La tercera lección

Con el escrúpulo prolijo que debe exigirse a sí mismo un jansenista, Pierre Nicole narra en su Educación de un Príncipe del año 1670 las tres jornadas de estudio a las cuales asistió, un decenio antes, en el castillo de Vaumurier, residencia del duque de Luynes en el valle de La Chevreuse, junto a la abadía de Port-Royal. Quien dicta sus lecciones es un joven matemático en prematura declinación hacia la muerte. Que no habla allí de geometría. Ni siquiera de esa fulminante conversión religiosa, que corta en dos su vida la noche del 23 de noviembre de 1654 y que hace a sus más cercanos considerarlo un santo. Que habla allí, extrañamente, de política; o eso parece. De Blaise Pascal, lo sabe Pierre Nicole casi todo. No en vano ha sido el encargado por familia y convento de componer, con el desbarajuste de papeles que dejará el sabio en el mayor desorden cuando en 1662 muera —dice Racine que «de vejez a los 39 años»—, el libro del cual venía hablando a los suyos, desde hacía tanto tiempo, como de una testamentaria Apología de la religión cristiana. Pero no era posible componerlo: no había el libro que la familia esperaba encontrar casi acabado, ni siquiera esquema de libro, sólo notas, papelitos recortados en aleatorios tamaños y formas, notas dispersas o cosidas en legajos, notas con la mayor frecuencia ilegibles. Con rigor filológico que anticipa el criterio editorial moderno, Nicole hace que cada pedazo de papel sea transcrito sin fingirle sentido o completarlo. A esa herrumbrosa joya, que decepcionó a familia y monjas tanto cuanto nos deslumbra a nosotros, dio el sobrio título de Pensamientos.

No hay ni uno sólo de esos pedacitos de papel que sugiera interés político en su autor. Por eso llama tanto la atención de Pierre Nicole que un Blaise Pascal con el pie ya en la tumba agote sus últimas desfallecidas fuerzas en preparar y dictar esas Tres lecciones sobre la condición de los poderosos que él se esfuerza en transcribir con fidelidad igual a aquella que puso al servicio de la edición de Port-Royal de los Pensamientos. Puede que sea el único que perciba entonces la magnitud del envite que hacía a Pascal confesar en su círculo íntimo cómo «a nada sacrificaría con mayor gusto su vida» que a contribuir a la «instrucción de un príncipe». Y, a la objeción obvia de que nada en los escritos póstumos de Blaise Pascal trata de eso, Nicole responde con una sutileza admirable: nada trata de ello, porque sólo de ello trata todo. La «instrucción del príncipe» pascaliano son los Pensamientos: cada fragmento de ellos.

Menos versados en el estilo pascaliano que Pierre Nicole, los asistentes a esas tres lecciones del año 1661 debieron vivir su clímax como un vértigo. Teatralmente planificado —se diría una tragedia de aquel jansenista paradójico que fue Jean Racine—, para que el suelo se volatilice bajo los pies de los oyentes en el instante exacto en el cual se sienten a punto de pisar la tierra firme que creían haberles sido prometida: en el último pasaje de la conclusiva lección tercera. Hasta esos últimos tres minutos, el breve curso había sido fácil de entender. Y confortable para una audiencia por igual noble y piadosa. La primera jornada ha desplegado un tópico que, de Montaigne a Calderón y Shakespeare, teje el horizonte de la escena barroca: el poder es lo fingido. Próspero, poniendo en pie su reino de imaginarios espejos ante quienes pisan su isla, Segismundo que vacila entre cuál de los dos sueños pueda dar razón del otro… Austero, Pascal concluye: no hay rey; hay imagen de rey, puesta por la mente de quien se dice siervo suyo; y esa imagen suplanta eficazmente lo real. La segunda jornada reflexiona sobre la responsabilidad moral que acarrea a quien gobierna ese asumir la gestión honesta de un engaño. Todo es sutil, como se exige a la finura del conferenciante. Todo es consolador también: los «grandes» de este mundo que lo escuchan pueden asentir a esa misión, pesada pero honorable, de administrar con bondad el engaño, a la cual su alta alcurnia los condena. Y llega el tercer día, la lección está acabando. «Esto es un príncipe cristiano», concluye Pascal. Con toda exactitud. Y remata: «Si se ajustan a ser lo que acabo de exponerles, estarán condenados. Honorablemente. Pero condenados». Política es sinónimo de perdición. Y un príncipe cristiano es tan pasto de Satán cuanto cualquier otro príncipe. La política es la parte del diablo.

No hay política que no descienda a los infiernos. A los cuales bajar, dice Virgilio en la Eneidaque es sencillo. Y salir, imposible. En el curso de una meditación teológica sin concesiones, Blaise Pascal ha dado, en 1661, la clave paradójica del Estado moderno, que inicia en el siglo XVII su ciclo: abandonad toda esperanza los que en él entréis. La tragedia es que, por esos mismos años, Richelieu primero, tras él Mazarino, saben ya que a nadie puede el Estado tolerar que quede fuera de su territorio simbólico: el Estado moderno, ese que el siglo XVII inaugura, es total o no es nada. El drama de las desvalidas monjas de Port-Royal se juega en esa apuesta. Acabará con el derribo del convento, muy poco antes de la muerte del Luis XIV que sentencia: «¡Pasaremos el arado sobre el solar en donde estuvo Port-Royal!».

La historia de los dos últimos siglos es, en Europa, la de los vaivenes, en diversas medidas catastróficos, que han buscado oponer a esa ficción verosímil de la política una antipolítica verdad, que casi nunca ha sospechado el silencioso eco de teología que el épico chasquear de sus banderas hacía inaudible. Bajo nombre solemne y misterioso, se llamó revolución. Entre 1789 y 1989, el hombre de los siglos diecinueve y veinte ha vivido todas las combinatorias posibles de lo político. Un vértigo que no conoce equivalente, hace que un niño nacido en el París del último decenio del siglo XVIII haya vivido monarquía absoluta, república democrática, Terror, directorio, dictadura, Imperio, restauraciones varias, y vuelta a empezar, hasta llegar octogenario a la Comuna… Enseguida, vendrá el siglo del exterminio: el nuestro, el de la política como alta tecnología de la muerte, tanatopolítica.

Como todos los de mi edad, los que entramos en la edad de hombre con la primavera del 68, muchos años he vivido, sin saberlo, encerrado en el hermético sucedáneo de una religión: la esperanza política del revolucionario, el sueño perseverante de otro mundo menos hosco que éste de cada día. Pero «esperanza» es virtud teológica. Sólo la cercanía de la vejez me ha hecho atisbar el autoengaño. Nada salva. A nadie. En cuanto a la política, tiene razón Pascal: la política es manicomial y siempre condena: a ser malo, a ser necio, a vivir de ser malo y de ser necio. Es ahora el tiempo, desolado y lúcido de la tercera lección de Pascal en Vaumurier. En la cual tintinea la matemática voz sin esperanza del Próspero shakesperiano: «Nuestros divertimentos han dado fin. Estos actores, como había prevenido, eran espíritus todos y se han disipado en el aire, en el seno del aire impalpable. Las altas torres cuyas crestas tocan las nubes, los suntuosos palacios, los solemnes templos, hasta el inmenso globo, sí, y cuanto en él descansa se disolverá, y lo mismo que la diversión insustancial que acaba de desaparecer, no quedará rastro de ello. Estamos tejidos en la tela de los sueños y nuestra corta vida se cierra en un letargo».

Gabriel Albiac, filósofo.

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