La supuesta debilidad de Europa

En el 2009 Barack Obama fue nombrado presidente de Estados Unidos poco después de que el conservador Netanyahu ganara las elecciones en Israel. Y gracias a Obama el sector pacifista israelí volvió a ser optimista. Nos alegramos porque un verdadero demócrata fuera quien pretendiera hacer reformas en la sanidad y la economía estadounidenses, porque recordábamos que en su época de senador fue el único que votó en contra de la invasión a Iraq, pero también porque creíamos que intentaría reconciliarse con el mundo árabe y, con ello, impulsaría el proceso de paz entre israelíes y palestinos. El principio de su mandato fue prometedor, tanto en la política doméstica como en la internacional, como evidencian su discurso al mundo árabe en la universidad de El Cairo, su presión a Israel para detener la construcción de asentamientos y su defensa de las fronteras de 1967 como las del futuro Estado palestino.

Pero poco a poco vino la decepción. Y ahora, ante el empuje de la derecha radical y religiosa, parece que Obama ha renunciado a luchar por alcanzar un acuerdo de paz entre Israel y los palestinos. No ha logrado que Netanyahu detenga la construcción de colonias y tampoco ha logrado impedir que los palestinos presentasen ante la ONU su petición de ser reconocidos como Estado y así evitar el veto norteamericano en el Consejo de Seguridad. Ello hace pensar que la esperanza puesta en Obama quizá fue excesiva. Obama parece ahora más un trabajador social paciente y con buenas intenciones, que piensa que con un discurso razonable convencerá a unos enfermos difíciles de que tomen medidas eficaces, en lugar de actuar como un líder con autoridad y capaz de amenazarlos con sanciones.

Su último discurso en la Asamblea General de la ONU refleja una vuelta a una retórica proisraelí exagerada, pero sobre todo una impotencia para resolver el problema israelo-palestino. Esta sensación se suma a la cadena de decepciones que el sector pacifista de Israel lleva viviendo ante la incapacidad de EE.UU. para imponer una solución justa a este conflicto.

Por otro lado, cuando hablo con europeos, sobre todo si son periodistas o intelectuales, y les pregunto por qué Europa es tan reticente a tomar el relevo a Estados Unidos para implicarse en el problema entre israelíes y palestinos, lo que suelo oír es un discurso derrotista que habla de una Europa débil, dividida e incapaz de emprender una misión así. Y entonces empiezan a hablar de la penosa situación económica, de la tensiones internas que impedirían una acción común, etcétera.

Pero viendo la historia europea en el siglo pasado, permítanme que no comparta esas visiones lastimeras en torno a Europa, en especial al hablar de los cuatro países más ricos: Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia. Nunca Europa ha sido tan próspera y pacífica, nunca ha estado tan cohesionada desde el punto de vista político e ideológico. No está amenazada ni militar ni políticamente por ninguna fuerza externa. Tiene una población mucho mayor que la de EE.UU. y su nivel de vida, como media y sobre todo la de Europa occidental, es más alto que el norteamericano. Por tanto, Europa puede y debe asumir la misión de llevar la paz a Oriente Medio, con el que tiene fuertes lazos como consecuencia de su época colonial.

Pero parece que hay algunos obstáculos: al Reino Unido le cuesta arrebatarle el timón a EE.UU. en este tema por el pacto que los une. Pero el mandato británico sobre Palestina durante treinta años en la primera mitad del siglo XX le hace en parte responsable de lo que ahora ocurre allí. Alemania aún se siente culpable ante los judíos y quizá por eso teme dar un paso político que se pueda interpretar como hostil hacia Israel. El Gobierno italiano actual apoya al Gobierno conservador israelí. Y Francia tal vez tenga miedo de volver a la época de las malas relaciones con Israel a raíz de la guerra de los Seis Días.

Creo que todas estas posibles razones no contrarrestan la responsabilidad de Europa por la búsqueda de la paz en la región, y mucho más ahora ante el fracaso de Estados Unidos como mediador eficaz. Lo que hace falta es que en los territorios palestinos se establezca un ejército europeo de pacificación que asegure el desarme de Palestina de armamento de ataque y que impida la entrada de fuerzas armadas procedentes de oriente que pudieran poner en peligro al Estado de Israel. Y, sobre todo, que se instale un mecanismo electrónico en lugares estratégicos para evitar el lanzamiento de misiles hacia poblaciones israelíes. Este ejército europeo también garantizaría la seguridad de los colonos judíos que prefirieran adoptar la ciudadanía palestina con el fin de permanecer en sus asentamientos, ubicados en territorio palestino. Estas misiones no supondrían para ese ejército europeo involucrarse en ningún enfrentamiento armado sino servir de observadores que gozarían de la confianza de ambos lados.

La implicación de Europa en este conflicto no supone recriminar a Estados Unidos, sino una forma de ayudar a los sectores democráticos a sacar de su estancamiento el proceso de paz. Quizás una Europa unida, decidida y generosa, que actúe de verdad para llevar la paz a Oriente Medio sirva también para que salga de esa depresión complaciente en que la dice estar pero que, en mi opinión, no se corresponde con la realidad.

Abraham B. Yehoshua, escritor israelí, impulsor del movimiento Paz Ahora. Traducción: Sonia de Pedro.

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