La tiranía de la mayoría

Nuestra sociedades cada vez más abierta, más liberal, más tolerante… En definitiva, más libre. ¿Verdad? Pues yo creo que no, o al menos que nuestra liberación ha sido muy desigual y ha ido creando nuevas víctimas, nuevas tiranías. Es innegable, por supuesto, que hoy más que nunca aceptamos -con relativamente pocas excepciones- una mayor diversidad en el comportamiento, el lenguaje, el vestido y, sobre todo, en las preferencias sexuales.

Es igualmente cierto que los prejuicios por razón de sexo, edad, minusvalía, religión o color de piel ya son inaceptables. En medio de un mundo de múltiples civilizaciones e intercambios culturales, aceptamos el pluralismo como credo común, porque, paradójicamente, es la única ideología que podemos compartir todos. Mientras tanto, la democracia y el capitalismo siguen triunfando a nivel mundial, extendiendo las fronteras de nuestros valores liberales. Pero ni el pluralismo, ni la democracia ni el capitalismo no nos ha hecho verdaderamente libres; nos imponen, más bien, nuevas formas de conformismo que hunden nuestro espíritu. No me refiero a las limitaciones ya conocidas: ni a la corrección política, que tiende a estrujar las opiniones heterodoxas, ni al sacrificio de derechos civiles que exige nuestra lucha contra el terrorismo. Mi ansiedad por la pérdida de la libertad surge de temores más profundos y experiencias más inquietantes.

El otro día, por ejemplo, di una vuelta por el famoso Hyde Park de Londres, lugar de enorme resonancia en la historia de la libertad. Allí, en 1855, se organizó la mayor reunión política del siglo XIX inglés, para denunciar, según comentó en el acto el mismo Karl Marx, «las fuerzas anticuadas que se mantienen en el poder a pesar de haber perdido su derecho a existir». Desde entonces hasta 1867 el parque se convirtió, año tras año, en un campo de batalla entre el pueblo y la policía, hasta que se estableció definitivamente como un lugar de protesta pacífica, privilegiada y protegida por las autoridades. Hasta el día de hoy, en el rincón del extremo noreste del parque, al lado del Arco de Mármol, frente a los antiguos palacetes aristócratas de Park Lane, se mantiene el Speakers’ corner, donde cualquier ciudadano tiene derecho a improvisar una tribuna y declarar su opinión, por excéntrica, ofensiva, extremista o loca que sea.

Allí, en torno a 1908, Julio Camba escuchó a un anarquista exhortar a su audiencia a incendiar la ciudad y masacrar a la burguesía. Intervino la policía, y el español se asombró cuando, en lugar de arrestar al pirómano, los agentes se llevaron a un colérico e indignado miembro del público, cuyos gritos e intentos de tirar huevos y tomates impedían al anarquista ejercer su derecho a expresarse libremente y decir lo que le diese la gana.

En mi paseo del otro día encontré una escena aún más sorprendente: no había nadie en el Speakers’ corner. Nada de tribunas, de discursos, de incendiarios, de extraviados, ni siquiera un loco, ni rastro de esa muchedumbre de curiosos desocupados que solían acudir allí para reírse de los disparates de los oradores. Era como si el árbol de la libertad se hubiese marchitado y su fruta acorchado, o como si se hubiera agotado la diversidad de opiniones.

Pensé en Camba. Me acordé de la conclusión sabia que sacó de sus observaciones. Los españoles, dijo, eran más libres que los ingleses, porque éstos se aburrían con la libertad de decir todo, mientras aquéllos gozaban la libertad de ser todo. Un inglés se encontraba entonces obligado a amoldarse a las normas de una sociedad rígidamente homogénea, donde hasta el famoso excentrismo inglés no era sino una desviación permitida de la especie, y aun el mismo anarquista del parque era anécdota. Un español, en cambio, podía ser lo que se le antojase -mendigo o místico, eremita o bandido- sin sacrificar el respeto de los demás ni el sentido de jugar un papel útil y honrado en el mundo. Al inglés le encerraba un conformismo ceñido, mientras que el español gozaba de la riqueza de una imaginación sin límites.

Creo que Camba tenía razón. El capricho es la base de la libertad y el conformismo es la cadena que nos la impide. En la actualidad hemos creado zonas virtuales para el ejercicio de la imaginación, como los videojuegos, donde tenemos la libertad de ser superhéroes si nos sometemos a las reglas del juego; o los chat rooms y las redes sociales, donde podemos mentir hasta deludirnos a nosotros mismos. En nuestra vida diaria, mientras tanto, hemos erigido toda una serie de nuevos obstáculos conformistas. Permitimos la sodomía y el sadismo, pero el celibato o la virginidad excitan incredulidad o sospecha. Puedes ser adicto a la tele, pero no al tabaco ni al alcohol. Puedes practicar todo el deporte que quieras pero te reprocharán si eliges una vida sedentaria. No se te permite menospreciar el dinero, ni la salud ni la seguridad, que son las creencias sagradas de la religión universal moderna. Puedes consumir todo, menos la buena comida grasienta. Puedes tener la talla que quieras, siempre que sea delgada. Las mujeres han alcanzado la emancipación, menos las que quieren dedicarse plenamente a ser madres y amas de casa. A mis amigos homosexuales nadie, menos yo, se atreve a preguntarles cómo se les ocurre criar niños -y en algunos casos compartirlos con las amigas lesbianas que los parieron, dejándolos pasar una semana con la pareja gay y la otra con la lésbica-; pero mis amigos solteros sufren un bombardeo de preguntas sobre si son felices. Y a las mujeres que no tienen ni quieren hijos, por rechazo o indiferencia, se las persigue con expresiones molestamente compasivas o con ofertas impertinentes de intervenciones tecnológicas para superar su supuesta infertilidad.

Intentamos conseguir la igualdad y hemos llegado al conformismo. Queríamos crear democracias y hemos alcanzado la tiranía de la mayoría. Procurábamos acabar con las prebendas injustas y hemos anulado el privilegio de ser diferente. Nos propusimos desechar la represión y no logramos sino cambiar sus límites. Buscábamos la libertad de todos y hemos creado nuevas minorías perseguidas. ¡Que vuelvan los extravagantes a Hyde Park! ¡Que se regenere el espíritu de Julio Camba!

Por Felipe Fernández-Armesto, historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame.

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