La sociedad segura

Por J. M. Ruiz Soroa (EL CORREO DIGITAL, 17/06/08):

El caos de abastecimientos que provocaron los primeros días de la huelga del transporte ha dado lugar a los ya casi obligados artículos de opinión acerca de lo frágiles e inseguras que son nuestras sociedades modernas. Unas sociedades tan complejas y diversificadas que cualquier fallo en un sector provoca su derrumbe, como si de un castillo de naipes se tratara. Eso se nos dice, por lo menos.

Esta percepción acerca de la fragilidad e inseguridad de las sociedades occidentales desarrolladas está ampliamente generalizada, sin lugar a dudas. En términos estadísticos es cierto que la gran mayoría de los ciudadanos siente que su sociedad es muy insegura, que la catástrofe aletea siempre alrededor de su vida. Y, sin embargo, mucho me temo que esa percepción no responde mínimamente a la realidad de las cosas pues, se atienda al parámetro objetivo que se quiera, lo cierto y real es que las sociedades occidentales modernas son las sociedades más firmes y seguras de todas las que ha conocido el ser humano en su historia. Y lo son, precisamente, porque son sociedades complejas y altamente diferenciadas o diversificadas en su estructura sistémica, que es lo que les ha permitido desarrollarse. La complejidad y diferenciación de una sociedad moderna es lo que garantiza su solidez y seguridad, no al contrario.

El ser humano ha vivido durante la mayor parte de su presencia en el planeta en sociedades muy simples y apenas diferenciadas, como fueron las bandas de forrajeros cazadores y recolectores que han existido durante el noventa y nueve por ciento de su pasado. Después la agricultura permitió la vida en comunidades un poco más amplias. Pero en cualquier caso, este tipo de sociedades muy simples era absolutamente dependiente de su entorno, y la más mínima variación en forma de mala cosecha, cambio de clima, enfermedad, exceso de población o guerra la ponía al borde de la extinción. Y en muchísimos casos las extinguía. La vida del ser humano en estas sociedades estaba sujeta a riesgos como nunca podremos llegar a imaginar: de entrada, más de la mitad de los recién nacidos morían antes de llegar a ser jóvenes y la esperanza de vida no llegaba a los veinte años. El ser humano no ha podido escapar al riesgo constante y permanente de perder la vida en cualquier minuto hasta las sociedades modernas. Y ello ha sido posible, precisamente, porque éstas se diversificaron y diferenciaron en una serie de estructuras complejas y separadas, cada una especializada en tareas diversas. Decir que la sociedad moderna es frágil e insegura es una imponente tontería: el ser humano que habita en ellas está provisto de una red de seguridad contra las incidencias vitales negativas como nunca había poseído en la Historia. La sociedad misma tiene una capacidad de control del riesgo, tanto del ambiental como del generado endógenamente, como nunca la tuvo. Somos capaces de dominar enfermedades como el sida, que hace pocos siglos hubiera casi extinguido a la Humanidad (hace seiscientos años la peste negra mató al 40% de la población europea). Somos capaces de controlar el medio ambiente. Y seremos capaces (¿acaso lo dudan?) de modificar los efectos negativos de la increíble conquista que ha supuesto poder mantener a seis mil millones de seres humanos viviendo sobre el planeta. Por favor, un poco de seriedad, nunca (y nunca significa en este caso ‘nunca’) el ser humano ha vivido tan seguro como lo hace hoy en una sociedad tipo occidental desarrollada.

Lo que sucede, y esto es cosa muy distinta, es que también ocurre que nunca la tasa de aversión subjetiva al riesgo ha sido tan alta como lo es la del habitante de nuestras sociedades. Pero no conviene confundir el sentimiento subjetivo de aversión al riesgo, con su consiguiente sensación subjetiva de inseguridad, con los parámetros objetivos de nuestra sociedad. Porque esa aversión y sensación obedecen a razones sociológicas que están conectadas probablemente con la influencia cada vez mayor de la conciencia de la muerte sobre una sociedad sicológicamente inhabilitada para aceptarla. La demanda de seguridad crece cuanto mayor es la seguridad real, igual que la demanda de salud crece cuanto mayor es ésta. En el fondo, nuestros ciudadanos reclaman hoy la seguridad absoluta de no morir, y como no se les atiende se sienten frustrados e inseguros.

Bueno, eso está muy bien, dirá el lector, pero lo cierto es que la ‘huelga’ de transportes nos ha puesto por unos días al borde del caos, con la gente acaparando víveres y gasolina en forma compulsiva ¿Qué dice de eso? Bueno, lo primero es no convertir en ‘caos’ y ‘catástrofe’ un dolor de cabeza. ¿Ha muerto alguien de hambre, se ha quedado alguien abandonado en la carretera al alcance de los lobos? No seamos ridículos con el uso de los términos, por favor.

Y lo segundo, en lugar de mesarnos los cabellos hablando de la fragilidad del sistema económico (con las consiguientes collejas a la despreciable doctrina liberal), prestemos atención a cuál ha sido exactamente el fallo que ha tenido lugar días pasados. Porque lo que falló fue uno de los pilares del sistema, que no tiene nada que ver con la economía: lo que falló fue la aplicación de la ley.

La ley suele considerarse como algo adjetivo, como una superestructura de nuestro sistema económico, pero resulta que la ley es el elemento estructural básico que permite la existencia y la subsistencia de nuestras sociedades. Hay un reciente libro del magnífico filósofo del Derecho que es Francisco Laporta que ha explorado y puesto de manifiesto cómo, precisamente, la ley no es en el fondo sino un mecanismo social de seguridad. La ley no es sino la creación institucional de haces de predicciones garantizadas, de forma que gracias a ella yo puedo estar razonablemente seguro de la conducta del otro, y el otro de la mía, y todos de la de todos. Al final, la ley nos permite existir libremente porque convierte nuestro entorno de riesgos interhumanos en algo predecible en términos paramétricos: podemos elaborar detalladas predicciones de lo que sucederá en el futuro porque la ley nos permite descontar con seguridad la conducta de los demás. La ley, y el sistema jurídico como subsistema especializado para su producción y mantenimiento, son los que permiten funcionar a nuestras sociedades. Donde no existe, tenemos a los piratas como en Somalia.

Pues bien, en España el Gobierno decidió que durante un par de días iba a dejar de aplicarse la ley, por lo menos en las carreteras. En su lugar, puso en práctica un ensayo de democracia deliberativa, en la que todos deliberaban sobre el problema. El resultado fue el caos inmediato, porque desgraciadamente cuando no hay ley cada uno delibera con el garrote que tiene más a mano. Y los ciudadanos, puestos ante la amenaza, reaccionaron con la predecible histeria. Si no tengo asegurada la leche y el pan de mañana, acaparo el de hoy. Es el efecto inevitable de poner a la ley en suspenso, que desaparece cualquier posibilidad de predecir el futuro y de comportarse como seres civilizados. Sin ley volvemos de inmediato al mundo prehobbesiano, en el que la existencia se convierte en un “juego de los prisioneros” generalizado en términos de la teoría de los juegos; es decir, que al no poder contar con la seguridad del comportamiento del otro que otorga la norma, todos acabamos adoptando líneas de conducta no cooperativas que producen resultados negativos subóptimos para todos.

Conclusión, que ni sociedad insegura y frágil (mal que les pese a tantos sociólogos), ni ciudadanos sometidos a riesgos terribles. Pero sí, como el mejor liberalismo ha dicho siempre, que sin ley no hay sociedad humana posible.