La tragedia transatlántica

Entre el creciente drama sino-norteamericano y la persistente crisis del COVID-19, el mundo sin duda está atravesando un cambio histórico fundamental. Estructuras aparentemente inmutables que se crearon a lo largo de muchas décadas de repente exhiben un alto grado de maleabilidad, o simplemente están desapareciendo.

En el pasado remoto, los acontecimientos sin precedentes de hoy habrían puesto a la gente en guardia ante señales de un inminente apocalipsis. Además de la pandemia y de las tensiones geopolíticas, el mundo también enfrenta la crisis climática, la balcanización de la economía global y las disrupciones tecnológicas de amplio alcance generadas por la digitalización y la inteligencia artificial.

Atrás quedaron los días en que Occidente –liderado por Estados Unidos, con el respaldo de sus aliados europeos y otros- gozaba de una primacía política, militar, económica y tecnológica incontestable. Treinta años después del fin de la Guerra Fría –cuando Alemania se reunificó y Estados Unidos emergió como la única superpotencia del mundo- hablar de un liderazgo occidental ya no es creíble, y el este de Asia, con una China cada vez más autoritaria y nacionalista al mando, está avanzando velozmente para reemplazarlo.

Ahora bien, no fue la creciente rivalidad con China lo que debilitó a Occidente. En todo caso, la caída de Occidente ha sido impulsada casi por completo por acontecimientos internos a ambos lados del Atlántico, particularmente –aunque no exclusivamente- al interior del mundo anglosajón. El referendo del Brexit del Reino Unido y la elección del presidente norteamericano, Donald Trump, en 2016 marcaron un quiebre definitivo en el compromiso transatlántico con valores liberales y un orden global basado en reglas, pregonando el renacer de una obsesión estrecha de miras por la soberanía nacional que no tiene futuro.

El Oeste transatlántico, un concepto encarnado en la creación de la OTAN después de la Segunda Guerra Mundial, fue el resultado del triunfo militar de Estados Unidos y del Reino Unido en los escenarios del Pacífico y de Europa. Fueron los líderes de estos dos países los que crearon el orden de posguerra y sus principales instituciones, desde las Naciones Unidas y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (el precursor de la Organización Mundial de Comercio) hasta el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Así, el “orden mundial liberal” –y por cierto “Occidente” en general- fueron enteramente una iniciativa anglosajona, reivindicada aún más por la victoria en la Guerra Fría.

Sin embargo, en las décadas siguientes, las potencias del mundo anglosajón se han agotado y gran parte de su población ha empezado a añorar el retorno a una mítica era dorada imperial. La perspectiva de recuperar la grandeza pasada se ha vuelto un eslogan político exitoso en ambos países. Entre la doctrina de “Estados Unidos primero” de Trump y el esfuerzo del primer ministro británico, Boris Johnson, de “volver a tomar el control”, el denominador común es un anhelo por revivir momentos idealizados de los siglos XIX y XX.

En la práctica, estos eslóganes representan un retroceso contraproducente. Los fundadores de un orden internacional que enaltece la democracia, el régimen de derecho, la seguridad colectiva y valores universales ahora lo están desmantelando desde adentro, minando así su propio poder. Y esta autodestrucción anglosajona ha creado un vacío, que conduce no sólo a un nuevo orden sino al caos.

Por supuesto, los europeos –empezando por los alemanes- no están en posición de reclinarse de manera complaciente o de apuntar con el dedo a los anglosajones. Al sacar ventaja en cuestiones de seguridad y simplemente encogerse de hombros ante excedentes comerciales persistentemente altos, ellos también son responsables del resurgimiento nacionalista de hoy.

Si Occidente –como idea y como bloque político- ha de sobrevivir, algo tendrá que cambiar. Estados Unidos y la Unión Europea serán más débiles solos que como un frente unido. Pero los europeos ahora no tienen otra opción que transformar a la UE en un actor de poder genuino por derecho propio. Una grieta profunda se ha abierto entre los europeos continentales –que deben aferrarse a la construcción occidental tradicional- y los anglosajones cada vez más nacionalistas.

Después de todo, el Brexit no tiene que ver realmente con cuestiones pragmáticas de comercio; representa, más bien, un quiebre fundamental entre dos sistemas de valores. Más concretamente, ¿qué sucede si Trump es reelecto en noviembre? El Occidente transatlántico casi con certeza no sobreviviría los siguientes cuatro años, y la OTAN probablemente enfrentaría una crisis existencial, aún si los europeos aumentaran su gasto en defensa en respuesta a las demandas de Estados Unidos. Para Trump y sus seguidores, el dinero no es el problema. Su principal preocupación tiene que ver con la supremacía estadounidense y la lealtad europea.

En cambio, si el ex vicepresidente de Estados Unidos Joe Biden resulta electo, el tono de las relaciones transatlánticas seguramente se volvería más amistoso. Pero no hay manera de regresar a la era pre-Trump. Aún en una administración Biden, los europeos no se olvidarían rápidamente de la profunda desconfianza que se ha sembrado en estos últimos cuatro años.

Más allá de quién gane en noviembre, Estados Unidos tendrá que lidiar con una Europa mucho más preocupada por su propia soberanía –particularmente en cuestiones tecnológicas- que en el pasado. Las interdependencias entrañables de los años inmediatamente posteriores a la Guerra Fría son cosa del pasado. Será necesario reformular la relación y ambas partes tendrán que ajustarse. Europa tendrá que hacer mucho más para salvaguardar sus propios intereses y Estados Unidos haría bien en entender que los intereses de Europa pueden divergir de los propios.

Joschka Fischer was German Foreign Minister and Vice Chancellor from 1998-2005, a term marked by Germany’s strong support for NATO’s intervention in Kosovo in 1999, followed by its opposition to the war in Iraq. Fischer entered electoral politics after participating in the anti-establishment protests of the 1960s and 1970s, and played a key role in founding Germany’s Green Party, which he led for almost two decades.

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