La sensación térmica

La primera vez que escuché la expresión "sensación térmica" fue a un argentino porteño, y me quedé admirado. Lo atribuí a la proverbial brillantez expresiva de los ciudadanos de Buenos Aires. ¿Quién si no ellos podían haber logrado que asunto tan medido y reglamentado como la meteorología se convirtiera en una apreciación del ego?¿Qué importancia podía tener que lloviera o hiciera sol, si mi corazón exultante iba a ser en definitiva el que decidiría el grado exacto de las cosas? Desde entonces he empezado a creer en los tiempos meteorológicos de las personas, y hasta tal punto que estoy convencido de que hay gentes que tienen tendencia al invierno, y otras a la primavera; se les ve en la cara. Incluso a algunos se nos nota inclinados irremisiblemente al otoño.

Aunque en apariencia resulte raro, la invención de la "sensación térmica" fue militar, y lo entiendo porque lo más importante consiste en valorar adecuadamente el tiempo meteorológico de la tropa, y si es menester corregirlo para que no se produzcan saltos de temperatura colectivos; es decir, lo que en lenguaje llano de antaño se denominaban "conflictos sociales". Antes, el tiempo se medía exclusivamente en un termómetro y si sentías frío ibas a comprobar la rayita de mercurio y si te asabas de calor te admirabas de lo mucho que había subido. En definitiva se trataba de que un aparato confirmara lo que uno padecía. Era la costumbre. Sin embargo, la introducción de la sensación térmica coloca en un lugar preponderante las sensaciones, que son el lado más blando de los sentimientos. La objetividad del aparato vale una mierda si a la gente le da en la piel que hace mucho calor cuando apenas si ha empezado el verano, o bastante frío cuando ve las campañas publicitarias anunciando las rebajas de invierno. Las sensaciones pueden manipularse, y en pleno verano, con derroche de medios y voluntad berroqueña, usted tendrá la sensación de que disfruta de un plácido sosiego vacacional, cuando en verdad está metido en una tormenta que le va a castigar las partes más blandas de su persona.

La invención de la sensación térmica ha tenido tal éxito que abarca al conjunto de la vida social y ha ido poniéndole a todo un toque personal que relativiza las convicciones. Así, por ejemplo, usted no puede menos que estar inquieto porque percibe que la crisis afecta al mundo que le rodea, pero si los expertos le aseguran que se trata de una sensación térmica le provocará una cierta duda. Es verdad que antes de los tiempos de la "sensación térmica" lo primero que usted haría es cuestionar a los tales expertos, pero hoy día un experto es un bien relativo y tiene el mismo valor que los fenómenos estrictamente meteorológicos, como la lluvia, el pedrisco, el viento... Son elementos surgidos de la naturaleza social y perfectamente evaluables.

Observen el especial interés que ponen los expertos en sensaciones térmicas por que usted recobre la confianza. Fíjense bien en los términos: "Recobre la confianza". Recobrar es un verbo de difícil conjugación y de imposible realización. Nadie recobra nada. Le pueden cobrar dos veces, pero recobrar, lo que se dice recobrar, nunca. Y luego, la confianza. ¿En quién tenía usted confianza? Haga la lista. Sí, tenía confianza en los bancos, o más exactamente en esa nebulosa insondable denominada "entidades financieras". Y también en el presidente Zapatero, debe usted reconocerlo. Ya sé que a estas alturas resulta algo humillante confesarlo, pero es imprescindible si queremos ser objetivos, porque igual que usted diría sin un asomo de duda que carecía de la más mínima confianza en el Partido Popular, en Carod Rovira o en el Ayuntamiento de Barcelona, tres convicciones básicas de la ciudadanía asentada de Catalunya, debía admitir que hacia los banqueros y el presidente Zapatero, sí, ciertamente. Parecían gente seria.

