La supervivencia del castrismo, en manos de la juventud

Por Richard Gott, periodista y autor de Cuba: una nueva historia (EL MUNDO, 21/04/06):

En una gasolinera de las afueras de la ciudad provinciana de Cienfuegos, en Cuba, media docena de muchachas se recuesta lánguidamente en los surtidores y parece despertar cuando se acerca un coche o un camión. Las adolescentes manejan los surtidores con eficacia, tramitan el pago e introducen los datos de la transacción en un extenso formulario oficial. Van primorosamente uniformadas, con unos vaqueros y unas camisetas que llevan escrita a la espalda una leyenda que proclama su identidad de «trabajadores sociales».Forman el ejército guerrillero que acaba de poner en pie Fidel Castro, desplegado para luchar contra la corrupción, el castigo al que han sido siempre particularmente vulnerables las economías de planificación estatal. Son también la vanguardia de la generación de la que va a depender el futuro de la revolución cubana.

En otras visitas anteriores a Cuba yo ya había reparado en el problema de la gasolina; es más, me había involucrado directamente en él. En un viaje en coche por el interior siempre podías encontrarte un cómplice voluntarioso dispuesto a encaminarte hacia un depósito en el jardín trasero de una casa cualquiera en la que se vendía gasolina a precio ventajoso, o simplemente sin restricciones.Lo distraían de las reservas del Estado. Aparentemente, esta práctica no causaba un perjuicio excesivo. No obstante, había empezado a abrir un agujero enorme en la economía. Castro se había quejado de que «se robaba tanta gasolina como la que se compraba», así que su Gobierno decidió intervenir el año pasado con una solución novedosa. Unos 10.000 militantes jóvenes, más de la mitad de ellos muchachas, se han hecho cargo del control de las gasolineras a la vez que se ha mandado a su casa a los gasolineros de oficio con la paga íntegra.

La tarea de los trabajadores sociales no se reduce a las gasolineras.También van de casa en casa para repartir bombillas de bajo consumo, para comprobar que todo el mundo tiene su nueva olla eléctrica a presión de fabricación china y para instar el cambio de los viejos frigoríficos de la década de los 50, que consumen una enormidad, por otros más eficaces desde el punto de vista energético.Otros trabajadores sociales van a ponerse a revisar las prácticas financieras de las panaderías y del sector de la construcción.

Alrededor de 30.000 de estos jóvenes revolucionarios, de edades entre los 16 y los 22 años, han sido desplegados por todo el país. Identificados hace algunos años como una clase potencialmente contrarrevolucionaria, ahora resulta que han recibido formación en contabilidad y que contribuyen a mantener viva la mística de la revolución.

Una de las características de la revolución que más llamaba la atención era su capacidad para reinventarse a sí misma. Castro fue en un principio un guerrillero revolucionario con un programa utópico de creación de una sociedad nueva; más tarde, en los años 70, se convirtió en un subalterno de los soviéticos con un proyecto comunista de corte tradicional; posteriormente, en los 90, tras el hundimiento de la Unión Soviética, no pasó de ser un superviviente en situación precaria, sin reparar en los costes ideológicos. Por último, ahora, en pleno siglo XXI, con una economía que se va recuperando después de muchos años desastrosos, todavía se define como socialista, pero también como un campeón del ecologismo absolutamente al día. Los esfuerzos por poner freno a la corrupción, por ahorrar energía y por fomentar la agricultura orgánica han insuflado el ardor revolucionario en las entrañas de una generación más joven que no recuerda los días felices de la época de la ayuda soviética y no digamos ya la excitación revolucionaria de hace medio siglo.

Con sus 80 años, Castro tiene la misma edad que la reina de Inglaterra.Ha sido el dueño y señor de Cuba durante casi tanto tiempo -como la reina en Inglaterra- y, aparentemente, sigue todavía tan activo como siempre. En noviembre pasado pronunció un discurso de cinco horas en la Universidad y luego estuvo hablando con los estudiantes hasta el amanecer. Sin embargo, no tiene buen aspecto. Personas próximas a él afirman que en ocasiones encuentra dificultades para mantener una conversación. Sus discursos, inteligentes pero a veces farragosos, suelen ser cuidadosamente editados antes de aparecer publicados. Yo creía que iba a continuar durante otra década, pero ahora tengo la impresión de que quizás no dure mucho más allá de la conmemoración del medio siglo de la revolución, en 2009.

