La seguridad europea, una ballena varada

Hacía tiempo que no se veía tanto consenso al calificar una cumbre de la Unión Europea: la de Bratislava, hace unos días, ha sido la playa en la que ha quedado varada la ballena comunitaria. Hay 27 jefes de Estado y de Gobierno que no tienen reparo en fotografiarse juntos, siendo esta foto el mayor logro de la jornada. Los analistas se han fijado en varios de los problemas actuales de este proceso europeísta, entre ellos uno que conviene explicar con cierto detalle. La UE, ahora ya con 27, queda varada siempre que hay en el horizonte unas elecciones nacionales en las que el tema europeo pueda tener peso electoral. Y es obvio que con la crisis y sus consecuencias, el drama de los refugiados, el espectáculo de la no-gestión común de fronteras y un largo etcétera, los partidos euroescépticos (en todas sus variantes) tienden a crecer y crecer. Y tanto Francia como Alemania, los motores de la Unión, tienen elecciones este año próximo.

Todas las alarmas están en rojo: desde Le Pen y un Sarkozy que le sigue a rebufo, hasta el ascenso de AfD (Alternativa para Alemania) en el país vecino, todas las piezas del guion están sobre la mesa. Todos los líderes europeos miran sus calendarios electorales con preocupación, pues competir con la extrema derecha en el terreno ideológico de esta es un desastre garantizado, pero ignorar las motivaciones de los electores que les abandonan… todo ello es la cuadratura del círculo. Bratislava, ¿un salto adelante en la construcción europea? Hubiera sido mejor aplazar la cumbre.

Y en lugar de esto, la UE -o para ser más precisos, el Consejo Europeo- ha hecho una cabriola de dudoso gusto. Es de suponer que a algunos asesores se les ha ocurrido que había que hacer algo. Avances en la seguridad común. Sin, por cierto, decir ni cómo ni cuándo. Y toman a los ciudadanos europeos por desmemoriados. Hace más de 20 años que se nos han vendido grandes pasos en esta dirección, sin que de momento nadie se atreva a hacer un balance serio del tema, simplemente porque el balance, en términos de rendimiento en relación a los objetivos marcados, es pobrísimo, y sobre todo falto de la lógica más elemental.

Hagamos memoria. Desde el Tratado de Maastricht (1993) al Tratado de Lisboa (2010), el actual, pasando por el de Amsterdam (1997) y el de Niza (2003), el asunto de una seguridad común ha sido una especie de serpiente de verano. Se formuló en su día, antes de Maastricht, la necesidad de una Cooperación Política Europea. En los años 90, reflejado en los sucesivos tratados, se plantearon al calor de las guerras yugoslavas la necesidad de una PESC (Política Exterior y de Seguridad Común) y una PESD (Política Europea de Seguridad y Defensa), unas famosas Misiones Petersberg de acción humanitaria, unos acuerdos de Saint Malo en 1999 con cierta ambición (sobre el papel), hasta llegar a la PCSD (Política Común de Seguridad y Defensa) del Tratado de Lisboa. Con ideas supuestamente vinculantes sobre el papel: la Estrategia de Seguridad de la UE del 2003, su puesta al día (fallida) del 2008, incluso la creación de los Grupos de Combate (Battle Groups en su denominación oficial).

Este último ejemplo es lacerante, pues desde hace 15 años existen sobre el papel, cada Estado miembro se supone que tiene activos dos batallones para ser desplegados de modo inmediato, y por rotación siempre dos países de la UE garantizan su operatividad. Se ha equiparado a los Battle Groups con una fuerza europea de intervención rápida, y los más optimistas, con un embrión de Ejército de la UE. Y ¿saben? Nunca se han desplegado… Pero… ¿alguien se acuerda de la Brigada Franco-Alemana? ¿Y del Eurocuerpo, con sede en Estrasburgo?

La mayoría de estados europeos también están en la OTAN, donde opera otra lógica, una cadena de mando efectiva, y los países europeos no pueden tener (ni siquiera Francia) recursos económicos, militares y logísticos a la vez en la OTAN y en la UE. No pueden desdoblarse, por así decirlo. Otra cosa que se nos olvida es que la estructura de la UE tiene una naturaleza tan intergubernamental que hace que todas las decisiones que haya que adoptar en estas materias se regulan por la regla de la unanimidad, y cuando no, los discrepantes pueden no participar.

Y la tercera cosa que se nos olvida es que si no era fácil tomar decisiones en el terreno de la PESC o de la PESD entre 12 o 15 miembros, imagínense entre 27. El ingreso masivo y apresurado de los países de la Europa central y oriental ha tenido un resultado inesperado: son más euroescépticos que el resto, y no están dispuestos a ceder competencia alguna en nada que puedan evitar, sean fronteras, refugiados o inmigración.

Pere Vilanova, catedrático de Ciencia Política (UB).

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