La SGAE, el espíritu del tocomocho

El timo del tocomocho consiste en coger un billete de lotería falso y venderlo como si fuera premiado, pero a un precio inferior. Pues lo de la SGAE y el 10% que se lleva (¡legalmente!) de la recaudación de los conciertos se ampara en una forma de funcionar muy parecida. Les cuento (y se lo cuento por haberlo vivido en primera persona, como promotor, road manager o regidor de sala, decenas de veces a lo largo y ancho de la geografía española, tanto en el siglo pasado como en el presente: el factor empírico está de mi lado).

Imaginemos que en una sala de Barcelona (por decir una ciudad que nos suena a todos) un grupo realiza pruebas de sonido. Son las seis de la tarde. Su actuación empezará a las diez de la noche. Llega un hombre (podría ser una mujer, y con alguna me he encontrado, pero han sido minoría) y se identifica como “de la SGAE”. Trae el formulario para que el grupo ponga los títulos de las canciones que tocará esa noche en el concierto y los autores de las mismas. En lo que respecta a la música en directo, es el documento que legitima todo el sistema recaudador de esta entidad de gestión colectiva.
El hombre de la SGAE pide que le rellenen el formulario, ya sea alguien del grupo o alguien en nombre del ídem. Da igual quién lo haga, pues nadie estará controlándolo. Nadie. Puede hacerse encima de la barra, si no está mojada o sucia, o dentro del camerino, si hay por allí alguna mesa. O en el lavabo, si dispone de más luz y sitio para escribir. Así que cualquier mano –un músico del grupo, el conductor de la furgoneta, un comercial de la discográfica, personal del local– escribe en ese papel el título de 10, 12 o 15 canciones de la banda durante la prueba de sonido. Que estén registradas en la SGAE, claro, para después pillar algo. O, directamente y para hacerlo más fácil, como suele ser práctica habitual, esa mano copia de un tirón los temas del último disco que haya publicado el grupo. Suele haber copias por la zona del merchandising.

¿Qué pasará si después, por la noche, ese grupo toca 14 versiones, pongamos que la mitad de Joaquín Sabina, y la otra, de Joan Manuel Serrat? ¿El hombre de la SGAE descubrirá esa irregularidad e impedirá que los autores que aparecen en el formulario –el grupo, para entendernos– reciban algún céntimo por ese concierto en calidad de autores? En absoluto, ¡cómo lo va a descubrir y cómo lo va a impedir si se ha ido a las seis y pico de la tarde de la sala para no aparecer ya más ese día! ¿Y cobrarán Sabina o Serrat algún céntimo por esas versiones suyas que han tocado esa noche? No van nada escasos de dinero, es cierto, pero no verán ni una perra gorda por ellas.

Porque, ¿quién, en nombre de la SGAE, estará allí, in situ, para cerciorarse de que ha sonado este o aquel tema en la actuación, de que el formulario que se entregará a su maquinaria burocrática coincide con la realidad? ¿Lo hará el hombre que ha dejado el formulario a las seis de la tarde, ese que a la hora del concierto igual anda –es un suponer– de zapeo y en pijama, tirado en su sofá?
Ah, pero no se crean ustedes que el hombre de la SGAE siempre se marcha a las seis y pico de la tarde con el formulario rellenado (por la mano que sea y con la veracidad que sea). No, muchas veces –y en mi experiencia personal han sido mayoría– dice adiós y lo deja en la sala. “Ya pasaré a buscarlo un día de estos por vuestras oficinas”, suelta a la persona en ese momento a cargo del club. O “cuando lo rellenes, dáselo a alguien de la sala, que me conocen; ya pasaré a recogerlo”, dice a alguien de la banda. Ante todo, rigor que no falte.

Volvemos ahora al principio, a lo del tocomocho. A lo del billete falso. ¿Puede haber algo más falso que este sistema de comprobación de repertorios musicales? Difícilmente. Si en unas elecciones el escrutinio de las papeletas fuese igual de serio, con el presidente de la mesa inventándose el número de votos de cada partido y ningún interventor controlándolo, ¿qué legitimidad tendrían? Y si en la declaración de la renta uno pudiera poner sus ingresos y los bienes de que dispone igual de alegremente, ¿qué fiabilidad tendrían las devoluciones de los contribuyentes? ¿Quién recibiría más: quién más merece o quién más miente?

Enlacemos ahora lo expuesto con las numerosas informaciones aparecidas los últimos días sobre la SGAE, después de haberse hecho público que recaudó con fervor el 10% de la taquilla –5.629 euros– de un concierto benéfico celebrado en Roquetas de Mar (Almería) el 25 de abril. El objetivo del evento: lograr fondos para curar a un niño de 5 años con una enfermedad muy grave. Una práctica habitual en la SGAE, no pongan esa cara. La ley es su ley y ellos siempre la cumplen. Tan habitual es esa práctica como que la entidad no se ponga en contacto con sus asociados para sondear si estos renuncian a sus derechos en beneficio de una causa, una vez tiene conocimiento de un concierto de esa naturaleza.

¿Cómo van a poner en práctica ese tipo de control si no se preocupa tan siquiera de corroborar si en esas salas que pueblan las Españas los formularios con el repertorio de los conciertos –¡la base teórica que avala su sistema de gestión y repartos!– coinciden con la realidad? ¿Qué es peor, que la SGAE no haga eso porque no quiere o porque no puede? En el fondo, da igual: ambas opciones demuestran su incapacidad para asumir, sin tocomocho, su voraz monopolio de facto.

Miguel Martínez, promotor musical.