La sensatez del ciudadano

La crisis en que está sumida la economía española ha trastocado los planes de la inmensa mayoría de los hogares, modificando el comportamiento de variables macroeconómicas directamente ligadas con las decisiones domésticas. El consumo y la inversión en vivienda constituyen los ejemplos evidentes. Estos que fueron motores del crecimiento durante la larga etapa expansiva, ahora están registrando unas caídas notables, lo que está desencadenando un pernicioso efecto de retroalimentación entre disminución del gasto, desplome de la actividad y aumento del paro.

La solución que proponen los gestores de la política económica es la reactivación de la demanda; de ahí que se lancen numerosos mensajes animando al consumo. Ahora bien, desde un punto de vista macroeconómico, no está claro que esa sea la fórmula adecuada, pues en las raíces de la crisis se halla el exceso de gasto registrado los últimos años, generador de graves desequilibrios - un enorme endeudamiento privado, una creciente deuda exterior...-.De hecho, parece acertado corregir esos desajustes mediante ahorro y reformas estructurales que faciliten las inversiones productivas capaces de relanzar el crecimiento. Pero, ¿qué conviene a los ciudadanos? ¿Pueden ahorrar? ¿Deben hacerlo?

El ahorro es la parte de la renta disponible que decidimos no consumir. Mediante el ahorro, materializado en la compra de activos, transferimos capacidad de gasto de un periodo a otro. En general, lo que motiva ese comportamiento es nuestra preferencia por un patrón de consumo estable en el tiempo. Este motivo genérico aglutina un abanico de razones para no gastar hoy todo lo que hoy ingresamos. Así, ahorramos para hacer frente a gastos inesperados; ahorramos para encarar posibles caídas de nuestra renta, como las provocadas por el desempleo; ahorramos para cubrir determinadas necesidades que surgen una vez alcancemos la jubilación; y ahorramos para protegernos de una potencial subida de impuestos.

Bajo la luz de todas esas consideraciones, una mirada a los condicionantes actuales permite cerciorarnos de que, en efecto, es sensato ahorrar más. Las proyecciones económicas, sobre todo las referidas al mercado laboral, no son nada halagüeñas. Existe, por tanto, una inseguridad acerca del futuro que sugiere la conveniencia de un mayor ahorro por mera precaución. A este efecto se suma la incertidumbre que rodea al valor de los activos en que el ciudadano medio mantiene su riqueza. En concreto, la reducción del precio de la vivienda - el principal de nuestros activos-y las dificultades para vender un inmueble significan una pérdida de riqueza que invita a reducir el consumo e incrementar el ahorro.

Un menor consumo es también la respuesta razonable al endurecimiento de las condiciones de acceso al crédito, incluido el aumento de tipos de interés reales ocasionado por la caída de precios.

Asimismo, con la atención puesta en el largo plazo, el deterioro de las cuentas públicas y el envejecimiento poblacional suscitan dudas en torno a la viabilidad futura de las pensiones actuales. Esto hace recomendable ahorrar para afrontar la jubilación con mejores perspectivas.

Los datos muestran que los hogares españoles están actuando conforme a esa lógica. Según informa el Instituto Nacional de Estadística, en el segundo trimestre del 2009 la tasa de ahorro aumentó hasta colocarse cerca del 25% de la renta disponible de las economías domésticas, el máximo de los cuatro últimos decenios. El Banco de España, en un estudio publicado en su boletín económico de octubre, atribuye alrededor de un 50% del incremento a la menor renta corriente, la riqueza menguante y el aumento del tipo de interés real. Una parte sustancial del 50% restante sería la respuesta de los hogares a la incertidumbre que afecta a su toma de decisiones.

Sin embargo, el ahorro a largo plazo no parece moverse en la misma dirección. Un reciente estudio de una conocida aseguradora destaca que un 65% de los encuestados dice no ahorrar para su jubilación, frente al 61% observado en el 2008. ¿Significa esto que los españoles no son conscientes de los problemas del sistema de pensiones? Tal vez. Pero también hay que tener en cuenta las dificultades que plantea la crisis: hasta un 80% de quienes no ahorran a largo plazo aduce que no lo hace porque resulta imposible.

Y una recomendación para finalizar. Cuando usted tome sus decisiones de consumo y ahorro, infórmese bien de las diferentes alternativas y no preste demasiada atención a los llamamientos de unos u otros. Valore sus propias necesidades, preferencias y posibilidades, y no olvide nunca que todas las opciones entrañan siempre riesgos, en especial aquellas que prometen una rentabilidad elevada.

José Luis Álvarez Arce, profesor de la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Navarra.