La tentación extremista en la UE

Las elecciones suecas han producido tres hechos insólitos en el país que durante años ha sido paladín de la socialdemocracia europea y tierra de promisión para asilados e inmigrantes de toda clase y condición. Me refiero a la revalidación del triunfo del centroderecha, al desplome electoral de los socialistas y al preocupante ascenso de la extrema derecha.

La coalición de centroderecha cuenta con muchas probabilidades de revalidar Gobierno, cosa que nunca había ocurrido antes. El primer ministro, Fredrik Reinfeldt, ha vuelto a ganar y lo ha hecho porque ha sabido respetar el modelo social sueco y, es más, porque lo ha mejorado corrigiendo abusos y adecuándolo a la globalización. Los suecos han premiado, además, su capacidad para armonizar inteligentemente inmigración y seguridad pública, de un lado, y competitividad económica y bienestar social, de otro.

El segundo hecho insólito es que los socialistas han obtenido su peor resultado desde 1914. La socialdemocracia se ha quedado sin mensaje y, al parecer, sin espacio en prácticamente todos los países desarrollados desde que el Muro de Berlín se les cayó encima. Sólo hace dos años parecía que la socialdemocracia podría resucitar al calor de una crisis que, según sus portavoces más autorizados, era debida a los excesos la derecha ultraliberal. Esta ilusión duró poco y hoy los partidos socialistas en Italia, Francia, Alemania y Reino Unido están enredados en la búsqueda de libreto y de autor. Los electores europeos parecen haber comprendido que los socialdemócratas ni entendieron la crisis ni tienen las recetas necesarias para superarla.

El sociólogo italiano Raffaelle Simone decía el pasado 11 de septiembre en Le Monde que hay un agotamiento intelectual de la izquierda y que eso explicaría que, a día de hoy, sólo seis de los 27 países que forman parte de la UE (Austria, Chipre, Eslovenia, España, Grecia y Portugal) estén gobernados por los socialdemócratas, cuando hace 10 años gobernaban en 11 de los 15 países que formaban parte de la entonces Comunidad Europea. Simone, viejo parroquiano socialista, constata con dolor que la izquierda parece no haber comprendido nada del verdadero cataclismo cultural que ha supuesto el triunfo absoluto del individualismo y consumo de masas.

Yo no soy socialista, pero me preocupa que la socialdemocracia siga desfondándose en los próximos años. Entre otras cosas, porque ya hay quien dice que este derrumbe presagia el desmantelamiento del Estado del Bienestar y la paralización del proceso de construcción europea; dos conquistas que han sido posibles gracias a la colaboración entre democristianos y socialdemócratas, las dos orillas del Rin.

Pero hablábamos de tres hechos insólitos. El tercero, y quizá el más preocupante, es que la extrema derecha ha duplicado los votos que consiguió en las anteriores elecciones y ha superado por primera vez en la Historia el listón exigido para entrar en el Riksdag [Parlamento sueco].

Esto no debería quitarnos el sueño, de no ser porque antes ya ha habido otros países de la UE que abrieron las puertas de sus parlamentos nacionales a la extrema derecha: Austria, Dinamarca, Países Bajos, Hungría, Letonia, Bulgaria y Eslovaquia. En las elecciones europeas de 2009, los extremistas consiguieron más del 10% de los votos en siete países de la Unión Europea y entre un 5% y un 10% en otros ocho países, entre ellos Bélgica. En la misma Alemania un sondeo reciente demuestra que un 17% de la opinión pública estaría dispuesta a votar por un partido que defendiese las ideas de Thilo Sarrazin, un alto funcionario del Bundesbank que tuvo que dimitir después de haber publicado un panfleto rabiosamente antimusulmán.