Es muy posible que Castro sea de la misma opinión. En su charla a los estudiantes universitarios tocó el problema de qué es lo que podría ocurrir a su muerte y formuló una serie de preguntas retóricas: «¿Qué hacer cuando los veteranos empiezan a desaparecer para hacer hueco a una nueva generación de dirigentes? ¿Cabe la posibilidad de que el proceso revolucionario se haga irreversible?».El mismo se encargó de advertir de que, aunque era difícil imaginar que pueda acabarse con la revolución desde el exterior, en cambio sí sería posible que el país se destruyera a sí mismo. Sostuvo que dependería de las nuevas generaciones esforzarse para que no ocurra eso, reconociendo incluso que no todo había salido a la perfección bajo su mandato. «Al final, nos hemos encontrado con muchos errores de los que simplemente no nos dimos cuenta en su momento», dijo.

Uno de esos errores fue la incapacidad para darse cuenta de que la producción de azúcar se había convertido en una actividad antieconómica hasta unos extremos clamorosos. «El país tenía muchos economistas -explicó-, y no es mi intención criticarlos, pero me gustaría preguntar por qué no nos dimos cuenta antes de que era imposible mantener nuestros niveles de producción de azúcar. La Unión Soviética se había hundido, el petróleo estaba costando 40 dólares por barril, los precios del azúcar habían caído a unos niveles por los suelos. Entonces, ¿por qué no racionalizamos la industria azucarera?”, en lugar de continuar sembrando miles y miles de hectáreas cada año.

«Ninguno de nuestros economistas -continuó Castro- parecía haberse dado cuenta de nada de esto y prácticamente tuvimos que ordenarles que dejaran de seguir por esa vía». En realidad, eran muchos los economistas que sabían lo que estaba ocurriendo. Lo que no había era una prensa libre en la que pudieran exponer sus argumentos acerca de lo que sabían. Aunque las discusiones en privado suelen basarse en informaciones veraces y resultan a veces explosivas, prácticamente brilla por su ausencia el debate público sobre las estrategias económicas.

Cuba, que tiempo atrás llegó a producir ocho millones de toneladas de azúcar al año, en la actualidad ha abandonado prácticamente el negocio del azúcar, echando el cierre a 300 años de historia.Ahora apenas se produce un millón de toneladas, lo suficiente para el consumo interno. Los ingresos proceden en estos momentos del turismo, de la venta de níquel y de la exportación de médicos y de monitores deportivos a Venezuela. Este último plan, combinado con la producción propia del 50% de su demanda de petróleo, ha insuflado oxígeno en la economía por primera vez desde el hundimiento de la Unión Soviética hace 15 años. Aunque las zonas urbanas siguen encontrándose en un estado lamentable de reparación, a los mercados privados llegan grandes cantidades de alimentos (aunque no baratos). La población se queja menos de lo que se quejaba hace un par de años, aunque las deficiencias en los transportes continúan siendo un problema de primer orden.

Las muchachas de las gasolineras forman parte de un proyecto ideado para poner coto a la falta de compromiso de los jóvenes con la revolución. Castro se esfuerza en la actualidad por atajar las desigualdades de ingresos, que no dejan de aumentar y que han sido una de las características de la pasada década. Ha criticado a los nuevos ricos que, gracias a los dólares obtenidos de sus parientes en Miami o de su trabajo en el sector turístico, pueden obtener unos ingresos de 20 a 30 veces superiores a los de un médico o un maestro. No es que Castro esté evolucionando hacia una economía de mercado, pero sí hacia una sociedad que se ha vuelto más consciente del valor de lo que consume. Si bien la Sanidad y la Educación van a seguir siendo gratuitas, se van reducir las subvenciones a la electricidad y a la vivienda y por fin se va a ir eliminando progresivamente el racionamiento de alimentos.

Se trata de cambios sustanciales, aunque se han subido los salarios y las pensiones para amortiguar el golpe. Forman parte del deseo de Castro de salvaguardar su herencia revolucionaria. «¿Están las revoluciones condenadas al fracaso?», preguntó él mismo el año pasado a los estudiantes. «¿Está una sociedad en condiciones de impedir que se extingan las revoluciones?», prosiguió.

Nadie conoce la respuesta definitiva, aunque parece que Castro tiene asegurado su propio lugar en la Historia. A veces parece como si los europeos tuvieran la sensación de que Castro ha sobrepasado con creces su fecha de caducidad, que es un dinosaurio de la hace tiempo desaparecida era comunista. Sin embargo, dada la actual tendencia izquierdista de Latinoamérica, Cuba se ha reenganchado al continente y disfruta de unas relaciones diplomáticas y comerciales inimaginables durante los 50 años anteriores. El propio Castro está considerado por los latinoamericanos uno de sus personajes cimeros más populares y respetados, reconocido por las nuevas generaciones como una de las más grandes figuras del siglo XX.