La soledad del farsante

EL último día del año siempre se me antoja el mejor momento para la reflexión. En la Tercera de ABC del pasado 31 de diciembre, me llamó la atención el acertado análisis que Antonio Garrigues Walker hacía sobre la mentira en la política. «Ya ha alcanzado la categoría de derecho irrenunciable y necesario para sobrevivir en la escena pública». Eso me llevó a pensar que hay personas que también necesitan mentir para sobrevivir en el ámbito privado, el de lo cotidiano e íntimo.

Recordé que hace un tiempo conocí a un hombre que me contó una terrible historia. Aunque no nos conocíamos quiso desahogarse conmigo y, con una cerveza en la mano, empezó a explicarme que durante dos años había estado viviendo dos vidas paralelas que él creía distintas. Pero no lo eran, ya que en ambas se daba un denominador común: la mentira. El engaño. La farsa, al fin y al cabo. Sólo de escuchar el intenso relato de cómo armaba una vida y otra para no ser descubierto, engarzándolas como si fueran eslabones de una misma cadena, me produjo un enorme desasosiego. Este sujeto me soltó, con ojos chisposos y lengua de trapo –después supe que debido a una adicción que lo empeoraba todo–, la narración de sus proezas para engañar a dos mujeres al mismo tiempo. Sorprendentemente, contaba su historia como el héroe que vuelve de una guerra, a pesar de que su engaño acababa de ser descubierto por la primera de ellas el día de Navidad. ¡Qué mala fecha!, pensé. Pero a él, en su delirante euforia, le daba igual. Me describió su vida ocupada en ir al gimnasio, hacer la siesta a diario y tomar el sol en verano en la piscina de las respectivas urbanizaciones de lujo que cada una de ellas pagaba ¡y que apenas distaban unos metros la una de la otra! ¿Trabajo? Lo justo.

Muchos meses después volvimos a encontrarnos. En esta ocasión vi a un hombre que era la viva imagen del hundimiento y la desesperación. Caminaba arrastrando los pies y encorvado por el peso de unos remordimientos que él jamás imaginó que podría tener, dada su poca costumbre de actuar guiándose por la conciencia, eso que a veces el ser humano echa de menos en su vida privada pero también en la pública. Acabamos de recordarlo con el caso del accidente del Yak-42 y del ministro de Defensa que tan pésimamente lo gestionó, Federico Trillo.

Aquel hombre, el farsante, ahora de mirada ausente tan distinta a la chispeante de entonces, fumaba compulsivamente. Cada cigarrillo en sus dedos era un trozo de vida que se le escapaba entre el dolor y la vergüenza… De las dos mujeres, la primera lo abandonó. Era la que tenía una vida más plena y no parecía depender de un hombre (y menos de uno como ese) para alcanzar la felicidad. La otra, en cambio, aun sabiendo que él no estaba enamorado de ella, sino de la que lo había abandonado, y tras escuchar las advertencias de esta acerca de que quien arma su vida en torno al engaño no cambia nunca, siguió a su lado al entender que no soportaría el horizonte de la soledad y que cabía el perdón y el olvido a pesar de todo. Sin embargo, no fue así; le pesaron las noches pensando en la vida paralela que ese hombre había tenido con otra mujer, y, como ya le advirtiera esta, terminó también dejándolo después de un tiempo añadido de sufrimiento. Ahora él se sentía acabado y se lamentaba de la ruina económica y del aislamiento que había cosechado. Pero sobre todo se lamentaba de la terrible soledad sobrevenida. Había engañado, no sólo a las dos mujeres, sino también a todos aquellos que le habían dado trabajo conmovidos por el reguero interminable de falsas desgracias que iba desgranando ante personas que, al contrario que él, sí tenían conciencia y se afanaban en ayudarle. Así fue perdiendo un puesto tras otro, poco a poco, como caen inexorables las gotas de agua de un grifo estropeado. Ni siquiera sus hijos querían verlo, renegaron de él hartos de tanta mentira.

Le rehuí, como supongo que acabaron haciendo todos a su alrededor. Porque la soledad es el destino final que les espera a los farsantes. Si nos atenemos a las teorías de san Agustín, la soledad significaría quedarse sin el sujeto al que mentir, lo cual supone la peor tragedia que les puede atenazar.

Impresionada por el caso, intenté recabar opiniones que me ayudaran a entender la finalidad del engaño. Para mi sorpresa, un elevado porcentaje de mujeres confesaban haber conocido a un farsante en un momento u otro de sus vidas. Hombres que empiezan engañándose a sí mismos, después a ellas y por último extienden la mentira a la esfera pública, lo que induce a preguntarse cómo serán las vidas privadas de los políticos que ejercen con soltura lo que Garrigues Walker calificaba de derecho a mentir. San Agustín plantea la duda de si uno mismo puede engañarse, partiendo del principio de que no hay mentira sin intención explícita o voluntad de engañar al otro. Estoy de acuerdo con esto último. El filósofo francés nacido en Argelia Jacques Derrida, considerado el artífice de la Escuela de la Deconstrucción (muy apropiado, por lo de la deconstrucción moral que supone la mentira), escribió nueve años antes de morir, en Historia de la mentira, que «mentir no es engañarse, sino querer engañar al otro». Creo, por el contrario, que sí podemos engañarnos a nosotros mismos y recrear de manera calculada unas circunstancias con las que embaucar al prójimo para salir a flote o vivir mejor.

No sé si tal vez sugestionada por esta historia, pero el caso es que juraría haber visto al hombre no hace mucho, acodado en la barra de un bar soportando el peso de su soledad bajo la nebulosa de humo de sus cigarrillos. Por si acaso, ¡ojo!, que este tipo sigue suelto. Y, por lo que parece, muchos como él, en la política y en la vida.

Mari Pau Domínguez, escritora y periodista.

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