La socialdemocracia, a la deriva

La autodenominada izquierda democrática, la socialdemocracia, se está dotando desde hace tiempo con nuevos rostros en varios países de la UE. Y empleo la expresión «autodenominada» porque no estoy tan seguro de que sea izquierda. Fueron los movimientos de algunos círculos intelectuales y de la masa de la clase obrera quienes abrieron ese espacio de repulsa al despiadado capitalismo, entre los siglos XIX y XX. Y resulta curioso que, en los inicios del XXI, ese espacio se haya cerrado casi por completo y que quienes lo reclaman caminen, perplejos, en tierra de nadie.

En España y en nuestro cercano entorno, tenemos un elenco de políticos socialdemócratas de nueva horma de los que tan sólo uno, el español Pedro Sánchez, de 42 años, acaba, como quien dice, de salir del cascarón. Los otros tres a los que me refiero están ya bastante rodaditos: el francés Manuel Valls, de 51 años, ha sido ministro antes que primer ministro y es probable que en las próximas presidenciales de su país sea el candidato socialista, pasando por encima del desafortunado François Hollande. El laborista británico Edward Miliband, con 45 años, ya ha disfrutado de carteras ministeriales en gobiernos laboristas del pasado y aspira a ocupar Downing Street tras las elecciones del 2015. Y en fin, el audaz italiano Mateo Renzi, con 39, tiene un aclamado curriculum a las espaldas y ha conseguido algo que parecía imposible en su país: jubilar al incombustible e insufrible Silvio Berlusconi.

Pero, ¿qué es común a estos jóvenes lobos de la autonominada izquierda?, ¿qué ideas comparten? Pedro Sánchez es todavía una incógnita. De momento, ha empleado en su discurso conceptos muy manidos que, en ocasiones, suenan a eso que los ingleses llaman «a lot of hot air», es decir: pura agua chirle, algo con poca sustancia. Ha puesto como espejos en donde mirarse a Felipe González, Olof Palme, Willy Brandt, Michel Rocard y Mateo Renzi. Y la verdad es que parecen muchos espejos. Además, yo no encuentro demasiadas similitudes, por ejemplo, entre González y Renzi, ni entre Palme y Rocard. Más todavía: ni Brandt ni Palme se hubieran atrevido a emprender las sucesivas reformas que hizo González, durante su largo mandato, para abaratar el despido de los trabajadores, en nombre de una política de creación de empleo que nunca funcionó. Por lo demás, he oído alguna que otra banalidad al nuevo dirigente del PSOE. Por ejemplo, ha dicho que llevará a su partido tan la izquierda como quieran las bases socialistas. ¿Pretende volver al asamblearismo, imitar los orígenes de Podemos?, ¿o tratará de someter a referéndum cada punto de su programa político?

Miliband pasa por ser el político más a la izquierda dentro del laborismo británico. Sus dotes intelectuales –se graduó en Oxford– están fuera de dudas, lo mismo que su tenacidad y su experiencia políticas. Pero carece de carisma, de un discurso coherente y, aunque cuenta con el apoyo de los sindicatos, su acatamiento a varios de los planteamientos de la derecha conservadora, como la contención del gasto público, le hacen sospechoso de decir una cosa mientras que piensa hacer la contraria. Algunos analistas ingleses creen que, antes de las elecciones del próximo año, puede ser desbancado del puesto de candidato laborista por su hermano David, más centrista,a quien derrotó en la competencia por el liderazgo laborista en el año 2010.

Valls esconde menos enigmas y se presenta en el escenario político como un pragmático. No ha dudado en llevar adelante un plan de recortes que ha levantado ampollas en los sectores de la izquierda de su partido. La derecha le mira con simpatía mientras él dice que hay que reinventar el socialismo y se declara admirador de Clinton, expresidente de los EE.UU., y del francés Rocard, un histórico primer ministro socialista de carácter más pragmático que Mitterrand. Como buen galo –aunque naciera en Barcelona–, Valls es un defensor a ultranza del estado-nación, lo que ha supuesto una enorme decepción para Artur Mas y Oriol Junqueras. Una de sus aspiraciones es reconciliar a la izquierda con el pensamiento liberal, algo que suena a una empresa tan titánica como ligar bien la salsa de pil-pil. Su reforma territorial constituye su apuesta más audaz.

En fin, Renzi es quien ha ido más lejos en su política de corte, digamos, progresista. Acepta la reforma de las economías europeas, pero critica con dureza la inflexibilidad de la política de Bruselas, dominada por la tropelía de los poderes financieros y los criterios ultraconservadores de Angela Merkel. Ha cumplido con su promesa de «tolerancia cero con la corrupción», fulminando al alcalde de Venecia por un asunto turbio. Pero ha ralentizado su velocidad de salida y una buena parte de sus promesas reformistas parecen gripadas. Algunos analistas de la izquierda le miran de reojo, pensando que, más tarde que temprano, como alguien dijo, «todos los políticos de Italia acaban por ser democristianos».

¿Qué es, en consecuencia, la socialdemocracia en nuestros días? Una errabunda deriva entre quienes piensan que la voracidad del capitalismo financiero puede ser embridada y funcionarios de la política que tratan de salvar el pellejo manteniendo prebendas. Nadan todos en tierra de nadie. La derecha, entretanto, actúa como siempre: porque conservar resulta más sencillo que cambiar. Y sus cotas de corrupción andan en casi todo el continente europeo por encima de las de la izquierda.

La política en Europa es un enorme animal enfermo, no sólo la socialdemocracia. El olvidado Curzio Malaparte escribía en 1946: «Los políticos europeos de hoy no creen en nada, pero les pagan para hacer creer a la gente que creen en algo. La clase política vive en el temor de tener que abandonar el poder y volver a ser lo que eran: nada». Y Chesterton alertó en 1922: «Si la banca llega ser más fuerte que el cetro de la soberanía popular, será el fin de la democracia».

¿Entienden todo eso los políticos de nuestros días en plena crisis económica e ideológica? Yo sospecho que, en el fondo, aceptan la máxima de Disraeli: «¡Al diablo con vuestros principios!. Atenéos a vuestro partido».

Javier Reverte, periodista y escritor.

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