Bueno, pues no, ni Zapatero era otra cosa que un vendedor de humo y los banqueros resultaron unos tramposos que hacían malabares con el dinero ajeno. Noten ustedes el cambio en la sensación térmica. Hace tres meses cualquier plumilla podía escribir que los banqueros, así, en su conjunto, eran unos estafadores, que no otra cosa es quien engaña a un cliente, y que el axioma de Bertolt Brecht sobre la similitud entre crear un banco y atracarlo eran verdades incontrovertibles, y ahora, tres meses después, ya tiene que limitarse a llamarlos tramposos, en la convicción de que dentro de otro trimestre se habrá de conformar con referirse a "aquellos banqueros que se equivocaron en sus apreciaciones". Hemos de entender pues que ha cambiado la sensación térmica y que toca volver a callarse. Se acabó aquel oasis de ciudadanos abochornados y arruinados, donde uno podía sacarles los colores a los traficantes de dinero llamándoles por sus nombres. Si se fijan, pueden darse cuenta de que la libertad extrema sólo se concede a las víctimas cuando van camino del matadero, con la plena certeza de su degollina inminente. Si aparece un candil de esperanza, o se inventa un subterfugio para cándidos, entonces se cierra la espita del lenguaje y hemos de volver a lo políticamente correcto, esa camisa de fuerza que es prenda obligada de los filisteos voluntarios.

Puedo asegurar que buena parte de los funcionarios socialistas que viven de que Zapatero gobierne asumirán como una ofensa el que alguien ose situar en el mismo paquete a su augusto y brillante dirigente y a los banqueros. ¡Y qué no dirán los banqueros! Ir de la mano con semejante barbián, que les dio el pego incluso a ellos, que viven de eso; unos expertos en la especulación que resultaron engañados. Sin embargo hay una coincidencia que los convierte en socios de la historia. Son los únicos profesionales que no pagan sus mentiras. A usted y a mí, decir mentiras o escribirlas, no digamos ya creerlas, nos puede costar el trabajo y hasta la libertad, pero por esos vericuetos de la vida, a ellos no. Incluso digo más. Zapatero, al igual que los banqueros, piensan que si no han dicho la verdad es para favorecernos, para evitarnos la angustia y la depresión. Por eso aseguraban que no había crisis, y que de haberla estábamos en mejor situación que nadie para salir de ella. Y henos aquí, en la más vergonzosa y apañada de la miserias, la del menesteroso con ínfulas de hidalgo. Siempre nos quedarán los periódicos para cubrir nuestras vergüenzas. He leído un titular antológico, digno del cambio climático y la nueva sensación térmica: "Seguimos cayendo, pero con mayor suavidad".

Fíjense en la coincidencia. Los banqueros y Zapatero piden lo mismo, confianza. Y lo piden por las mismas razones, porque han estafado a la ciudadanía pero la chantajean asegurando que si no les otorgamos la confianza las cosas podrían irnos peor. Y lo más llamativo es que el recurso funciona. Ocurre como con las reliquias de los santos; qué importa que sean falsas si la gente cree en ellas. Lo importante es creer, lo de menos es que sean verdad. Por eso considero capital la invención de la sensación térmica. Se acabaron las apreciaciones objetivas del tipo "Zapatero es un buhonero", o lo que es lo mismo, un vendedor cuyo principal atractivo es su capacidad de mentir sin darse por enterado. No creo que haya en la breve historia de nuestra democracia un tipo tan desvergonzado y tan sonriente; porque mentirosos sí los ha habido y notables, pero no sonreían. Yamí lo que me jode, no es que me mientan, que eso va en el cargo, sino que además se rían.

Me sucede también con los banqueros. ¿Se acuerdan ustedes cuando lloraban y se maldecían solicitando ayuda del Estado, ese Leviatán odioso para ellos, al que tenían como principal misión burlar? Pues ya se acabó. Aténganse a las consecuencias. Un banquero ha vuelto a ser un banquero, y más respeto, que un desliz lo tiene cualquiera. ¿Cuál ha sido la constante en la sensación térmica de este verano en toda España? Que nunca hemos vivido una situación tan angustiosa de presente y de futuro, mientras que ellos están convencidos de que lo peor ha pasado. Y quizá tengan razón. Lo peor para ellos ha pasado. Lo que hay ahora se llama sensación térmica. O lo que es lo mismo: cómo acomodarnos a lo que venga.

Gregorio Morán