La sociedad civil en Ucrania

Ciudadanos ucranios procedentes de Dnipro y de la region de Járkov llegaban el día 8 a la estación de Pidzamche, en Lviv, acondicionada ante la avalancha de refugiados.Jaime Villanueva Sánchez
Ciudadanos ucranios procedentes de Dnipro y de la region de Járkov llegaban el día 8 a la estación de Pidzamche, en Lviv, acondicionada ante la avalancha de refugiados.Jaime Villanueva Sánchez

La resistencia, la determinación y la valentía de los ucranios al enfrentarse a la invasión rusa han sorprendido y conmovido a muchos observadores del resto de Europa. Habiendo tenido la oportunidad de conocer a actores de la sociedad civil en algunos viajes de investigación entre 2006 y 2019, no me sorprendió: entre los muchos acontecimientos inesperados de esta brutal agresión, mi única certeza era que los ucranios resistirían la invasión cualquiera que fuera el coste en vidas humanas. El presidente Volodímir Zelenski, elegido en 2019 en una plataforma populista con más del 70% de los votos, capta bien el espíritu de dignidad y desafío que comparten muchos en Ucrania.

Mi último viaje a Ucrania en septiembre de 2019 me llevó a Járkov y Kiev para investigar cómo había cambiado el panorama cívico. Járkov, que ahora resiste bajo los bombardeos rusos, está a 30 kilómetros de la frontera rusa. Es una ciudad predominantemente rusoparlante que tenía muchos lazos con Rusia antes de 2014, cuando Moscú se anexionó Crimea y persiguió la primera invasión de Ucrania en el Donbás.

La experiencia del conflicto llevó a una oleada de voluntarios a apoyar a los desplazados que huían de las zonas conflictivas y a los que luchaban en el frente contra los militares rusos y los separatistas. Station Kharkiv, una organización de voluntarios creada en junio de 2014 por unos pocos ciudadanos con un par de sillas y una mesa para ayudar a los desplazados que llegaban a la estación de tren de Járkov, se convirtió en una próspera ONG humanitaria. En 2014, se produjo un aumento del voluntariado en toda Ucrania, con dos tercios de las actividades dirigidas a ayudar al ejército y aproximadamente un tercio de los ucranios que donaban dinero para apoyar a las Fuerzas Armadas.

En Járkov, esta experiencia desencadenó un bum cultural de organizaciones cívicas, desde protestas vecinales contra la degradación del medio ambiente, como el Frente Verde para oponerse a la tala de árboles en el parque Gorki, hasta los Sabuesos de la Verdad, una organización que investiga crímenes e incidentes en el este de Ucrania para hacer justicia a los culpables y a las víctimas y, a través de ese trabajo, promover la transparencia y el Estado de derecho en las instituciones judiciales y de seguridad. Conocí a activistas LGBTIQ que organizaban marchas del Orgullo y que no temían enfrentarse a la violencia de los grupos locales de extrema derecha que atacaban sus manifestaciones; a voluntarios de iniciativas comunitarias locales de apoyo a las personas con discapacidad, y a grupos locales de teatro y arte y de charlas científicas dominicales en el parque. “Por fin hemos descubierto el orgullo de ser ucranios”, como me dijo allá por septiembre de 2019 el fundador de una organización que trabaja en el desarrollo regional y las comunidades locales.

Las organizaciones no gubernamentales de estilo occidental que trabajan por los derechos humanos y la democracia han estado operando en toda Ucrania desde el comienzo de la compleja e inacabada búsqueda de la democracia en el país. Estos grupos que florecieron después de 2014 hicieron que el panorama cívico fuera mucho más diversificado y significativo a nivel local de lo que suponen los donantes internacionales y han sido la columna vertebral de la resiliencia en Ucrania. Surgieron en todo el país, en Kiev y en otras ciudades.

En el este de Ucrania, en particular, fue también a través de estas actividades desencadenadas por el conflicto como se forjó una identidad ucrania más fuerte. Como rusoparlantes, con parientes en Rusia, que viajaban o se trasladaban a Rusia para estudiar y trabajar, los ucranios del Este no tenían una identidad nacional fuerte. Todas las personas que conocí subrayaron la paradoja de que, al invadir Ucrania en 2014, Putin creó una identidad ucrania en una región donde no era fuerte.

