La tormenta después de la calma

¿Podría volver a suceder la crisis financiera del período 2007-2008? Desde que estalló la crisis, no han faltado las ocasiones –en forma de conclusiones y decisiones inadecuadas por parte de las autoridades– para que aumentara nuestra preocupación ante esa perspectiva.

Durante las tres cumbres del G-20 celebradas desde el comienzo de la crisis, los dirigentes mundiales han acordado endurecer ligeramente la reglamentación financiera, pero sólo para los bancos, con lo que han dejado a los demás participantes en el mercado funcionar sin restricciones ni fiscalización. Como ocurría antes de la crisis, nadie está vigilando el casi ilimitado mercado “virtual” de derivados, en el que el dinero se mueve con libertad sin normas oficiales ni contacto con la economía real.

Y los grandes participantes tienen abundante dinero en efectivo con el que especular, en particular dada la decisión de la Reserva Federal de los Estados Unidos de inundar el mundo con un mar de liquidez. El resultado no ha sido la inversión en activos productivos que impulsaran el empleo en los EE.UU., como deseaba la Reserva Federal, sino un aumento de los precios mundiales de los productos básicos y una burbuja en aumento en los mercados inmobiliarios de las más importantes economías en ascenso.

Dicho de forma sencilla, no hay frenos que pudieran detener la economía mundial en su rumbo hacia otra crisis financiera provocada por semejantes errores. Los paraísos fiscales siguen siendo numerosos y su regulación anárquica. Las exiguas medidas adoptadas por los reguladores de los bancos a raíz de la crisis para imponer el cumplimiento de la reglamentación no son ni mucho menos apropiadas para lo que está en juego. Los gobiernos se han negado a restablecer la divisoria absoluta entre los bancos comerciales y los de inversión, con lo que las consecuencias de la obligación de pagar los depósitos asegurados han recaído sobre los contribuyentes cuando las burbujas, a cuya creación es propenso el sector financiero, estallan.

De hecho, no está claro que los gobiernos impidieran un desplome en gran escala del sistema financiero en 2008 al transformar la deuda privada tóxica en deuda pública. Ese mecanismo funcionó entonces, pero no puede hacerlo ahora, en gran medida porque ha contribuido a la nueva crisis que se cierne en los mercados financieros, provocada por las cargas de la deuda pública –que se han puesto por las nubes– de los países.

No podemos achacar la crisis que está surgiendo actualmente sólo a las medidas recientes y actuales adoptadas por los gobiernos. Durante más de veinte años, se ha incitado a las economías capitalistas más importantes del mundo a endeudarse enorme y despreocupadamente, en gran medida mediante una nueva norma, aprobada a escala mundial a partir de los decenios de 1970 y 1980, que vinculó la política monetaria a los objetivos en materia de aumento de los precios. Esa peligrosa idea, propuesta en Francia por Jacques Rueff en 1958,  adoptada en toda Europa durante los dos decenios siguientes y heredada por el Banco Central Europeo, iba encaminada a limitar la tendencia de las economías capitalistas a intensificar la inflación en cuanto consiguen el pleno empleo.

Pero esa norma tuvo, en última instancia, el aterrador resultado de obligar a los países a endeudarse con los bancos privados a precios de mercado para garantizar la integridad de sus tesoros, lo que creó grandes obstáculos a la inversión pública, al desviar el gasto estatal hacia los beneficios en masa de los bancos y sus accionistas. Con la posible excepción de los cuatro países escandinavos, ninguna sociedad con economía de mercado encontró –ni buscó siquiera– el equilibrio necesario entre el Estado y el mercado para mantener un nivel suficiente de servicios públicos.

Pero ni siquiera la austeridad monetaria institucionalizada ha impedido que los niveles de deuda pública ascendieran a entre el 50 y el 100 por ciento del PIB en Europa (y mayores aún en países como Grecia e Italia) y superaran el 100 por ciento en los EE.UU. Resulta claro que la reacción oficial ante la crisis de 2008 fue perversa y perjudicial en todos los niveles.

Además, los 17 países europeos que actualmente utilizan el euro no pueden devaluar su divisa unilateralmente. El euro es un importante paso adelante colectivo, pero, para asegurar su solvencia como divisa verdaderamente común, se debe considerarlo la encarnación de una solidaridad verdadera e incondicional. El Gobierno de Alemania sigue sin admitirlo, como si Francia, antes de la creación del euro, hubiera ofrecido Seine-Saint-Denis o Córcega para pagar sus deudas exteriores y mantener así el valor del franco.

Grecia, miembro de la zona del euro, se encuentra ahora en semejante situación insostenible. Si suspende pagos, habrá unas enormes posibilidades de especulación. De hecho, no es probable que los mercados financieros diferencien entre la deuda griega y la de otras economías enormemente endeudas, incluidas las de Portugal, Irlanda, España e incluso Italia, los miembros de la zona del euro que han padecido ataques especulativos más recientemente.

Así podría producirse un maremoto financiero por importe de billones de dólares, lo que explica la energía con la que el Banco Central Europeo y su Presidente, Jean-Claude Trichet, han intentado evitar lo peor. Gran Bretaña, Bélgica e incluso Francia se encuentran con un nivel de deuda que inspira pocas esperanzas de que salgan indemnes de esa situación.

Entretanto, los EE.UU. no pueden cumplir con su próximo pago de la deuda, a no ser que el Congreso y el Presidente lleguen a un acuerdo para aumentar el límite máximo de deuda nacional. Con razón se han expuesto, con una alarma cada vez mayor a medida que aumentaba el riesgo, las consecuencias de una suspensión de pagos de los EE.UU.

Aún es posible remediar toda esta situación, pero ya no se pueden aplicar las medidas financieras necesarias para ello y al tiempo respetar la tradicional y completa soberanía de los Estados. Los EE.UU. deben renunciar al imperialismo del dólar y Alemania debe abandonar su sueño de un “deutscheuro”, administrado como si los otros 16 miembros de la zona del euro fueran extensiones históricas y culturales de la nación alemana. La tormenta que se acerca y las medidas que se deben adoptar para afrontarla traerán consigo un cambio enorme.

Michel Rocard, ex Primer Ministro de Francia y ex dirigente del partido Socialista. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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