La Sudáfrica de Mandela

Nelson Mandela era un nombre muy conocido en todo el mundo. Casi nadie ignora que se trata de una persona que estuvo en prisión 27 años, que fue un resistente comprometido con el ideal de sacar a su pueblo de la política del apartheid a que le tenía sometido la minoría gobernante blanca, y que su personalidad fue capaz de allanar el difícil camino hacia una Sudáfrica en la que el gobierno se eligiera con el voto de todos los sudafricanos. A ello llegaría tras mucho sufrimiento pero altas dosis de optimismo, creencia en la posibilidad de su tarea e incansable actitud de diálogo.

Desde el momento en que el Gobierno del Partido Nacional, con Botha como presidente, decide entablar conversaciones con el prisionero Mandela por considerarle el representante del Congreso Nacional Africano con mayor carisma y capacidad de diálogo, la labor de Mandela será larga, de 1985 a 1994.

Para facilitar dichas conversaciones, el Gobierno le traslada a la prisión Victor Verster. Allí, recluido en solitario, no podrá contrastar sus decisiones con otros miembros del CNA, el cual quedará así al margen de sus propios errores. Mandela se arriesga a mucho tomando esta decisión. ¿Quién es él, que lleva tanto tiempo en prisión separado de la realidad, para tomar decisiones que afectarán a millones de personas? Su determinación se impone y se arriesga. Cree que ante negociaciones tan difíciles no es posible estar consensuando a tantas bandas, hay que ir tomando decisiones según la marcha de las mismas y poder ir exigiendo y renunciando a cosas, dejando claro delante del interlocutor que tiene autoridad y poder para hacerlo. De hecho, cuando todo acabe, se le exigirán por parte del CNA explicaciones. Pero será a quien ya ha triunfado.

Cuando Mandela inicia estas conversaciones, ahora con De Klerk como contrincante, la prensa internacional está expectante, los países del primer mundo imponen sanciones a Sudáfrica para obligarla a iniciar una nueva etapa democrática y Mandela juega con estas bazas porque se sabe capaz de concitar el apoyo del exterior y el seguimiento de sus gentes dentro del país.

Es imprescindible dejar claro al gobierno que la violencia que achaca a los negros se debe a la propia violencia gubernamental para con ellos y que, tras las venideras elecciones libres, en las que inevitablemente ganarían los negros, los blancos sudafricanos no sufrirían represalias, pues la Constitución del CNA aseguraba que “Sudáfrica pertenece a todos aquellos que viven en ella, negros y blancos”, que “un sistema opresor no puede ser reformado, debe ser abandonado”.

El 2 de febrero de 1990 se inicia el desmantelamiento del apartheid, el presidente anuncia la legalización del CNA y de otros partidos así como la liberación de los presos, la abolición de la pena capital, la desaparición del estado de excepción y del ejército en los suburbios. El 11 de febrero Mandela es puesto en libertad. Desde el lugar elegido para dirigirse a la multitud transmite un mensaje esencial: que en las conversaciones que ha mantenido no ha hipotecado su futuro, que este deberán hacerlo entre todos, que espera que acabe la lucha armada, que De Klerk es un hombre “íntegro”, y que él seguirá luchando a su lado hasta llegar a tener la Sudáfrica democrática que todos desean.

Transformar a las personas que han sufrido el apartheid, empezar a restañar las heridas del corazón de quienes lo han sufrido, puede llevar generaciones. Mandela alberga su esperanza en ello y eso le da una autoridad ante el pueblo sudafricano que ningún otro líder tiene. Puede mandarlos luego a sus casas en la convicción de que lo harán, pero los días siguientes no estará a su lado para recordarles lo que deben hacer y el odio en sus entrañas es demasiado fuerte como para que no se cometan abusos. La violencia desde las dos partes en lucha y el miedo y el odio están presentes continuamente. De Klerk no quiere seguir adelante. Mandela declara que se suspenden las negociaciones con el Gobierno y que, para no usar la violencia, se hace necesario iniciar una campaña de desafío en todo el país, que él mismo encabezará. El 26 de septiembre De Klerk y Mandela firman un compromiso: el Gobierno acepta que una asamblea constituyente redacte una Constitución y desempeñe el poder legislativo durante la transición.

Una vez que el Gobierno ha dado este paso, muchos países quieren abrir la mano y terminar con las sanciones contra Sudáfrica. Mandela viaja, se mueve y explica por todas partes que no se haga tal cosa, pues mientras no se llegue realmente a unas elecciones generales el proceso no se puede dar por terminado.

El 3 de junio de 1993 se fija la fecha para unas elecciones generales: el 27 de abril de 1994. Todos los adultos tendrán derecho a voto. También en ese año se les concede a Mandela y a De Klerk el premio Nobel de la Paz.

El 27 de abril de 1994 el CNA gana las elecciones con un 62,6% de los votos. El 10 de mayo toman posesión los vicepresidentes Thabo Mbeki y De Klerk y Mandela como presidente (tiene 74 años). Sudáfrica inicia así un camino con muchas posibilidades, cambios y decepciones. Sin Mandela la historia de Sudáfrica habría sido otra. Sin un hombre con su carisma y autoridad dentro y fuera de su país, no habría sido posible lo que se logró. Si él no hubiera asumido el protagonismo en las conversaciones con los gobiernos de Botha y De Klerk, el camino hacia unas elecciones habría sido mucho mayor y muchos más los sufrimientos.

En junio de 1999 dejó su cargo y se retiró a Qunu, su pueblo natal. Desde allí siguió influyendo como persona ética. Sus sucesores no tienen ni su nivel de exigencias ni su pensamiento político y hoy Sudáfrica sigue sufriendo, ya no hay apartheid pero es un país rico con muchísima pobreza.

Julia Pérez, licenciada en Historia, autora del libro ‘Nelson Mandela’ (Fund. Mounier, Madrid, 2012).

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