La suerte de tener un Rey

Sin duda, mis amigos franceses se reirán de mí, pero, sinceramente, envidio a los españoles por tener un rey. Sobre todo a este, Felipe. En las repúblicas, el presidente es demasiado débil para que se le escuche –es el caso de Alemania o de Italia– o demasiado poderoso para que se le considere imparcial, como ocurre en Francia o Estados Unidos. La soberana británica es solo representativa, y no dice nada, igual que ocurre en Holanda o en Suecia, mientras que el Rey de España se expresa con más libertad y solamente en circunstancias excepcionales. Del reinado de Juan Carlos la historia recordará que, en 1975, apadrinó la transición de la dictadura franquista a la democracia parlamentaria, lo que no fue tan fácil, y que, en 1981, evitó un intento de golpe de Estado, lo que no es poca cosa y en sí justifica en gran medida un reinado. Felipe VI, el Rey actual, ya ha legitimado su papel encarnando la unidad de la nación contra el terrorismo, al desfilar en Barcelona entre la multitud. Lo ha legitimado por segunda vez recordando en su discurso de Navidad que España es un país gobernado por una Constitución, sometido a las leyes y no a los hombres. Y ha vuelto a legitimarlo al recordar solemnemente a todos los españoles, catalanes y vascos incluidos, que no hay nada más detestable que la violencia para gestionar disputas políticas.

La suerte de tener un ReyLas palabras del Rey tienen mucho más peso que las declaraciones de un político que ya de entrada, con o sin razón, es sospechoso de perseguir sus intereses personales o de servir a un clan contra otro. Sospechar que el Monarca sirve a su propio interés sería tan estúpido como reprochar al Papa el ser católico. De hecho, el único reproche que se oye contra las monarquías es que son caras. ¿A cuánto le sale el Rey de España al año a cada contribuyente? Lo ignoro: se habla de 25 millones anuales de coste real, pero me gustaría disponer de una cifra exacta, yates incluidos. Es cuatro veces menos que el presidente de Francia. Imaginemos, solo por el gusto de razonar, que el coste anual sea de un euro por ciudadano, aunque probablemente sea menos. Convendría después poner esa cifra en relación con el servicio prestado. ¿Cuál habría sido el precio de un golpe de Estado militar si, a pesar de Juan Carlos, hubiera tenido éxito? ¿Cuánto costaría hoy la secesión de Cataluña, la violencia que provocaría, el éxodo de población, la catástrofe económica para los propios catalanes, si el Rey no se hubiera erigido en garante de la unidad nacional? Estos cálculos son difíciles, pero no están fuera de nuestro alcance: intuitivamente, incluso sin cifras exactas, la monarquía me parece claramente una buena inversión, un buen negocio para todos los españoles.

Otra objeción que se ha oído, sobre todo contra el Rey Juan Carlos al final de su reinado, más que contra Felipe VI, es que, de tener un Rey, debería ser uno bueno, pero los españoles no pueden elegirlo. Bien, eso supondría que una asamblea, democrática o no, como en el antiguo Sacro Imperio Germánico o en la Polonia de antaño, elegiría mejor; pero no es lo que enseña la historia. En cuanto al modelo romano, donde después de que los candidatos se hubieran matado unos a otros, el superviviente era proclamado emperador, no es el mejor. Sin duda, el azar del nacimiento es preferible como modelo de selección del soberano que el azar de las elecciones o el de la guerra civil. ¿Pero qué hacer si el rey o la reina, al final de este juego de azar biológico resultan ser inadecuados para cumplir su función? El caso es extremadamente raro, porque dotados o no, a los soberanos constitucionales se les entrena durante toda su vida para este difícil trabajo y para ejercerlo luego en el marco estricto de la ley y, ahora, bajo el control permanente de los medios de comunicación. Por último, ya no es necesario, como antaño (con la excepción destacada de Carlos V), esperar a que el Rey muera, ya que como muestra el ejemplo del Papa Benedicto XVI, del Rey Juan Carlos y del emperador de Japón, la edad avanzada es una razón aceptable para ceder el puesto al sucesor.

Pero la monarquía no se inventa, ni se restaura. Los intentos recientes de restituir a un monarca destituido en Afganistán y en Bulgaria han fracasado. En Francia, a principios de la década de 1970, el general De Gaulle trató de restaurar la monarquía, pero en el país de la revolución permanente era difícil que esto se aceptara y el presunto heredero era realmente demasiado estúpido. En Francia, por lo tanto, tenemos un rey electo que se llama presidente de la República; una mescolanza extravagante, una monarquía republicana cuyos resultados son discutibles. «La política», me decía Jacques Chirac cuando era presidente, «consiste en hacer algo con lo que se tiene». Él se aplicó a sí mismo esta sabiduría popular; y vale también para España, que no es ni de lejos el país más desgraciado del mundo ni el peor gestionado.

Guy Sorman

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *