La soledad habitada

«No, no… no te vayas, Martin. No te vayas.
Ahí fuera, en la noche oscura, vas a ponerte triste
y te sentirás solo. Yo lo sé.
He vagado por ahí así de solo. Es horrible,
es algo que te corroe por dentro»
(Sam Shepard, «Locos de amor»)

Cómo llenarte, soledad, sino contigo misma…», escribió el poeta Luis Cernuda, «a semejanza mía, a semejanza tuya, eterna soledad». En la era de las redes sociales y de lo que algunos consideran ya el poscapitalismo nos encontramos más solos que nunca. Inundados de eterna soledad que hace vivir a quienes la padecen en una perpetua noche oscura. Mientras escribo este artículo, más de cuatro millones y medio de españoles están sintiendo la corrosión interna de la que hablaba el cineasta y escritor Sam Shepard; la misma que causa estragos irreparables en la salud y eleva un veintiséis por ciento las probabilidades de mortalidad.

Los estudios realizados por los neurocientíficos estadounidenses Stephanie y John Cacioppo avalan la teoría de que sufrir ese sentimiento influye negativamente en la presión arterial, disminuye las defensas, eleva los niveles de la hormona que causa el estrés, afecta al sueño y produce depresión. Incluso puede provocar en el organismo el mismo daño que fumar quince cigarrillos diarios.

Cabe distinguir entre la soledad voluntaria y la impuesta, aquella a la que la vida obliga como un zarpazo del que es difícil escapar. Esta última es la que corroe el alma, y no la otra. El romanticismo, movimiento artístico del siglo XIX, defendía el individualismo y la soledad como el estado ideal del ser humano al permitirle una plena dedicación a las tribulaciones del alma. El hombre solitario era un hombre libre. Podemos encontrar, durante el largo camino de la Historia, a muchos intelectuales para los que la soledad ha sido una virtuosa fuente creativa. Ya Platón defendía la vida aislada porque permite pensar con intensidad, concentración y sin distracciones. Seguramente lo mismo que creían, y practicaban, por ejemplo, los solitarios Nietzsche, Kafka, Darwin o Schopenhauer.

Cierto es, por otro lado, que la necesaria dimensión espiritual del ser humano requiere de la soledad para poder desarrollarse. Pero lejos, muy lejos, de los asuntos del espíritu, de la religión o de las ideas de los románticos del XIX, nos encontramos con que en nuestros días la soledad está empezando a ser considerada como una epidemia. El Gobierno del Reino Unido acaba de crear un Ministerio de la Soledad para tratar y, en la medida de lo posible combatir, lo que ya es un problema que se extiende como una mancha de aceite en nuestro entorno. En el caso de los británicos afecta a nueve millones de personas. Aunque la idea no es de ahora. Estuvo trabajando en ella durante años la diputada laborista Jo Cox, asesinada en plena campaña del Brexit, en 2016.

¿Cómo imaginar que la soledad podría alcanzar, como ha ocurrido, la consideración de epidemia y se convertiría en un problema de Estado? El hecho de que entren en juego las administraciones públicas nos lleva a plantearnos en qué fallan las sociedades avanzadas y, sobre todo, qué podemos hacer cada uno de nosotros para paliar la soledad propia o ajena. Tal vez haya quien piense que allá cada cual como lo resuelva y que es muy difícil intervenir en lo individual. Valga, sin embargo, como reflexión si no se podía haber evitado que trece ancianos se vieran abandonados, a finales de enero, en un hospital de la isla canaria de La Palma tras haber sido atendidos en diversos servicios del centro. Los familiares adujeron falta de espacio o de recursos económicos. Es decir, razones plagadas de tristeza y quizás también de realidad. Como real habrá sido la entrega y cuidados que muchos de esos ancianos prodigaron, en su día, a sus pequeños hasta que se convirtieron en los adultos que ahora no se los llevan de vuelta a casa. Y aún hay más: en alguna ocasión han llegado a ser hasta veinte los mayores abandonados. ¿Somos capaces de imaginar la tristeza de esos ancianos cuyas marchitas manos sólo pueden atrapar la soledad en una fría cama de hospital? ¿Pasarán las horas muertas sin luchar ya por la vida? Posiblemente pocos de ellos se atrevan a desempolvar los recuerdos para evitar un dolor mayor.

Más de la mitad de las personas mayores de 75 años atendidas por organizaciones sociales como Cruz Roja, Médicos del Mundo, Fundación Desarrollo de España y el Teléfono de la Esperanza, viven solas; habitan en medio de un vacío cotidiano en el que reina el silencio. Un vacío invadido por la melancolía y el desconsuelo. Pero el sentimiento de soledad empieza a cundir entre los jóvenes de 18 a 24 años. Son los efectos de las redes sociales, que nos conectan con un mundo virtual, y, por tanto irreal; un mundo que nos ensordece con su sonoro silencio y nos aísla, convirtiéndonos en seres incapaces de percibir la muerte en el piso de al lado.

Un repaso a la sección de Sociedad en la prensa nos abofetea la conciencia. Encontramos demasiadas historias que parecen sacadas de una película de terror. En un barrio modesto de Madrid, los miembros de la comisión judicial que se disponía a desahuciar a un hombre de unos 55 años lo hallaron muerto, en un charco de terrible soledad. Durante cuatro años nadie había notado su falta, aun teniendo hijos.

Cinco fueron los años que llevaba muerta una mujer, en La Coruña, inquilina de un edificio de 130 vecinos. Los cristales sucios y el buzón reventado de cartas que nunca fueron leídas alertaron de su ausencia; cosas materiales y tangibles. Pero nadie que llorara su ausencia o que la echara en falta. Nadie llegó en su auxilio, aunque fuera tarde, porque en definitiva nadie llegó nunca.

La diferencia entre el ser y el estar nos determina. Gracias a los avances médicos y tecnológicos vivimos mejor, sí. Pero no seremos mejores si asumimos impasibles la invisibilidad de quienes se sienten eternamente solos.

Mari Pau Domínguez, escritora y periodista.

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