La importancia de la sociedad civil en Ucrania se refleja en cómo la percibe la opinión pública. En los seis países de Europa del este y el Cáucaso sur que se independizaron con el fin de la Unión Soviética, la confianza en la sociedad civil es tan baja que debería llamarse desconfianza. En cambio, muchos la depositan en el ejército y en las instituciones religiosas. En Ucrania, el panorama es muy diferente: en 2018, el 45% de los encuestados decían confiar en las organizaciones de la sociedad civil; el 40%, en activistas individuales o informales, y el 60%, en voluntarios y organizaciones de voluntarios.

Junto a la agresión externa, la mala gobernanza también moldeó a la sociedad civil. Desde que votaron por la independencia de la Unión Soviética en 1991, pocas semanas antes de que se disolviera la URSS, la mala gobernanza y la corrupción, unidas al poder oligárquico, han sido la plaga de los ucranios. La corrupción les llevó a las calles dos veces en una década. La revolución naranja de 2004 y la revolución de la dignidad de 2013-2014 (conocida en Europa Occidental como Euromaidán) derrocaron los regímenes autoritarios de Leonid Kuchma y Víctor Yanukóvich, respectivamente.

Ambas revoluciones fueron acontecimientos definitorios para el desarrollo de la sociedad civil y para el cambio político. El clásico estudio Problems of Democratic Transition and Consolidation, de Juan Linz y Alfred Stepan, identifica cinco ámbitos de democratización: la sociedad política, la sociedad económica, el Estado de derecho, la burocracia estatal y la sociedad civil. En Ucrania, la sociedad política y económica estaba controlada por los oligarcas, a los que el presidente intentaba gobernar mediante la división, y la corrupción dominaba todos los niveles de las burocracias estatales y regionales. La debilidad de los partidos y de las instituciones democráticas nunca consiguió frenar a los poderosos presidentes a la hora de repartir el botín del Estado con los grupos de oligarcas que competían entre sí.

Añádase la geopolítica: El presidente Kuchma intentó primero un acto de equilibrio entre Occidente y Rusia, pero luego se volcó en Putin cuando, después del año 2000, su giro autoritario pasó a ser contestado a nivel interno y quedó en el punto de mira internacional. Su régimen fue derribado por las protestas en el invierno de 2004, después de que amañara las elecciones en favor de Víctor Yanukóvich. Una vez que la promesa de reforma de la revolución naranja no se materializó y Yanukóvich fue elegido en 2010, primero optó por acercarse a la UE y luego, bajo presión rusa, decidió no firmar el acuerdo comercial negociado en Bruselas. En noviembre de 2013, los ucranios volvieron a tomar su ya famosa plaza Maidan y forzaron el regreso a la política democrática en 2014.

Detrás de la capacidad de movilización está la sociedad civil. La historia del Centro de Información para el Seguimiento del Maidán permite constatar cómo ha evolucionado el compromiso cívico. Nació como una web de información en el año 2000, después de que fuera asesinado el periodista Georgy Gongadze, fundador del periódico digital independiente Ukryinska Pravda, quien había estado investigando la corrupción del Gobierno. Desde una comunidad clandestina hasta el movimiento Ucrania sin Kuchma, pasando por la revolución naranja, el centro evolucionó hasta convertirse en una organización que vigila el derecho de reunión, la libertad de expresión y las elecciones. Después de 2014, cambió su enfoque hacia la construcción de prácticas de paz en zonas de conflicto y el apoyo a la capacidad de la sociedad para vivir en conflicto.

Tras décadas de transformación, revolución y represión, centro de una confrontación geopolítica más amplia, el panorama cívico en Ucrania es complejo y diversificado. Se ha visto reforzado por el conflicto, incluye elementos muy progresistas, así como socialmente conservadores e incluso una minoría de grupos violentos de extrema derecha, algunos partidarios de Putin y otros nacionalistas extremos.

Pero a través de la revolución naranja y la revolución de la dignidad, los ucranios han expresado en masa su desilusión con la capacidad de la clase política para reformar el país y luchar contra su corrupción, han desarrollado un sentimiento de identidad nacional que ahora se resiste a la invasión rusa y han mostrado claramente su deseo de una orientación occidental hacia la Unión Europea y la OTAN. En resumen, y sin retórica, puede decirse que la sociedad civil ucrania ha demostrado ser un verdadero motor de cambio.

Rosa Balfour es directora de Carnegie Europe y colaboradora de Agenda Pública.

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