La tentación catalana

El presidente de la Generalitat de Cataluña estará hoy en Lisboa para participar en una iniciativa de carácter académico. Puede ser un buen momento para clarificar lo que podemos denominar como las tentaciones catalanas de algunos líderes de opinión portugueses.

Las próximas elecciones legislativas en España, que tendrán lugar en menos de un mes, volverán a traer a la palestra el voto de los independentistas catalanes y su posible relevancia de cara a la formación de gobierno a escala nacional, dada la fragmentación política que se vislumbra en el Congreso de los Diputados. Del mismo modo, el juicio que en estos momentos se celebra en el Tribunal Supremo sobre las intenciones y el papel que jugaron los promotores del referéndum ilegal de 2017 contribuye a que Cataluña, y sobre todo «la cuestión catalana», vuelvan al primer plano de la actualidad. Todo ello junto con la continua actividad de los principales actores del proceso, ya sea desde Barcelona o en el exterior, con el fin de lograr dar visibilidad a su causa, tanto interna como externa.

Las disputas electorales, la polémica de los lazos amarillos y las proclamas desde Waterloo por parte del antiguo president huido no han alterado la fractura y la división en la sociedad catalana. Aún siguen patentes las tendencias independentistas que de forma asimétrica atraviesan el arco parlamentario de la política catalana. Y también de parte de la opinión pública catalana que no se pliega a la visión populista de su Gobierno regional contra la Constitución española y el propio Derecho Internacional.

Europa, y en especial Portugal, siguen este debate con atención. Con una posición clara. Los todavía veintiocho estados miembros de la Unión Europea son unánimes a la hora de no reconocer a Cataluña el derecho a la autodeterminación y a la independencia. Para Portugal, la cuestión es todavía más clara. Ni siquiera las fuerzas políticas extremistas o los analistas políticos tratan de ir en una dirección distinta.

Una posible independencia de Cataluña, como he venido subrayando en varias ocasiones, sería altamente negativa para Portugal y para los portugueses. Por razones estratégicas, políticas y económicas, como eslabón más vulnerable dentro de la dualidad peninsular. Conduciría a una desestabilización de la península ibérica, que se sumaría a la inestabilidad en el Mediterráneo y a las divisiones europeas. Todo ello afectaría de forma inmediata a Portugal.

España es nuestro único vecino por tierra, lo que requiere de un cuidado y una atención especiales en las relaciones luso-españolas dentro de nuestra política exterior. Y el hecho de contar ambos con la frontera probablemente más antigua de Europa y del mundo supone una responsabilidad añadida a la gestión de nuestras relaciones. La independencia catalana, si se produce algún día, pondría en duda la dinámica y el modelo de relación bilateral que hemos construido entre Lisboa y Madrid desde nuestra entrada simultánea en la Unión Europea. Una vez dejadas atrás las dictaduras y consolidadas ambas democracias, hemos venido desarrollando un diálogo moderno y con carácter europeo entre los dos países. Este modelo ha servido además no solo para resolver aspectos bilaterales, sino también para crear un marco de colaboración en Europa y con Europa. Desde la lucha contra la periferia hasta el fortalecimiento de la cohesión, las cuestiones energéticas, la mirada puesta en Iberoamérica o el diálogo transatlántico.

España es también el principal socio económico de Portugal, responsable de más del 25 por ciento de su comercio exterior. Cualquier cambio político-constitucional en España tendría consecuencias económicas y sociales inmediatas en el país vecino: afectaría a las exportaciones de las pymes portuguesas, reduciría el turismo procedente de España, limitaría su inversión, crearía tensiones que dificultarían la defensa de los intereses portugueses en el plano político y económico, etcétera.

Además de todo esto, una independencia catalana multiplicaría los interlocutores internacionales dentro de la península. Esto afectaría negativamente a nuestro margen de diálogo y de maniobra en la esfera internacional, dada la diferente percepción de los dos sujetos políticos y económicos en el mundo en cuanto a los equilibrios estratégicos y políticos, y a las oportunidades económicas en el espacio ibérico. La fragmentación sería siempre contraria a nuestros intereses europeos e internacionales. Cataluña quedaría fuera de la Unión Europea en caso de independizarse de España. Portugal perdería un mercado importante, sin posibilidad de beneficiarse de la normativa de la unión aduanera. Y Europa ganaría un nuevo foco de desequilibrio.

Sigo pensando, al igual que cuando estaba al frente de la Embajada portuguesa en España o cuando asumí la cartera de Exteriores del Gobierno portugués, que Madrid debe ser el único interlocutor político para Lisboa, alejando tendencias centrífugas y tentaciones catalanas que en ocasiones aparecen en intelectuales portugueses. Y es que los numerosos daños colaterales que alterarían el statu quo actual serían de una enorme gravedad para nosotros como portugueses. Pero también para Europa, que en este momento necesita encontrar caminos que tranquilicen a los europeos y que traigan consigo, sobre todo, una mayor convergencia económica y social tanto a portugueses como a españoles.

António Martins da Cruz fue Ministro de Exteriores de Portugal y antiguo Embajador en Madrid.

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