La siempre infalible recuperación americana

Como es habitual al comienzo de un nuevo año, se están pregonando a escala mundial estadísticas y pronósticos de tendencia imponentes. Por ejemplo, se espera que en 2016 China substituya a los Estados Unidos como mayor economía del mundo y, en 2040, la población de la India habrá alcanzado los 1.600 millones, con lo que superará la de China, que se habrá estancado un decenio antes.

Tal vez la proyección más asombrosa es la de que los Estados Unidos llegarán a ser exportadores de energía en 2020 y llegarán a tener autonomía energética quince años después, gracias a la abundancia del barato gas de esquisto de que disponen y al descubrimiento de enormes reservas de petróleo en toda la zona comprendida entre Dakota del Norte y el golfo de México. Pese a la oposición de grupos ecologistas, dichas reservas serán más fáciles de explotar que las de Europa, porque están situadas en gran medida en zonas escasamente pobladas.

A consecuencia de ello, la energía será en el futuro previsible mucho más barata en los EE.UU. que en Europa o en China. De hecho, la extracción del gas de esquisto es tan económicamente favorable, que incluso el gas americano exportado a Europa costaría 30 por ciento menos de lo que cobra actualmente la gigantesca empresa energética rusa Gazprom.

La energía barata brinda un potente incentivo para las industrias con gran densidad de energía –desde las del acero y del vidrio hasta las farmacéuticas, pasando por las químicas– para establecerse en los EE.UU. En realidad, la disminución del costo de la manufactura en los Estados Unidos, combinada con la favorable reglamentación de las empresas en ese país, su fuerte imperio de la ley y su estabilidad política, eliminará la ventaja comparativa que ha impulsado el rápido crecimiento económico de China a lo largo de los últimos decenios.

Entretanto, las universidades americanas siguen atrayendo a los mayores talentos de muchas especialidades y muy en particular de la ciencia y la tecnología. Y las otras –y ya antiguas– ventajas –flexibilidad, capacidad para la renovación, movilidad económica, influencia en la regulación internacional y la principal divisa de reserva del mundo– siguen en pie.

Dadas esas condiciones favorables, los EE.UU. ya han empezado a “repatriar” su industria, proceso que muy probablemente continuará durante varios decenios. Mientras que otras economías avanzadas pasan a estar cada vez más basadas en los servicios, los EE.UU. están industrializándose.

El valor añadido resultante fortalecerá la capacidad de las autoridades para encontrar soluciones a largo plazo para problemas persistentes, incluidos un sistema de atención de salud ineficiente, unas enseñanzas primaria y secundaria insuficientes y una injusticia social manifiesta. El éxito en esos sectores realzaría aún más el atractivo de los Estados Unidos como centro industrial.

Como parte del Proyecto de Competitividad de los EE.UU., de la Escuela de Administración de Empresas de Harvard, Michael Porter y Jan Rivkin han publicado recientemente un plan de ocho puntos, que se podría ejecutar durante los dos o tres próximos años. Cada una de las medidas propuestas ha inspirado un amplio acuerdo bipartidista entre las autoridades (al menos a puerta cerrada).

En el plan se subraya la necesidad de aprovechar las oportunidades que brinda el gas de esquisto y las recién descubiertas reservas de petróleo. La energía autóctona y de bajo costo podría contribuir a reducir el déficit comercial, impulsar la inversión y reducir la dependencia económica de los Estados Unidos respecto de los inestables países exportadores de petróleo. Un sólido marco de regulación federal podría contribuir a la consecución de ese resultado y al tiempo reducir al mínimo los riesgos para el medio ambiente y la seguridad relacionados con la extracción.

Otras propuestas son las de facilitar la inmigración de personas muy capacitadas, en particular las licenciadas en universidades de los EE.UU., abordar las distorsiones del comercio y la inversión internacionales, crear un más sostenible marco presupuestario federal, racionalizar los impuestos y los reglamentos y emprender un ambicioso programa en materia de infraestructuras. Aplicando esas estrategias, el Presidente Barack Obama podría restablecer la posición de los Estados Unidos como motor de la economía mundial.

Pero la aplicación de esas ocho propuestas de políticas ampliaría aún más la disparidad en riqueza existente entre los EE.UU. y Europa y que ha ido en aumento durante los tres últimos decenios. Entre 1980 y 2005, la economía de los EE.UU. creció 4,45 veces, nivel al que ninguna gran economía europea se acercó siquiera. En 2011, Noruega y Luxemburgo fueron los únicos países europeos con una renta nacional por habitante mayor que la de los EE.UU. en paridad de poder adquisitivo. Y en 2040, las poblaciones de los países europeos se habrán estancado o se habrán reducido (con la excepción del Reino Unido, que tendrá una población de unos 75 millones, comparable con la de Alemania), mientras que la de los Estados Unidos habrá aumentado hasta los 430 millones, frente a los 314 actuales.

Las consecuencias políticas del nuevo fortalecimiento de la economía de los EE.UU. repercutirán en todo el mundo, pero, para mantener ese renacimiento económico, hará falta una mayor renuencia a intervenir en conflictos extranjeros o a emprender nuevas guerras.

Ese reconocimiento ya ha afectado al apoyo de las autoridades de los EE.UU. a los levantamientos de la “primavera árabe”, como lo atestigua la vacilación de Obama a la hora de intervenir en Libia y su renuencia, al menos hasta ahora, a que los Estados Unidos intervengan directamente en la sangrienta guerra civil de Siria. Aunque al principio se equiparó la importancia histórica de la “primavera árabe” a la de la caída del muro de Berlín, la preocupación en aumento por la influencia política cada vez mayor de los Hermanos Musulmanes está eclipsando las posibilidades de cambio en esa región.

Asimismo, si bien los EE.UU. no renunciarán a sus relación bilateral con Israel, las relaciones entre el Primer Ministro de este país, Benyamin Netanyahu, y Obama han vuelto a estar bajo mínimos. En esas circunstancias, no es probable en el futuro previsible que haya.una importante iniciativa americana en pro de la paz en Oriente Medio

Entretanto, el antiguo rival de los Estados Unidos, Rusia, está esforzándose por restablecer su hegemonía sobre muchos de los países ex soviéticos y las condiciones en África y Latinoamérica están estabilizándose en general.

En vista de ello, las prioridades en materia de política exterior de los Estados Unidos se han trasladado a la región de Asia y el Pacífico, donde están surgiendo las amenazas económicas, políticas y de seguridad más apremiantes, incluidas las de los misiles norcoreanos y del aumento de las tensiones entre China y sus vecinos con sus reivindicaciones opuestas en los mares de la China Meridional y de la China Oriental. Otras amenazas mundiales parecen relativamente menores en comparación.

Aunque el peso de la política y la economía mundiales, además de la influencia, esta transladándose en gran medida del Atlántico al Pacífico, sería un error subestimar el papel de los Estados Unidos en el nuevo orden mundial. Ese país nunca ha dejado de atraer la atención mundial y seguirá desempeñando un papel primordial al respecto.

Alfred Gusenbauer was Chancellor of Austria in 2007-2008.. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *