La silenciosa elección de Gran Bretaña

Las elecciones de los demás suelen resultar desconcertantes y aburridas; ese ciertamente es el caso de la próxima votación del 7 de mayo en el Reino Unido, e incluso muchos británicos comparten esa sensación. La campaña electoral más prolongada en la historia del RU muestra una sorprendente cortedad en su foco. Sin embargo, es una campaña que ofrece tres ideas importantes para otras democracias occidentales.

El famoso eslogan de la campaña de Bill Clinton en 1992 –«Es la economía, estúpido»– es en sí mismo estúpido o, al menos, insuficiente. Si las elecciones británicas se decidieran por la economía, el primer ministro David Cameron llevaría adelante su campaña con mucha más confianza.

Durante los últimos 18 meses aproximadamente, el RU ha detentado la economía con más rápido crecimiento en Europa, e incluso superó por momentos a los Estados Unidos. La tasa de desempleo, actualmente del 5,6 %, cayó por debajo de la mitad de la correspondiente a la zona del euro.

Pero los indicadores económicos favorables no han marcado una diferencia considerable en las encuestas de opinión a favor de los conservadores de Cameron y no han ayudado para nada a salvar a su socio en la coalición –el partido centrista Liberal Demócrata– de una crisis. Demasiados votantes, aparentemente, aún no se sienten mejor… y por buenos motivos: el ingreso promedio apenas ha comenzado a subir luego de siete dolorosos años.

El eslogan adecuado en esta campaña podría ser entonces «Es el nivel de vida, estúpido» o, en forma más precisa (aunque más enrevesada): «Es la percepción del nivel de vida futuro, estúpido, y la percepción de la justicia en torno a esas perspectivas». De todas maneras, la cuestión es bastante simple: la recuperación estadística no basta.

Esto parece explicar por qué, aunque solo cuenta con una pequeña ventaja del 2 al 4 % en las encuestas, el Partido Laborista de centroizquierda lleva la mejor parte en la campaña. El líder laborista Ed Miliband fue ampliamente ridiculizado el año pasado como débil, poco convincente y poco agradable; pero tal vez gracias a las bajas expectativas, ha mejorado continuamente su credibilidad e imagen de estadista durante la campaña.

La segunda idea es que los asuntos exteriores, aunque rara vez representan un factor importante en las elecciones nacionales, pueden contribuir a una sensación general de incomodidad respecto del liderazgo político. En gran medida se asumió que la continuidad del RU en la Unión Europea sería una cuestión clave en la campaña, dado el ascenso del Partido por la Independencia del RU (UKIP, por su sigla en inglés) y la promesa de Cameron de, en caso de ser reelegido, llamar a un referendo sobre la cuestión en 2017.

De hecho, la promesa de Cameron posiblemente sea la cuestión más importante en juego en las elecciones británicas: si continúa como primer ministro habrá un referendo, si Miliband asume, no. El futuro estratégico británico depende de esta decisión.

Sin embargo, se ha mantenido un silencio casi absoluto al respecto. Tanto el UKIP como su carismático líder, Nigel Farage, han decaído en las encuestas de opinión y tienen dificultades para captar la atención. Resulta más importante aún que Cameron casi no ha dicho nada sobre Europa ni la inmigración y, aunque la postura pro-UE claramente declarada por Miliband le ha granjeado el cariño de muchos líderes de negocios, también él minimizó esa cuestión.

Es posible que esto refleje mi propio sesgo, pero sospecho que este carácter evasivo por parte de los principales partidos políticos británicos ha debilitado el apoyo que reciben y su condición de representantes válidos del país. Tal vez los votantes no incluyan a Europa ni a los asuntos exteriores entre sus principales preocupaciones, pero las noticias diarias sobre las muertes de inmigrantes en el Mediterráneo, la guerra en Ucrania, la posible cesación de pagos de Grecia, la agitación en Siria, Irak, Yemen, Libia y Gaza, el programa nuclear iraní y otras cuestiones han agudizado la conciencia de los votantes sobre la necesidad que su país tiene de ser defendido vigorosamente por un gobierno con una política exterior coherente.

Sin embargo, las fuerzas de defensa británicas nunca han estado tan débiles desde la década de 1930. La percepción general es que también la voz británica en los asuntos internacionales es menos influyente que en cualquier otro momento desde esa época. Independientemente de cuál sea la política exterior y de defensa que prefieran, los votantes británicos creen que su país debe contar con una.

La última de las ideas contenidas en la elección del RU puede reflejar en parte el vacío en el liderazgo nacional que ese silencio personifica. Sea cual fuere el resultado de las elecciones, el fenómeno más sorprendente será el ascenso del regionalismo y particularmente el crecimiento del apoyo al proindependentista Partido Nacional Escocés (SNP, por su sigla en inglés).

Nadie puede predecir si el SNP terminará en una situación paradójica: uniéndose a una coalición con los laboristas para gobernar un país que deseaba abandonar en el referendo por la independencia en septiembre pasado, pero el probable crecimiento electoral del SNP es demasiado grande como para ser explicado tan solo por un sentimiento secesionista. El partido parece estar atrayendo a muchas personas que votaron en contra de la independencia pero desean una mayor autonomía regional y una presencia más poderosa de Escocia en el parlamento de Westminster.

La ausencia de una «sensación de bienestar» derivada de la recuperación económica, el resentimiento por la desigualdad económica, la falta de confianza en los líderes políticos nacionales y una mayor fe en el localismo son las principales características de la campaña electoral británica. Independientemente de que esas características lleven a que Miliband se convierta en el próximo primer ministro (en una coalición con los demócratas liberales, el SNP o ambos) probablemente también caracterizarán las elecciones en otros sitios durante los próximos años.

Bill Emmott, a former editor-in-chief of The Economist, is executive producer of a new documentary, “The Great European Disaster Movie.” Traducción al español por Leopoldo Gurman.

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