La solitaria prosperidad de Israel

Resulta difícil no asombrarse ante el contraste entre la energía de la economía y la sociedad civil –similares a las “asiáticas”- de Israel y el carácter puramente defensivo de su actitud ante el cambio político, tanto dentro como fuera del país. Una ley reciente prohíbe a los ciudadanos israelíes apoyar boicoteos occidentales encaminados a abandonar las políticas del país en materia de asentamientos y respaldar un Estado palestino independiente. Mientras que Israel nunca ha estado tan próspero, dinámico y seguro de sí mismo, tampoco ha estado nunca tan aislado internacionalmente.

Israel podría haber aprovechado la “primavera árabe” como una oportunidad y no haberla visto como un profundo riesgo. Si los ciudadanos árabes podían transformar su cultura de humillación en otra de esperanza, tal vez podrían haberse resignado a la existencia de Israel, pero los dirigentes israelíes reaccionaron de forma puramente negativa ante los levantamientos árabes. A su juicio, un ambiente regional complejo ha pasado a ser ahora más peligroso incluso, por lo que la prudencia resulta aún más urgente.

Para Israel, los déspotas del pasado inmediato, como el ex Presidente de Egipto, Hosni Mubarak, eran mucho más previsibles que las “masas árabes”. Si bien algunos de los manifestantes podían estar inspirados en ideales democráticos, no nos hagamos ilusiones, parecen estar diciendo los israelíes: las fuerzas islamistas resultarán ser los únicos triunfadores y son mucho más hostiles a Israel y a Occidente que sus predecesores.

Naturalmente, en vista de las matanzas por parte del régimen sirio de sus propios ciudadanos, algunos en Israel dicen que el sufrimiento de los habitantes de Gaza palidece en comparación, con lo que no les granjea tantos simpatizantes como en el año pasado, pero no por ello se debe olvidar el panorama diplomático general para Israel, que sigue siendo esencialmente negativo.

Uno de los resultados más irónicos de la configuración política en transformación de la región es el de que Israel advierte una convergencia estratégica con Arabia Saudí. Pese a las profundas diferencias de sus sistemas políticos, los dos son partidarios del status quo regional y comparten una sospecha obsesiva respecto del Irán.

Pero, ¿por qué no imaginar un nuevo triángulo estratégico que abarque a Israel, Arabia Saudí y Turquía, del mismo modo que los israelíes imaginaron un triángulo no árabe entre Israel, Turquía y el Irándel Sha? La consternada reacción de los turcos ante el brutal comportamiento del régimen sirio brinda una oportunidad que Israel debería aprovechar para intentar restablecer la privilegiada relación con el Gobierno de Recep Tayyip Erdoğan existente antes del bloqueo de Gaza, pero eso presupondría un pequeño gesto para con los palestinos, a los que los israelíes consideran tan profundamente divididos entre sí, que no parece posible avance alguno hacia un acuerdo de paz.

Los dirigentes de Israel parecen decididos a ganar tiempo tanto tácticamente, oponiendo resistencia a la suave presión del gobierno del Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, como estratégicamente, preparando al país para un mundo nuevo en el que potencias en ascenso como China desempeñan un papel cada vez más importante.

Sin embargo, será un mundo en el que Israel ya no podrá contar con los sentimientos de culpabilidad por el Holocausto para influir en las potencias más importantes, un mundo en el que las rivalidades monoteístas quedarán diluidas en un océano de credos politeístas y en el que Israel podrá depender sólo de sus méritos relativos ante los observadores cínicos y realistas que lo juzgarán exclusivamente conforme a sus propios intereses nacionales.

Israel puede ser “de Europa” y sus aliados principales pueden muy bien seguir siendo los Estados Unidos durante muchos años por venir, pero los dirigentes israelíes deben empezar a pensar en cómo puede prosperar su país en un mundo postoccidental. La más reciente “Conferencia de Presidentes”, celebrada en junio en Jerusalén con el patrocinio del Presidente de Israel, Shimon Peres, fue muy simbólica de esa evolución. En la sesión de apertura, el enviado especial de Obama, Denis Ross, fue acogido con un silencio ensordecedor cuando transmitió a los participantes los buenos deseos de su jefe. En cambio, el ministo de Cultura de China recibió una acogida muy calurosa cuando habló, en un sentido muy propio de su país, de la necesidad cada vez mayor de “armonía” mundial.

Según algunos pensadores estratégicos israelíes, Israel debe resistir firmemente durante dos o tres generaciones más para llegar a ser una realidad irreversible en la región y un legítimo “hecho consumado”  del sistema internacional. En ese momento, ¿quién querría boicotear a un país cuya proezas tecnológicas sean necesarias en todo el mundo?

En ese marco, la idea de un acuerdo de paz con los palestinos parece más abstracta que nunca. De hecho, hace que el status quo actual parezca cómodo. La distancia que separa actualmente a los ricos de los pobres en Israel puede recordar al Brasil, pero, ¿quién recuerda los ideales socialdemócratas de los primeros sionistas?

La prosperidad del país resulta sencillamente abrumadora. De Tel Aviv a Jerusalén, se están multiplicando los edificios de pisos lujosos. ¿Estamos en Singapur, Hong Kong o São Paulo? ¿Por qué poner en entredicho las certidumbres del presente con las incertidumbres del futuro?

Además, Israel no sólo ha llegado a ser mucho más próspero; también se ha inclinado decididamente hacia la derecha. La segunda Intifada puede muy bien haber resultado fatal para la izquierda israelí. El capitalismo triunfante, la idolatría de la tierra y las comodidades del status quo producen un cóctel que se sube a la cabeza, pero, embriagados con los beneficios de la mundialización y mientras esperan con una mezcla de entusiasmo y aprensión la llegada de un nuevo orden mundial postoccidental, los israelíes están bailando en el borde de un volcán.

Dominique Moisi, autor de The Geopolitics of Emotion (“La geopolítica de la emoción”). Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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