Los partidos de esta Internacional Negra pueden parecer diferentes entre sí, pero todos comparten ideas muy parecidas: son radicalmente contrarios a la globalización, rechazan al diferente e insisten ad nauseam en la defensa a ultranza de la propia identidad. Cultivan, en definitiva, el miedo al otro y abrazan sin disimulo posturas rabiosamente nacionalistas o abiertamente proteccionistas. Sentimientos que han existido siempre pero que hasta ahora no eran compartidos por demasiada gente.

La crisis económica que estamos viviendo los ha hecho mucho más populares, como ya ocurrió en la Gran Depresión del 29 que alumbró el nazismo. Hoy como entonces son muchos los ciudadanos que desertan hacia partidos extremistas a los que consideran incapaces de solucionar sus problemas y se echan en manos de salvadores de fortuna que culpan a los de fuera de las privaciones que les hacen sufrir.

El auge de la extrema derecha, junto al desplome de la socialdemocracia, está trasladando el centro de gravedad del escenario político hacia uno de sus extremos y eso debe inquietarnos a todos los demócratas europeos. Tenemos que estar preocupados porque ese desplazamiento puede ofuscar a los partidos de derecha y centro, llevándoles a buscar votos adonde no deben: al caladero de la xenofobia, el racismo, el proteccionismo y el nacionalismo extremo.

En Austria, hace 10 años, los democristianos se aliaron con los liberales de Haider para mantener el Gobierno y todavía lo están pagando. En Hungría, el primer ministro Viktor Orban se ha embarcado en un discurso abiertamente nacionalista. En Italia, la Liga Norte de Bossi presiona al Gobierno de Berlusconi hacia la extrema derecha. En Francia, el temor al Frente Nacional de Le Pen explica algunas de las sobreactuaciones de la mayoría gubernamental.

Al final, en toda esta deriva hacia la extrema derecha siempre hay el mismo mar de fondo: el de la inmigración. De las elecciones suecas debemos aprender que ésta va a formar parte del paisaje político electoral europeo durante mucho tiempo y que no se puede gobernar sin comprender cabalmente este fenómeno. Hasta hace poco, los socialistas se han negado a discutir sobre las inmigraciones masivas, y los bandazos de Zapatero evidencian la falta de ideas de la izquierda en esta materia.

La inmigración en tiempos de globalización es un fenómeno radicalmente nuevo, un fenómeno revolucionario que no plantea los mismos problemas de hace unos años, ni es susceptible de ser tratado aplicando las viejas recetas. Cuando eran los europeos los que emigraban a los países del Nuevo Mundo (Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Argentina, etcétera) no eran necesarias políticas de control de fronteras ni políticas de integración. La geografía era inmensa, los recursos ilimitados y las sociedades estaban todavía en periodo de formación. Tampoco fueron necesarias en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Pero la cosa cambia cuando las economías occidentales empiezan a flaquear después de la primera crisis de petróleo (1973). Escasea el trabajo y los europeos empiezan a temer la competencia de los inmigrantes.

Con independencia de las creencias políticas de cada cual, es evidente que ningún país del mundo puede admitir más inmigrantes de los que puede integrar. Pero es también evidente que la integración es un proceso de dos direcciones: los emigrantes deben tener los mismos derechos económicos y sociales que los nacionales, pero a cambio deben reconocer los valores y respetar los principios en que se basa nuestra convivencia. El control de la inmigración es absolutamente necesario para mantener el Estado de Bienestar en unas sociedades que envejecen a una enorme velocidad.

De todo esto debemos aprender una lección: caer en la tentación extremista es una estupidez, además de una inmoralidad. Los centristas debemos acomodar a las nuevas circunstancias de la economía globalizada los pilares básicos de la economía social de mercado: un mercado que funcione, compensación social y protección del medio ambiente. Lo contrario es un camino que nos llevaría al desastre, porque, como dijo François Mitterrand en su despedida del Parlamento Europeo, «le nationalisme c’est la guerre!».

José Manuel García-Margallo y Marfil, eurodiputado del PP y vicepresidente de la Comisión Económica del Parlamento Europeo.