La sequía existía mucho antes que el cambio climático

Que per sa misericòrdia e clemència infinida nos vulla donar pluja sobre la terra” (Que por su misericordia y clemencia infinita nos quiera dar lluvia sobre la tierra). Así convocaba la máxima autoridad municipal a los vecinos de Valencia para que acudieran a la procesión por la sequía que azotaba la ciudad. Era el 31 de octubre de 1455 y en la Crònica del capellà d’Alfons el Magnànim se relataba que “muchos ríos se han secado”, “muchos sitios no tienen agua para beber” y “la Albufera de Valencia se ha secado por completo y no quedan peces”. Aquel documento histórico se cerraba con un atronador “tot perdut e acabat” que poca traducción requiere.

Hoy, casi seis siglos después, nuestros responsables institucionales vuelven a clamar contra el maligno desde sus púlpitos civiles. Ante cualquier adversidad, se invoca al cambio climático como chivo expiatorio de todos nuestros males y se celebran los correspondientes rituales convocados desde las distintas instituciones creadas para tal efecto. Algunas de estas liturgias no son más que rezos; otras, sin embargo, se nos imponen como verdaderos sacrificios.

La sequía existía mucho antes que el cambio climático
Tomas Ondarra Galarza

Que nadie caiga en la tentación de colgarme el sambenito de negacionista. En tanto ingeniera y científica, me es imposible abjurar de las consecuencias del cambio climático. Otra cosa muy distinta supone negar que, desde hace más de 500 años, dos siglos antes de la invención de la máquina de vapor que supuso el inicio de la escalada de las emisiones de CO₂ de origen antrópico, este país ya sufría catastróficas sequías con sus consiguientes inundaciones, las dos caras de la misma moneda. Nuestro territorio posee un clima espasmódico y cambiante, y, como cantaba Raimon, vivimos en un país en el que “la lluvia no sabe llover”.

No podemos permitirnos el lujo de que quienes detentan responsabilidades políticas en este asunto sigan trabajando de una forma descoordinada. De todos modos, en menos de lo que dura un ciclo electoral lloverá suficiente (en algunos sitios muchísimo más de lo necesario) para que nos olvidemos temporalmente del problema.

Pero la cosa se puede complicar para el resto de la población, aquella que tiene que surtirse de alimentos en el comercio minorista —es decir, la mayor parte de la ciudadanía—, porque es la que sufrirá las consecuencias de la descoordinación e inacción políticas. En estos momentos, nuestros responsables deberían estar tomando, explicando e implantando medidas para minimizar los efectos de nuestro caprichoso clima. Porque si seguimos por este camino, lo lógico es que, cuando se den nuevos episodios climáticos extremos, suframos escaladas de precios que afectarán a amplias capas de la población.

Este argumento lo sostengo en base a la advertencia lanzada por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) en el pasado Congreso Nacional de Ingenieros Agrónomos: de aquí al 2050 tenemos que incrementar la producción de alimentos en un 50% si queremos que toda la población pueda comer. Así que, como entenderán, teniendo un sistema productivo sensible a los vaivenes climáticos, cada vez más alterados en frecuencia y amplitud, no vamos a llegar al objetivo.

¿Y cómo se han ido sorteando las sequías y sus efectos a lo largo de la historia? Antes de la llegada de la Ilustración, mediante rezos y guerras. Soluciones que derivaban, irremediablemente, en la celebración de numerosísimos entierros. Con la aplicación del método científico empezaron a articularse un conjunto de acciones que supusieron éxitos parciales dedicados a minimizar los efectos de un clima tan extremo.

¿Qué se hizo? Se recuperaron y optimizaron las viejas costumbres de árabes y romanos para mejorar la planificación hidrológica, desarrollando complejas infraestructuras hidráulicas. Se trabajó en la mejora genética, la fertilización y en todas aquellas prácticas agrarias que facilitaban la adaptación de las plantas a nuestros altos niveles de estrés climático. Incluso se llegó a disponer de una red pública de silos para atenuar los efectos del desacople entre la oferta y la demanda (quien guarda cuando tiene, come cuando quiere).

La raíz del problema al que nos enfrentamos es que, para producir alimentos, además de agua necesitamos energía (radiación y temperatura), dos cosas que no suelen ir de la mano: allí donde se encuentran las condiciones pluviométricas ideales para el desarrollo de la agricultura, faltan horas de sol y no suelen darse las temperaturas adecuadas para el crecimiento de las plantas (y viceversa). Así que para producir alimentos es necesario o bien movilizar agua, o bien energía.

¿Y qué se podría hacer en lugar de seguir clamando contra el cambio climático como el causante de todos nuestros desastres? En primer lugar, fijar un objetivo que pasa por incrementar nuestra capacidad de producción para alcanzar el objetivo de la FAO. Para eso es necesaria una planificación a largo plazo de las producciones que ordene déficits y excesos y optimice la relación del conjunto de costes (económicos, sociales y ambientales) con el conjunto de beneficios. Hablamos de una cuestión que seguramente no contente a nadie, pero al tener su base sobre evidencias y no sobre creencias y estar basada en principios técnicos y científicos en lugar de en deseos será explicable, justificable, defendible y entendible por el conjunto de sectores implicados, salvo por los correspondientes fanáticos.

Una vez fijado el objetivo, la solución debe estructurarse a partir de una serie de frentes de trabajo prioritarios:

—Planificación hidrológica a nivel nacional, dotada de su correspondiente infraestructura que permita operar excedentes y derechos. Actuar en las cabeceras de las cuencas hidrográficas para afianzar e incrementar, mediante la oportuna gestión forestal, la capacidad de recarga de acuíferos. Movilizar y generar todas las fuentes de agua posibles (aguas regeneradas, desaladas, tanques de tormenta y pozos de sequía) y gestionarlas en función del coste/beneficio de cada momento.

—Finalizar el proceso de modernización de regadíos en España e implantar una digitalización útil, transparente, accesible y explotable, evitando actuaciones aisladas, inconexas y cerradas.

—Impulsar el uso de la biotecnología para el desarrollo de especies tolerantes a condiciones extremas y de los bioestimulantes y la nutrición especial para aplicar en situaciones de estrés, sin olvidarnos de actuar sobre la fertilidad de los suelos.

—Maximizar la eficacia de los recursos empleados en la producción, que pasa por digitalizar la explotación, dotarla de infraestructuras que minimicen las necesidades de agua, energía e insumos e integrarla con otros sistemas para incorporar flujos exógenos de masa y energía. Incrementar la eficiencia en los procesos de transformación, almacenaje y distribución de alimentos y reducir el desperdicio alimentario.

La inflación del precio de los alimentos no es más que uno de los síntomas. O nos ponemos a trabajar o las consecuencias pueden ser terribles.

Mari Cruz Díaz es presidenta de la Asociación Nacional de Ingenieros Agrónomos.

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