La tecnología no pone en libertad a nadie

No existe nada comparable a estar allí. A falta de eso, lo mejor es un enlace de vídeo. De pronto, aquí tenemos a Aung San Suu Kyi, en una pantalla delante de nosotros, en directo desde el 54 de University Avenue en Rangún. Está sentada con la espalda muy tiesa, tranquila, elegante con su blusa blanca, y vagamente divertida, tras más de siete años de aislamiento, por las nuevas y poco familiares tecnologías de la comunicación a larga distancia. “Estoy muy contenta de poder comunicarme con ustedes”, dice, “es un gran progreso para mí”, y el enlace de vídeo se cae.

Poco después vuelve a entrar en contacto con el auditorio de la London School of Economics, lleno de estudiantes y especialistas, mediante una terrible conexión de teléfono. A ratos no puede descifrar lo que le preguntamos y a ratos nosotros no podemos descifrar lo que responde ella, con su voz distorsionada que nos atruena desde un altavoz. Después de que un alumno intente hacerle varias veces una pregunta ligeramente complicada, Suu Kyi dice: “Dígame una palabra clave”. “¡Compañías multinacionales!”, gritamos. “¡Inversiones en Birmania!”. Se ríe, nos reímos, por el tono casi cómico de estas conversaciones a larga distancia. “Tenemos años de práctica de hablar sin obtener respuesta”, dice en un momento dado, pensando que se ha cortado la conexión. Práctica de hablar con los generales que están llevando su país a la ruina, claro.

No creo que ninguno de esos estudiantes olviden jamás el día que pudieron hacerle una pregunta directamente a Aung San Suu Kyi. A pesar de las dificultades técnicas, su personalidad y su mensaje traspasan las barreras. El mensaje es decidido, pero también conciliador. Subraya en varias ocasiones que confía en trabajar con las autoridades militares, no en contra de ellas. Por lo que podemos descifrar de su respuesta, parece acoger con precaución la idea de una comisión internacional que investigue la situación de Birmania, y hace hincapié en que no debe considerarse en absoluto “un proceso a los generales”.

Tras siete años y medio de arresto domiciliario, en los que obtenía noticias de su propio país solo a base de escuchar constantemente programas de radio internacionales, es evidente que Aung San Suu Kyi quiere darse un tiempo para aclararse las ideas. ¿Podrá revivir su debilitada Liga Nacional para la Democracia? ¿Podrá reagrupar a los que se apartaron o formaron un nuevo partido con la esperanza (vana) de obtener un número significativo de escaños en las últimas elecciones? ¿Qué pasa con los monjes budistas que transmitieron tanta energía y disciplina al movimiento pacífico de protesta en 2007? Y otra cosa importante: ¿podrá establecer vínculos con los representantes de las minorías étnicas que constituyen aproximadamente un tercio de la población del país? Es lo que hizo su padre, Aung San, en 1947, en la conferencia de Panglong que ayudó a preparar el terreno para la independencia de Birmania. Hoy, ella dice que confía en que haya “un segundo Panglong”.

Al pedirle que diga cuáles son sus fuentes de inspiración, responde: “En primer lugar, mis padres”. Luego menciona al arzobispo Desmond Tutu. Después, cuando la conversación vuelve sobre la idea de una comisión de la verdad y la reconciliación, como la que presidió Tutu en Sudáfrica, explica que las cosas son más complicadas en Birmania. “Ojalá fuéramos todos negros”, piensa a veces, porque entonces los birmanos y las minorías étnicas reconocerían que forman, todos ellos, una mayoría oprimida. Como indica el especialista en Birmania Maung Zarni, en la versión birmana del apartheid, los militares hacen el papel de los blancos.

Es una conversación estimulante, que supera todos los obstáculos. Todo me empuja de forma instintiva a enmarcarla en un relato de liberación, gradual, a menudo frustrada, pero al final triunfante. “Porque la batalla de la libertad, una vez comenzada… aunque a menudo frustrada, siempre se gana”: estas grandes palabras del poeta inglés del siglo XIX Byron aparecieron clavadas en una cruz de madera ante los astilleros Lenin de Gdansk, durante el nacimiento del movimiento polaco Solidaridad hace 30 años. Hoy, la batalla de la libertad se libra y se frustra con las armas de Internet, el satélite y el teléfono móvil. Algunos las llaman “tecnologías de la liberación”.

Desmond Tutu ha hecho una reflexión optimista sobre la “maravillosa” conversación telefónica que tuvo él mismo con Suu Kyi (“parecía constantemente a punto de estallar en carcajadas”) a principios de este mes: “Cuando pienso en la situación que había en Sudáfrica, recuerdo muchos momentos en los que parecía que nunca íbamos a ver la libertad en nuestro país, cuando nuestros opresores parecían invencibles. Pero, como digo siempre, este es un universo moral y la injusticia y la opresión acaban derrotados al final”.

Sin embargo, un análisis frío muestra una combinación de fuerzas menos favorable en torno a Birmania que en Sudáfrica, o en Polonia, o en Filipinas, o en Chile, o en todos los otros casos en los que la libertad ha resultado triunfadora en los últimos 30 años. No solo por la debilidad y las divisiones del movimiento de oposición, después de decenios de opresión brutal y la estrategia del régimen de “divide y vencerás”. Eso puede cambiar, con tiempo, una dura labor sobre el terreno y unos líderes inspirados.

Es, sobre todo, un problema del contexto exterior. Algunos lectores recordarán que hace un mes me preguntaba en esta columna si la mayor democracia del mundo, India, podría ser más fiel a sus valores en relación con su pequeño y vapuleado vecino oriental. El presidente Barack Obama, nada menos, planteó una pregunta similar durante su visita oficial a dicho país. Me da la impresión de que, hasta el momento, la respuesta ha sido un rotundo silencio. India no está preparada para discutir la cuestión con las otras grandes democracias mundiales, ni mucho menos para cambiar su forma de actuar. Mientras los vecinos asiáticos de Birmania, incluidas Tailandia y, por supuesto, China, sigan comportándose de esta forma, poniendo sus intereses comerciales y estratégicos por encima de las vidas de los sufridos habitantes del país -y por delante de lo que les interesa a largo plazo, que es tener un vecino próspero y estable-, los generales estarán encantados.

Birmania no es el único caso en el que el entorno exterior es desfavorable. Este es el mundo posoccidental. Si las cosas siguen así, Internet, los satélites y los móviles nos permitirán asomarnos a la jaula, pero no abrir la puerta. Podremos ver con más claridad a los amigos de la libertad asediados, pero no podremos ayudarles mejor. Cuando el ganador del Premio Nobel de la Paz de este año, Liu Xiaobo, salga libre, quizá tengamos la oportunidad de hablar también con él por un enlace de vídeo, aunque, por ahora, está bloqueado incluso el teléfono de su mujer. Podemos observar al multimillonario ruso Mijaíl Jodorkovski, injustamente encarcelado, tras las rejas, pero él sigue encerrado.

Tenemos ante nosotros una versión política del dramático espectáculo de los mineros chilenos. Los vimos gracias a una cámara de vídeo cuando todavía estaban atrapados bajo tierra, pero si sus propios esfuerzos y la perforación de la roca no hubieran dado fruto, ese vídeo solo habría servido para verlos morir.

Esta no es una opinión dictada por la desesperación, sino por el realismo. En Birmania, como en todas partes, las tecnologías de la comunicación, por sí solas, no ponen a nadie en libertad. A las personas las liberan otras personas.

Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Facts are Subversive: Political Writing from a Decade Without a Name. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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