La tauromaquia como arte

Presentando a a su amigo Ignacio Sánchez Mejías en la Universidad de Columbia, en Nueva York, en 1929, afirmó García Lorca: «La única cosa seria que queda en el mundo es el toreo, único espectáculo vivo del mundo antiguo, en donde se encuentran todas las esencias clásicas de los pueblos más artistas del mundo».

Muchos grandes artistas han proclamado su fascinación por las corridas de toros: es un hecho indiscutible. Quizá –argüirán algunos– se equivocan, carecen de sensibilidad… En realidad, hay que afirmar que la Tauromaquia es, en sí misma, un arte.

No se trata de la ponderación de un apasionado; la Fiesta de los toros cumple todas las condiciones con las que la estética clásica define una actividad artística.

Recordemos lo que afirma Santo Tomás de Aquino (y resume con sencillez Jacques Maritain). El arte no pertenece a la esfera del intelecto teórico (el conocimiento) ni a lo que hace el ser humano (la moral); el arte es una virtud del intelecto práctico, dedicado a las obras que se producen. Dentro de eso, hay que distinguir las artes útiles (un carpintero que hace una mesa, un albañil que construye un muro) y las bellas artes, que tienen solamente un fin, en sí mismas: aspiran a la belleza. Por eso, separa claramente la escolástica lo bueno de lo bello (a diferencia de los que ponen el arte al servicio de cualquier ideología). En resumen, Santo Tomás define lo bello como «aquello cuya contemplación agrada».

¿Cabe alguna duda de que encaja esto perfectamente con la Tauromaquia? El aficionado acude a la plaza a contemplar algo que le parece hermoso, sin sacar de ello ninguna ventaja concreta: lo mismo que disfruta admirando una pintura, escuchando una música o viendo una película. (Otra cosa, por supuesto, es que todo esto suponga una actividad económica de los que practican ese arte, sean toreros, ganaderos o empresarios, igual que los pintores, músicos, actores, galeristas y productores de cine).

El fundamento básico es clarísimo: aquél a quien no le agrada el espectáculo de una corrida, simplemente, no asiste a ella. Exactamente igual que el que no paga por escuchar una ópera o visitar un museo.

La Fiesta de los toros pertenece al mundo de los espectáculos en vivo, el espectador sabe que va a asistir a algo auténtico, sin ninguna manipulación mecánica: igual que un concierto (frente al disco) o una obra de teatro (frente al cine). Por muy perfecta que sea la transmisión de una corrida, no podrá dar la magia única de ver cómo nace, delante de nosotros, para nosotros, la belleza de una gran faena. Tampoco es lo mismo escuchar en directo a María Callas o a Rostropovich que en una de sus grabaciones.

Eso supone una imprevisibilidad que no se da en otro tipo de arte: una película de Chaplin o Billy Wilder es siempre exactamente la misma; un actor de teatro, en cambio, alcanza niveles estéticos diferentes cada día, aunque represente la misma obra; si voy a escuchar una sinfonía de Mahler por la orquesta del Concertgebouw, no sé qué grado de excelencia alcanzarán esa tarde.

Lo mismo sucede con la Tauromaquia. El cartel más rematado no nos garantiza que vayamos a ver grandes faenas: el torero –igual que el cantante y el actor– puede estar más o menos inspirado, ese día; a los tres les afecta cualquier circunstancia personal, ya sea física o espiritual.

Además, la Tauromaquia añade otro factor de imprevisibilidad absolutamente único: el toro bravo. El escultor trabaja con mármol; el actor, con un texto de Shakespeare ya fijado; el músico, con una partitura de Beethoven. Los tres nos dan su interpretación personal, por supuesto, pero buscan crear belleza a partir de algo definido.

El torero, en cambio, se enfrenta a un animal realmente único. Ante todo, es uno de los más feroces que existen. Un ejemplo: en Madrid, en 1897, enfrentaron a un toro de Veragua con un terrible tigre de Bengala, llamado «César», y éste salió huyendo, entre el regocijo del público, que prorrumpió en gritos de «¡Viva España!», mientras se interpretaba la «Marcha de Cádiz». Los presuntos ecologistas dicen compadecerse del «pobre toro» porque no han visto ningún toro de cerca, ni en el campo, ni en la plaza: bastaría con que lo contemplaran, detrás de un burladero, al mismo nivel, para que cambiara su opinión… Lo asombroso de este animal (creación humana, cultura, no naturaleza) es que, siendo tan feroz, a la vez, pueda ser tan noble, siga dócilmente un trapo rojo, sabiamente manejado. Por eso es posible la Tauromaquia. Como su comportamiento es cambiante, el diestro necesita una inteligencia viva y rápida para darle la lidia adecuada.

Por eso es tan difícil torear: con inteligencia y con valor, el torero está poniendo en juego su vida, a la vez que está intentando crear belleza. Eso diferencia una corrida de un ballet clásico. La Tauromaquia une en grado sumo la estética y la emoción, en un rito de enorme complejidad.

Un escritor tan europeísta y universal como Salvador de Madariaga definió la corrida de toros como un arte total, que participa de todas las artes: el drama, la escultura, las artes plásticas, el ballet, la música…

Los paralelismos del arte del toreo con las otras artes son muchísimos: todos tienen una base técnica pero van más allá; todos expresan la personalidad de un artista; en todos, existen reglas que los artistas deben conocer para trascenderlas, en busca de esa perfección imposible con la que todos sueñan…

Los espectadores sabemos que muchas corridas son tediosas, que el arte excelso surge muy pocas veces, pero seguimos acudiendo a las plazas, amparándonos en el recuerdo de los momentos mágicos que ya hemos vivido y aspirando siempre al sueño eterno de la belleza. Lo expresa una copla que –dicen– canturreaba el gran Juan Belmonte, ya retirado, en las tardes grises: «Siempre te estoy esperando / y nunca llegas / a horita cierta…».

Igual que cualquier arte, el toreo supone una creación y un público; sin este último, no existiría. El arte es expresión de un individuo, el artista, pero también es comunicación; según Delacroix, «un puente entre el artista y el espectador». Lo dice Unamuno, en un poemita: «Cuando vibres todo entero, / soy yo, lector, que en ti vibro…». Esa es la mágica comunión que, alguna tarde feliz, se produce, en una Plaza de Toros.

Si somos tan afortunados como para haberlo vivido, ya no lo olvidaremos. Lo dijo el poeta John Keats: «Una cosa hermosa es una alegría para siempre». La belleza es un tesoro que nos consuela de tantas cosas dolorosas… El que no sea capaz de vivirlo, se pierde lo mejor de la vida.

El arte no se puede imponer ni prohibir. Exactamente igual sucede con la Tauromaquia: es, como cualquier arte, el reino feliz de la libertad y de la belleza.

Andrés Amorós, catedrático de Literatura Española.

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