La soledad intervenida

Recientes teorías astrofíscas postulan la soledad de nuestro planeta como fuente de vida. No basta la adecuada distancia respecto a la estrella central. Es necesario estar en un lugar de la galaxia lo suficientemente apartado de las aniquiladoras explosiones de rayos gamma, que se multiplican en una gran parte del universo imposibilitando la aparición de seres celulares. Solo aquí estamos a salvo de esa lluvia, solo aquí calienta el sol sin hacer daño. Y toda esa orquesta de estampidos en el cosmos, en equilibrio delicado pero implacable, parece propiciar que continuemos, girando y girando, con nuestra propia melodía. El físico cuántico John Wheleer sostuvo que el universo debía producir seres conscientes para tornarse real. Somos un milagro y hacemos un milagro. Nuestra soledad es un privilegio.

El gobierno de Reino Unido acaba de crear un ministerio contra la soledad, a la que considera uno de los grandes males de nuestro tiempo junto a la indigencia y la enfermedad. Sostiene que la soledad mata tanto como el tabaco —aunque el tabaco alivie nocivamente a muchos fumadores solitarios—, y que el ejército de personas aisladas en la desgracia de la incomunicación cuesta al Estado una suma inadmisible en sanidad y en servicios sociales. Hay que ahorrarse la soledad. Y más si los médicos confirman que una persona sola reduce sus años de vida en un porcentaje considerable frente a las que viven en familia.

Depende de la familia, puede pensar uno, aunque el diagnóstico de la soledad contemporánea se explica también por la desaparición paulatina de lugares tradicionales de encuentro en estas ciudades nuestras entregadas a las franquicias. Tabernas, iglesias, clubes nocturnos, fiestas de guardar o de resguardarse, se están convirtiendo en espacios donde cada uno va a lo suyo o con los suyos y, cada vez más asfixiante, con esa maquinita en la mano que nos conecta con el mundo digital pero nos desconcentra de lo que tenemos más cerca.

La soledad parecería imposible para el homo tecno-mercator en el que nos hemos ido transformando, rehenes de nuestros teléfonos, a través de los cuales conversamos, nos informamos, nos despertamos, hacemos el amor a distancia y, sobre todo, la compra; con los cuales nos pueden seguir el rastro en casa o allá donde vayamos, seamos delincuentes o alpinistas, gregarios o eremitas. A través del móvil, podemos ser salvados, perseguidos, estafados, calumniados, ensalzados y deseados. Allá donde haya un repetidor de ondas, nuestra soledad podrá ser intervenida.

Día a día estamos delegando vertiginosamente nuestra intimidad a cambio del control que recibimos y ejercemos; nuestra independencia a cambio de la comodidad. Si la policía quiere, no hay rincones secretos con un móvil en el bolsillo, ni conversación que no pueda ser lanzada a las fieras. Hoy es casi imposible estar radicalmente solo. Sin embargo, así se sienten muchos en nuestras sociedades, tanto que la soledad se está convirtiendo en un asunto de Estado, como primero lo fue de la industria del ocio.

Aunque es fundamental seguir consolidando la solidaridad (y no el control) como principio prioritario de nuestra organización social, nuestra soledad será siempre un asunto intransferible. Lo que hagamos con ella resulta crucial para cada uno y para los demás. Crear, destruir, acaparar, compartir, comprender, ignorar, conectarse, desconectarse, salir de ella, permitir visitas; todo comienza en la soledad. Saber estar solos conlleva la libertad de saber ser y la responsabilidad de saber hacer. Saber habitar la soledad, la casa, y este planeta único y diferente en la inmensidad del Universo y que, sin embargo, nos empeñamos en destruir, con sus otros habitantes animales y vegetales. Entonces, una vez que consumamos la Tierra, la soledad ya no será solo nuestra: afectará a todos los mundos. Contra la soledad dijo Rimbaud: “Yo es otro”. Y Rilke: “El amor consiste en esto, que dos soledades se protejan, se acaricien y se acojan una a la otra”. Pero para ser otro, primero hay que saber ser uno mismo.

Ernesto Pérez Zúñiga, novelista y poeta, es autor de No cantaremos en tierra de extraños (Galaxia Gutenberg, 2016).

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