La semana trágica catalana

Aunque nunca formé parte de ningún partido o clan, conocí en aquellos remotos años a tantos pánicos e hispánicos que tenían una admiración estudiosa por el anarquista Francisco Ferrer i Guardia. Pero Quevedo hasta su muerte conservó su estrafalario nombre de gafas. Y los descendientes de Chateaubriand, el de filete.

Durante todo el primer tercio del siglo XX, decenas de escuelas, ateneos y universidades populares seguirían los planteamientos anarquistas y ferrerianos. ¿O se dice ferreristas? El diccionario Espasa con su centenar de libros (que preside mi salón) ¿es también del mismo origen?

Con su mujer, Teresina Sanmartí de Ferrer, tuvo tres hijas, Trinidad, Paz y Sol. Trinidad a pesar de su anti-religiosidad. El lirón se levanta tarde incluso cuando madruga.

En pleno Faubourg Montmartre doña Teresina intentó matar a su cónyuge, de dos pistoletazos a bocajarro. Felizmente sin conseguirlo. Érase una vez una kamikaze…. Y la señora Sanmartí fue perdonada generosamente por su Yago y casi totalmente por los magistrados. Gracias al nacionalismo sin fronteras de la justicia francesa.

En vista de lo cual en 1899 Ferrer se casó con la librepensadora francesa (¡también!) Léopoldine Bonnard. Con ella recorrerá Europa y será padre de su único varón, «Riego». ¿Cómo no? (en realidad don Leopoldo). Demostrando con ello que no se puede remontar el tiempo con un aspirador.

Algunos le acusaron de bigamia como, injustamente, al «Burlador de Sevilla», de poligamia. Lo cual no le impidió relacionarse con Jeanne Ernestine Meunié. Una de sus más exquisitas alumnas. Admiradora (por lo menos) que le nombró antes de morir, el 2 de abril de 1901, el heredero de su «millón de francos». Más tarde el bienquisto i Guardia se «relacionó íntimamente» con la joven navarra Soledad Villafranca. ¿Cómo conseguían aquellos bípedos de otros tiempos tener relaciones «no íntimas» e incluso hijos «no naturales»?

Las arañas del infierno firman sus telas. El asesinato fallido lo iba a conseguir, desgraciadamente, el Tribunal Militar de Barcelona. Tras una «semana trágica catalana» en la que no tuvo ni arte ni parte, los jueces condenaron a muerte al inocente. Fue fusilado a las 9 de la mañana del 13 de octubre de 1909 en el foso de Santa Amalia de Montjuic. Ante el estupor y el silencio de todos sus coterráneos… salvo de la muchedumbre parisiense.

Albert Camus escribió con su puño y letra (en 1959) un tarjetín. Inspirado por un amigo también pánico e hispánico: «Francisco Ferrer pensait que nul n’est méchant volontairement et que tout le mal qui est dans le monde vient de l’ignorance. C’est pourquoi les ignorants l’ont assassiné.» [«F.F. pensaba que nadie es malo voluntariamente y que todo el mal que está en el mundo procede de la ignorancia. Por eso lo asesinaron los ignorantes.»]

Uno de sus más despiertos admiradores fue un estupendo pintor que no sé por qué se lo ha tragado la historia. Xavier Valls «llegó a fraguar como pintor un estilo personal contra los vientos y las mareas de las modas», dijo uno de los críticos más severos. Era un soberbio admirador de Zurbarán. ¿Le hubiera ido mucho mejor si hubiera admirado a un pintor punk? Evidentemente el tiempo no tiene realidad objetiva.

A punto de cumplir ochenta años Xavier Valls, dijo:

-No sirve para nada, pero me satisface no haber perdido, como tantos otros, la memoria. Aún me acuerdo, como si fuera hoy, de aquel 24 de junio 1949 en el Colegio de España de París…

Se supo, en París, que Xavier Valls iba a publicar sus «Memorias» de serenidad, trapío y lucidez. «La meva capsa de Pandora». (La luminosa caja de Pandora) Y precisamente en Barcelona. En la excelente Editorial Quaderns Crema. Editora en catalán de Hölderlin, Simenon, Kawakami, Lewis Carroll, Ovidio, Gombrowicz, Novalis, Racine, etc.

En 2003, la mayoría de nosotros y sobre todo los más entendidos pensaron que el libro de Xavier sería «un acontecimiento». Algunos se atrevieron a decir que sería «una bomba». Obviamente Xavier Valls nunca lo pensó. Dios ¿creó el acuario antes que los peces?

Entre mil cosas apasionantes Xavier Valls cuenta en sus memorias: cómo en 1949 vivía en París un celebérrimo escultor «archifranquista»; el cual terminaría, «por la g. de Dios», neo-progresista y «esportulizado». Un día, en París, «con su camisa azul de falangista defenestró…» mientras vociferaba: «Franco no ha liquidado a todos los rojos»…

Pero lejos de ser «una bomba» el libro fue un secreto sin lectores ni críticos. Obviamente, como se lo figuraba Xavier. Nadie habló ni remotamente de su único libro. Xavier Valls quizá pensó, filosófico y tranquilo (como siempre) que sólo el manzano bonsai de Newton descubrió la gravitación universal. Y el celebérrimo escultor «archifranquista» llegó a ser un «antifranquista-represaliado-de-toda-su-vida».

Así que pasaron 19 años desde su 1949 hasta el 15 de mayo de 1968, en dos minutos dos estrambóticos «ocupamos» el Colegio de España de París. «De-mo-crá-ti-ca-mente». El pensamiento es tan limitado con relación a la transcendencia.

Pero tres semanas después, con la misma sencillez y fruslería con que lo «ocupamos», el Colegio de España de París fue «desocupado» por la policía y la jocosa y parrandera desidia. Todas las veletas egocéntricas están seguras de hacer girar al viento.

El hijo de Xavier Valls, con veinte años, dejó de ser español y se naturalizó francés. Y según confesión propia con algunas dificultades. No tan infranqueables como las que encontró Picasso. Yo no tuve ninguna: nunca solicité cambiar de nacionalidad. Antes de Darwin todas las cebras tenían rayas horizontales.

Para desconcierto de propios y asombro de extraños, durante casi veinte años el Colegió de París se alzó deshabitado. Lo rodeaba un corsé de alambradas y una roñosa valla meada. La razón la conocí con una llamada de una empleada de la Embajada:

-Se quiere reabrir el Colegio de España pero antes la Embajada quiere cerciorarse de que usted no proyecta ocuparlo de nuevo con sus amigos anarquistas.

Embravecidos por mi aceptación (¿y sésamo?) el 16 de octubre de 1987, con el Rey (Toisón de Oro al cuello) se pudo patrocinar la reinauguración del Colegio.

Como si la única proposición probada de un concepto sólo fuera otro avatar del teorema de «incompletitud» (de Gödel), creo que mi maestra la madre Mercedes, sin saberlo, fue una «ferrerista» convencida de que también quería que los párvulos tuvieran un sapiente porvenir.

Fernando Arrabal es dramaturgo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *