La titulitis, un mal español

La titulitis es un mal español. Y va mucho más allá de la definición de la Real Academia Española de la Lengua como “valoración desmesurada de los títulos y certificados de estudios como garantía de conocimientos de alguien”. De hecho, como la mayoría de los jóvenes saben, los másteres y los idiomas cuentan muy poco en el mercado laboral español.

De hecho, los políticos que han mentido o inflado sus currículums lo han hecho por vanidad, por ser más y no porque les hiciera falta. España está llena de casos de diputados, presidentes de comunidades autónomas o del Gobierno que apenas tienen una licenciatura, en el mejor de los casos. El mérito académico se valora, en general, muy poco en España.

Todo el bagaje académico del ex presidente Zapatero era una discreta licenciatura de Derecho por la Universidad de León. A José Montilla no le hizo falta tener el Bachillerato para ser presidente de la Generalitat y Ada Colau es alcaldesa de Barcelona sin haber terminado la carrera de Filosofía.

Si nos adentramos en el mundo de la empresa española, he sido testigo de que al empleado que está realizando un doctorado se le mira con recelo, como alguien que no pone el cien por cien en el desempeño de su trabajo y al que hay que escrutar con saña. Nos encontramos muy lejos de países como Estados Unidos o Alemania donde las empresas acomodan sus horarios a los doctorandos, les ayudan económicamente e incluso les suben el salario y la categoría laboral cuando logran la titulación. Prueba del respeto que se tiene por este título, es que hay hoteles en Estados Unidos que incluso ofrecen un descuento a los doctores.

No, en España la titulitis está emparentada con nuestra historia reciente y pasada. En un tiempo pasado con la importancia de títulos nobiliarios y la hidalguía para tener una buena posición social. En un tiempo más reciente con la falta de capital social que impedía al común de los mortales, salvo en los casos de un mérito realmente excepcional, acceder a los centros de poder políticos o económicos.

La globalización, con su imperativo de competitividad, y la pertenencia a la Unión Europea, donde al menos en teoría rigen criterios predominantemente racionales y legales, han socavado parte de este panorama, pero no todo. Venir o mostrar que se viene de buena cuna sigue siendo importante en España. En los años 50 y 60 sacarse una licenciatura en una universidad pública bastaba para ello ya que, en términos relativos, eran muy pocos los estudiantes universitarios de clase media o media baja. Eso por no hablar de la importancia que han tenido y tienen ciertos apellidos que se repiten implacablemente en el mundo empresarial madrileño y barcelonés.

Actualmente, los títulos nobiliarios son las carreras, másteres y doctorados de las universides de la Ivy League y en España los títulos de las escuelas de negocios. Lo cual, en palabras del economista serbio Branko Milanovic, “básicamente significa la habilidad de los ricos para colocar a sus hijos en las mejores universidades en las que el 90% de los mismos se gradúa meritocráticamente gracias a lo cual pueden reclamar salarios muy por encima de la media el resto de sus vidas”.

Y no estamos hablando sólo de dinero, sino de adquirir lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu denominó capital social, es decir, poder relacionarse, conocer e incluso emparejarse con cierto tipo de personas. Tener capital social no sólo tiene fines utilitarios sino que permite sentirse a uno más cómodo con su identidad personal subjetiva y, en última instancia, disfrutar más de la vida.

Sólo así se explica que, por ejemplo, en el encabezamiento de su página de Linkedin Pablo Casado incluya como principal credencial educativa el cursillo de la Universidad de Harvard obtenido por su asistencia durante cuatro días en el campus del IESE en Aravaca. Lo mismo puede decirse de otra serie de programas de corta duración recibidos en instituciones de prestigio que ocupan una posición mucho más dominante en esta página que sus dos licenciaturas de Derecho y Gestión y Administración de empresas obtenidas en universidades públicas (aunque una de ellas fuera obtenida en la hoy vilipendiada Universidad Rey Juan Carlos), las cuales seguramente han contribuido más a su formación y le han costado mucho más dedicación y esfuerzo.

Pero el problema es que no demuestran que uno viene de buena cuna en un mundo, el de las instituciones educativas de élite, que se ha mundializado y donde las barreras de entrada son muy elevadas debido a la existencia de una burbuja financiera educativa.

Hoy día, las familias pudientes chinas e indias compiten con las americanas y las españolas en mandar a sus hijos a Harvard o a Stanford. Obtener el pedigrí gracias a un cursillo de cuatro días resulta, por tanto, altamente tentador en la era de la posverdad.

El mayor éxito de este modelo es que todo el mundo lo ha dado por bueno en nombre de la nunca bien ponderada meritocracia, al fin y al cabo un ideal de promoción social mejor que ninguna de las otras opciones. Lo malo es cuando una determinada idea de meritocracia dinamita la movilidad social.

Muchos se echan esta cuenta. Puede que cuando tuviera 20 años no tuviera la ambición, o mi familia no tuviera el dinero, o no me diera la nota para ir a una universidad de postín. Sin embargo, cuando tengo treinta y tantos y tengo un buen trabajo, estoy todavía a tiempo de maquillar mi currículum incluyendo uno de esos grandes nombres de leyenda por una suma relativamente asequible que quizás pague mi empresa, si estoy en una multinacional, un gobierno o una fundación si soy un político.

Todo ello por no hablar del tan mentado “si tú no te vendes bien, nadie lo va hacer por ti”, germen de tanta inflación curricular que ha convertido en relativamente aceptable la exageración y la hipérbole en los currículums de los profesionales en España.

Sería bueno que la burbuja curricular estallara en algún momento y no sólo en el ámbito de la política.

César García es profesor de la Universidad Pública del Estado de Washington.

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