el español; porque aquí, como en todo, por esto también nos dividimos. Estaban no ya los acusadores –ojalá– sino los condenadores directos, que consideraban completamente justo y sabio –nótese la ironía– que la investigación de una agencia de noticias, en la que Plácido Domingo no había tenido ocasión de ejercer su derecho de defensa, equivaliese a una condena judicial. Es decir: Plácido Domingo era culpable sin necesidad de juicio. También estaban los que, como Rubén Amón –que lo defendió en un artículo sentido y brillante–, se atrincheraban en el loable pero subjetivo baluarte de la confianza en el amigo, como hicieron Ainhoa Arteta y Paloma San Basilio, que además aportaban, a la solidez de su defensa, su testimonio como hermosas mujeres de talento que trabajaron con Plácido. También había otra postura: el conocimiento ancestral de la vida y sus razones íntimas, desde el primer fuego de los tiempos, un poco alejado de la imaginativa postura actual del Gobierno –«las mujeres siempre dicen la verdad» o «si una mujer denuncia en la comisaría le preguntan si llevaba una minifalda»–, y algo más enraizado en la realidad de vivir. Arcadi Espada escribió un artículo en este periódico cuyo comienzo ya lo decía todo: «Hay mujeres que utilizan el sexo para conseguir poder. Hay hombres que utilizan el poder para conseguir sexo», o al revés. O sea: desde Aristófanes y su Lisístrata, con su huelga de sexo, hasta Eva al desnudo, de Joseph Mankiewicz, pasando por Cleopatra y el Antiguo Testamento. También estábamos los que, sencillamente, defendíamos la presunción de inocencia para cualquiera, hombre o mujer. No sólo porque aparezca protegida como derecho fundamental en el artículo 24 de la ley suprema –para los negacionistas, la Constitución es papel mojado si no sirve a sus intereses–, sino porque es un requisito imprescindible para nuestra convivencia. Lo diré aún más claro: incluso Sonia Bedoui, la mujer que está siendo juzgada por asesinar a su hija recién nacida en Alcalá de Henares, tiene derecho a la presunción de inocencia. Así que quien te acuse es el que tiene que quebrarla, quien tiene que probar que eres culpable.

Con la presunción de inocencia sucede lo mismo que siempre ha dicho Anson de la libertad de expresión: o estás con ella, o estás contra ella. No hay términos medios, más allá de las excepciones de los tipos de injurias y calumnias, contra la intimidad y el honor. Pues bien, publiqué mi artículo en estas páginas, titulado Destruyamos a un hombre, y me cayó la de pulpo. Y yo encantado, sobre todo con algunos razonamientos: al defender la presunción de inocencia de Plácido Domingo –y de cualquiera–, yo estaba del lado de los abusadores, no con las víctimas. Daba lo mismo mi argumentación con Woody Allen –que, en contra de lo que siguen asegurando por ahí, nunca fue juzgado, porque las dos investigaciones oficiales desestimaron su imputación, aunque él no denunciara a Mia Farrow por calumnias–, Morgan Freeman, Michael Douglas y Kevin Spacey: todos inocentes, pero ya embetunados por la condena pública. Critiqué el dogma ciego del Yo sí te creo. Yo sí te creo, ¿por qué? ¿Hay alguna razón antropológica que nos haga aceptar o negar la palabra de alguien por ser hombre o mujer? La vida nos responde desde la realidad, terca y salvaje. Hay mujeres y hombres que mienten, y hay hombres y mujeres que dicen la verdad. Y así seguirá siendo, independientemente de Plácido Domingo.

Coincidiendo con las conclusiones de AGMA, el sindicato de músicos de ópera de Estados Unidos, nuestro esforzado redactor nos brinda un segundo comunicado de Plácido Domingo en el que reconoce que tuvo un «comportamiento sexual inapropiado» y que asume «toda la responsabilidad». Bien. Pero ¿de qué? De nuevo nos movemos en la ambigüedad. El tenor asegura haber reflexionado y que, tras haber «crecido con esta experiencia» va a esforzarse: «Mi ferviente deseo es que esto resulte un espacio más seguro para trabajar y espero que mi ejemplo empuje a otros a seguir mis pasos». ¿Mejorar qué, si te has quedado fuera? Pero sobre el informe: Plácido Domingo, ¿flirteó, propuso, acosó o abusó? Porque no es lo mismo. Y esto no va de asumir responsabilidades, sino de haberlo hecho, o no. La defensa de la presunción de inocencia es independiente de la culpabilidad del sujeto, y por eso nunca puede decepcionar a nadie.

Joaquín Pérez Azaústre es escritor.Su última novela es Atocha 55 (Almuzara, 2020).

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