La tentación del extremismo

Por Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de Filosofía del Derecho, Universidad de La Coruña (ABC, 18/11/03):

El triunfo electoral en Cataluña ha correspondido al nacionalismo y a la izquierda, y por ese orden. La realidad es la verdad. Pero las urnas no son depositarias de una verdad imposible de criticar, una especie de fuente oracular de la verdad. La democracia garantiza que las decisiones sean tomadas por la mayoría de los ciudadanos, mas no que sean justas y correctas. La opinión de la mayoría no es criterio de verdad moral. Tampoco, pues sus decisiones. Por lo demás, las elecciones no revelan algo así como la voluntad de un ente colectivo llamado pueblo, sino que son el resultado de un conjunto de decisiones personales. Cataluña no dijo anteayer nada; lo dijo una parte mayoritaria, la que votó, de los españoles residentes en Cataluña. Pero hechas estas consideraciones, que, sin duda, valen con independencia de que el resultado de las elecciones nos guste mucho, poco o nada, la realidad no reconocida y asumida reclama siempre su derecho y termina, si no se reconoce, por vengarse.

Vayan por delante mi conclusión y mi valoración: han ganado el nacionalismo y la izquierda, y ese resultado no es el mejor desde el punto de vista del interés nacional de España (valga aquí el término, aunque no designe tampoco otra cosa que al conjunto de los españoles). Basta un poco de aritmética para demostrar lo primero y algo de filosofía política y moral para argumentar en favor de lo segundo. Luego, cada quien es libre de buscar la perspectiva más favorable para sus intereses o para intentar elevar la quebrantada moral de las filas propias. Es legítimo siempre que no se falte a la verdad. CiU ha ganado las elecciones porque ha obtenido el mayor número de escaños, 46, después de seis legislaturas en el poder. Pero ha perdido diez diputados y casi el 7 por ciento de los votos. El PSC ha obtenido el mayor número de votos, pero es la segunda fuerza en escaños y ha perdido diez diputados y casi el 7 por ciento de los votos. Y encima esperaba ganar. ERC sube espectacularmente en votos y escaños, pero sólo es la tercera fuerza política, a enorme distancia de las dos primeras. Mala cosa para quien con tanta osadía habla en el nombre de toda Cataluña. Puro voluntarismo o vocación totalitaria. El PP gana tres escaños, pero pasa a ser la cuarta fuerza política. IC sube también pero apenas rebasa el ámbito de lo testimonial. Más aún si se considera que debe compartir resultados con los Verdes. Sólo sumando los votos de la izquierda puede exhibir algo así como un triunfo compartido. Todos contentos y nadie contento. Acaso esté bien así. Pero ganar, lo que se dice ganar, ha ganado el nacionalismo. Con sólo sumar los votos de CiU y ERC, ya alcanzan el 47,33 por ciento. Y algo de nacionalismo albergan el PSC e IC. Tampoco le salen mal las cuentas a la izquierda: 54,98 por ciento entre las tres fuerzas. Nada hay de malo en el triunfo de la izquierda, que es una de las posibilidades democráticas. Lo malo es que la izquierda española no opone un frente demasiado sólido al nacionalismo, algo que debería ser ajeno y hostil a su tradición, pero que no lo es. Desde la perspectiva de las elecciones generales del próximo año, el PP puede esperar con relativa tranquilidad, mientras el PSOE no levanta cabeza. Malo para el socialismo y malo para España.

Los resultados son inquietantes, pero conviene no perder la perspectiva. No se trata de un plebiscito para decidir el futuro político de Cataluña, sino sólo de unas elecciones parlamentarias regionales. Cualquier extrapolación a la vigencia de la Constitución o a la vida política nacional es intempestiva. Los comicios autonómicos tienden a favorecer a los partidos regionalistas o nacionalistas, que suelen acertar a exhibir la «cultura de la queja» y a erigirse en representantes de los intereses particularistas. Las elecciones generales tienden a corregir algo esta miopía nacionalista. Habrá ahora que esperar la política de alianzas para formar gobierno autonómico. Casi todos coinciden en convertir en árbitro de la situación a ERC, un partido que defiende, entre otras extravagancias, la independencia de Cataluña. Pero si esto fuera así, lo será por dejación de quienes deben defender la Constitución y la unidad de España. Existen coaliciones posibles que no dependen de la izquierda independentista y republicana. La debilidad del PSOE lo está conduciendo por los caminos del radicalismo. Y otros son los que se benefician en las urnas.

Es tanta la gravedad del caso vasco que puede provocar, por contraste, la falsa impresión de la normalidad y ejemplaridad catalanas. Por el contrario, la política en esta región española parece más propia del siglo XIX que del XXI. Vive más ocupada en disputas de familia, en polémicas añejas sobre la forma de Estado y prisionera de un aldeanismo separatista inferior al nivel del tiempo. Nada futuro y muy siglo XIX. Compárese el mapa político de Cataluña con, por ejemplo, el británico. Lo que Ortega afirmó de las «regiones ariscas» sigue, por desgracia, vigente. Al menos, que no se atribuya la cosa al «seny». Ayer, en esta misma página, recordaba Ricardo García Cárcel que la vida pública catalana ha oscilado entre el «seny» y la «rauxa». Cataluña produjo a Cambó, pero también alumbró la Semana Trágica. No creo en los tópicos de las identidades nacionales; tampoco en los favorables. La adhesión al nacionalismo, siempre, pero más aún cuando el mundo camina hacia la formación de grandes colectividades, como la Unión Europea, es una ruta extraviada. Y sorprende y apena que la izquierda, en otro tiempo ilustrada e internacionalista, sucumba al aldeanismo insolidario. Una de las regiones más prósperas de España y, por tanto, de Europa, se instala en el agravio y en la queja y parece obsesionada en edificar su bienestar sobre la disputa de competencias y el empeño de arrebatar concesiones a Madrid. Olvidando todos los bienes derivados de la concordia, de la Constitución y de la unidad nacional. Acaso no sea ocioso recordar que el separatismo está excluido, no sólo de las trayectorias fundamentales de la civilización europea, sino también del futuro de la Unión. Todo eventual Estado nacido de una modificación de fronteras quedaría fuera de los límites de Europa. Y quien oculta esto, miente a los ciudadanos. Nacionalismo es hoy antieuropeísmo. Las elecciones de Cataluña demuestran que el radicalismo de los moderados sólo beneficia a los radicales. Por lo demás, no existe mayoría regional que pueda prevalecer sobre la legalidad constitucional. Entre otras muchas razones, por la muy sencilla de que la única legitimidad de los beatos del aldeanismo procede de la propia Constitución que aspiran a destruir o a cambiar. Lo segundo es legal si se pretende a través de medios legales; lo primero es sencillamente criminal. A ERC le han votado sólo, aunque es mucho, algo más del 16 por ciento de los catalanes que han votado. Un poco más de medio millón de personas. Y hay 40 millones de españoles, incluidos ellos. Por encima del nacionalismo y de la izquierda, y, por supuesto, también de la derecha, se encuentran, al menos, la unidad de España y la Constitución. Existen horas en la vida de los pueblos, no precisamente las mejores, en las que parecen sucumbir a las tentaciones del extremismo y de la «tibetanización». La historia revela que conducen, no a ninguna parte, sino a una muy concreta: al fracaso.

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