La tragedia afgana y la era del desasosiego

La tragedia afgana y la era del desasosiego
Haroon Sabawoon/Anadolu Agency via Getty Images

Las imágenes de afganos desesperados subiéndose a la valla perimetral del aeropuerto de Kabul en un intento por escapar del régimen talibán es un desgarrador registro de nuestro momento geopolítico. La brutal manera en que los antiguos aliados de Occidente en Afganistán se han visto abandonados a su suerte encapsula la determinación de la administración del Presidente estadounidense Joe Biden a desentenderse de los viejos compromisos internacionales mientras adopta una nueva estrategia.

Hay mucho que criticar sobre la apresurada retirada estadounidense de Afganistán, no en menor medida por la falta de preocupación por los derechos de las jóvenes y mujeres afganas, los fallos de inteligencia y la ausencia de planificación. Pero detrás de muchas de esas críticas se trasluce una intensa nostalgia, incluso duelo, por el término de una era. La intervención liderada por EE.UU. en Afganistán que comenzara hace 20 años fue el último vestigio de un mundo distinto, definido por la búsqueda de un orden internacional de corte liberal y el imperio de la ley en regiones apartadas del mundo. De hecho, a muchos de quienes atacan la decisión de Biden les preocupa sobre todo el regreso a una brutal competencia geopolítica.

Para comprender la decisión de Biden, conviene hacerse una idea de la esencia de esta nueva era. Las mismas fuerzas globalizadoras que nos juntaron cuando comenzó la misión occidental en Afganistán hoy nos están separando. Las cadenas de suministro globales, las migraciones masivas y los flujos de información instantánea han venido de la mano de una desigualdad en aumento, alimentando una epidemia de envidia al compararse la gente de cualquier lugar con los más privilegiados del mundo. Son fuerzas que han servido de caldo de cultivo para una política centrada en agravios, identidades y un rechazo al internacionalismo encarnado por el ex Presidente estadounidense Donald Trump, pero repetido en distintas maneras por todo el planeta.

En este contexto, todo presidente estadounidense debe prestar atención al estado de ánimo nacional –una potente combinación de “Estados Unidos Primero” y desconfianza generalizada de las elites- y demostrarla favoreciendo el abandono de los enmarañamientos en el extranjero. Los estadounidenses quieren que su gobierno recupere el control ante las fuerzas impersonales de la interdependencia y ya no están dispuestos a aceptar el derroche de sangre y recursos en misiones distantes que pretenden estabilizar el mundo cuando sienten que el frente local está tan lleno de problemas.

Biden enfrenta un nuevo mundo en que los países se atacan entre sí convirtiendo en armas las mismas cosas que los unen. En las últimas décadas eliminamos muros y fronteras, y tejimos una red mundial que vincula a personas y países. Pero hoy la política entre grandes potencias se parece a un matrimonio sin amor: se detestan, pero no se pueden divorciar. Sin hijos ni mascotas que usar para herirse recíprocamente, los socios geopolíticos intentar encontrar su revancha mediante el comercio, las finanzas, la migración, la pandemia, el cambio climático y la internet.

Tales conflictos de conectividad se han vuelto comunes. Algiunos países limitan el acceso al comercio, mascarillas, vacunas, financiación global o minerales. Otros recurren a ciberataques o a sembrar desinformación, o manipulan amenazadoramente los flujos de refugiados transfronterizos. Estos métodos modernos no se ajustan a la definición clásica de lo que es una guerra, pero están matando y afectando a muchísimas más personas que un conflicto armado.

En consecuencia, el fin de la “guerra inacabable” en Afganistán no generará paz. Los talibanes utilizaron su control de la información para convencer a sus enemigos nacionales de que se rindieran sin luchar. Los masivos flujos migratorios que se espera ocurran desde el país se convertirán en un blanco fácil para Bielorrusia y otros estados que desean socavar las democracias occidentales mediante troles en línea apoyados por el estado que alimenten el miedo y siembren división. Al mismo tiempo, EE.UU. tratará de reestablecer su influencia en Afganistán manipulando los flujos de ayuda y el acceso al dólar.

Esto no es la guerra que conocemos, pero tampoco es paz. Más bien, el mundo ha entrado en una era del desasosiego, una competencia perpetua entre estados poderosos, girando alrededor de la rivalidad entre EE.UU. y China. La administración Biden afirma que la nueva frontera de la libertad se encuentra menos en los espacios sin gobierno de Afganistán que en el control de la economía global, la infraestructura, la inteligencia artificial y la tecnología. Su determinación de hacer que su país sea competitivo en esta nueva era ha dado impulso a su decisión de salir de la era anterior.

La siguiente tarea de Biden es construir una alianza que pueda manejarse en la era del desasosiego. No ha comenzado muy bien. Muchos gobiernos comprometieron fuerzas en Afganistán para congraciarse con Estados Unidos, pero justificaron su promesa ante ellos mismos y sus ciudadanos con referencia a los valores universales y el orden liberal que los estadounidenses decían promover. No olvidarán tan fácilmente un cambio así de rápido en las prioridades de Estados Unidos, ni borrarán las imágenes de la incompetencia estadounidense en Kabul.

Estados Unidos no podrá liderar en el futuro como lo hizo cuando era la única superpotencia del mundo. Necesitará alianzas basadas en las armas de la conectividad, más que en el poder militar. Para los estados europeos, esto es una oportunidad y, al mismo tiempo, un desafío. En Afganistán tercerizaron su geoestrategia, dejándola en manos de los estadounidenses, y acabaron por lamentar la pérdida de control que tan sumisamente aceptaron tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Ahora tendrán que aprender a competir en los nuevos escenarios de conflicto antes de ver cómo cooperar eficientemente con EE.UU. y otros aliados.

Por fin, la guerra inacabable ha terminado. Comienza la era del desasosiego.

Mark Leonard is Co-Founder and Director of the European Council on Foreign Relations and the author of The Age of Unpeace (Bantam Press, 2021). Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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