La sorprendente resistencia de la Nueva Europa

Hace dos años, cinco de los diez nuevos miembros de Europa del Este de la Unión Europea – los tres países bálticos, Hungría y Rumania – parecían devastados por la crisis financiera mundial. Se cernían sobre ellos el descontento social, enormes devaluaciones y protestas populistas.

Y luego, nada. Hoy en día, todos estos países están volviendo a la salud financiera y al crecimiento económico sin perturbaciones significativas. Ningún país ha ni siquiera cambiado su régimen de tipo de cambio. La Vieja Europa debería aprender del poco publicitado éxito de la nueva Nueva Europa.

La causa de la crisis financiera de Europa del Este fue  un ciclo estándar de auge y caída del crédito. Los países del Este atrajeron grandes flujos internacionales de capital, debido a la laxa política monetaria mundial y las fáciles condiciones comerciales. Terminó habiendo un exceso de préstamos bancarios a corto plazo, que se utilizaron para financiar un derroche de inversión inmobiliaria y consumo, al tiempo que se afianzaba la inflación.

Por otra parte, se acumularon los déficit de cuenta corriente, generando una importante deuda externa del sector privado, mientras las finanzas públicas se encontraban en buen estado de todos estos países, excepto en la Hungría gobernada por los socialistas. Esta crisis de éxito y sobrecalentamiento recordaba la del Este de Asia en 1997-1998.

Las naciones del Este de Asia, así como Rusia en 1998 y Argentina en 2001, salieron de sus crisis a través de la devaluación. Un coro de prominentes economistas norteamericanos, como Paul Krugman, Kenneth Rogoff y Nouriel Roubini, afirmaron que Letonia, Estonia y Lituania también tenían que devaluar. Ninguno lo hizo y, sin embargo, pudieron salir de la crisis.

Los Estados bálticos tenían muchas razones para no devaluar. Su objetivo es adoptar el euro tan pronto como sea posible, algo que una devaluación habría complicado. Puesto que sus economías pequeñas y abiertas ya estaban muy “euroizadas”, la expresión de mayores precios externos en inflación habría sido enorme después de cualquier devaluación, que también habría roto sus sistemas bancarios, que todos los demás aspectos se encontraban en condiciones razonablemente sanas.

En lugar de ello, los tres gobiernos bálticos optaron por una “devaluación interna”, reduciendo los salarios y costes del sector público. En 2009, los tres países redujeron el gasto público en un 8-10% del PIB, lo que – notablemente – fue políticamente más fácil que aplicar recortes marginales. Cuando los cortes son grandes, la gente se da cuenta de la gravedad de la crisis, y lo políticamente imposible se vuelve necesario. Por lo general, los recortes pequeños se suelen aplicar de manera uniforme, lo que afecta a todos los servicios públicos, mientras que los cortes profundos tienen que ser selectivos y estructurales. Por lo tanto, pueden mejorar la eficiencia económica.

Todos los países en crisis aplican recortes a su administración y salarios públicos. Letonia recortó los salarios estatales en un 35% y el número de organismos públicos a la mitad. También cerró la mitad de su excesivo número de hospitales y despidió a los maestros superfluos, de los cuales había uno por cada seis niños antes de la crisis.

Estonia, Lituania, Hungría, Rumania y Bulgaria han realizado reformas similares, aunque no tan radicales. (Lituania, por ejemplo, llevó a cabo una reforma de la educación superior para mejorar la eficiencia y la calidad). Y, aunque los ingresos del Estado han caído por la recesión, obligando a algunos países a aumentar los impuestos de valor añadido, ninguno ha aumentado los impuestos sobre la renta, y ninguno de los siete países que habían establecido un impuesto uniforme sobre la renta lo ha abandonado. Como resultado, estos países salen de la crisis más productivos.

Contrariamente a lo esperado -y a las experiencias griega y francesa- el malestar social ha sido mínimo. No se han beneficiado los extremistas de derecha ni izquierda. En las elecciones al Parlamento Europeo celebradas en junio de 2009, los partidos de centro-derecha obtuvieron la mayoría en los diez países europeos del este de la UE , y los partidos de centro-derecha ahora gobiernan en nueve de ellos, con la única excepción de Eslovenia.

La derecha liberal nunca ha sido más fuerte en Europa del Este. Los comunistas casi han desaparecido y los socialistas se han visto gravemente debilitados. La extrema derecha ha perdido apoyo en todas partes, excepto Hungría.

Este año, los partidos de la centro-derecha responsable han logrado tres victorias sorpresivas, en la República Checa, Eslovaquia y Letonia. El nuevo ministro de exteriores checo, Karel Schwarzenberg, declaró: “Ganamos por decir la verdad. El populismo ya no es popular. ”

Lo más destacable fue la victoria del primer ministro de Letonia, Valdis Dombrovskis, el 2 de octubre. Su coalición aumentó sus escaños parlamentarios del 45% al 63%, aunque el PIB cayó el año pasado por un abrumador 18%. Dombrovskis culpó a sus irresponsables predecesores y los votantes lo vieron claramente como el solucionador de problemas de mayor credibilidad.

Tres países de la región – Hungría, Letonia y Rumania – necesitaron programas de emergencia del Fondo Monetario Internacional. El FMI había aprendido de la experiencia del Este de Asia, por lo que puso menos condiciones y ofreció más financiación del presupuesto, porque los problemas eran temporales y no estructurales. La UE también dio financiación, mientras que el Banco Central Europeo, que podría haber dado créditos de permutas o “swap”, no desempeñó ningún papel de utilidad.

Como resultado de su exitosa salida de la crisis, los miembros de Europa del Este de la UE lucen mejor fiscal y estructuralmente que los miembros de la eurozona tradicionales. De los 12 miembros que pertenecían a la eurozona en 2001, sólo dos (Finlandia y Luxemburgo) tienen una deuda pública inferior al 60% del PIB, en comparación nueve de los diez nuevos miembros del este. Sólo Hungría tiene una gran deuda pública. Los europeos del este padecían una elevada deuda del sector privado, que en gran medida evitaron transformar en deuda pública.

Todo esto, junto con una mejoría posterior a la crisis en las instituciones de la UE (por ejemplo, los reguladores financieros) contribuye a una mayor convergencia europea. Si bien las economías de Europa del Este parecen más saludables que los países de la eurozona, no están abandonando el proyecto de la UE. Por el contrario, este año Estonia calificó para entrar en la zona del euro en enero de 2011.

Por Anders Åslund, investigador senior del Instituto Peterson de Economía Internacional y autor de The Last Shall Be the First: The East European Financial Crisis, 2008-10. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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