La traición a la libertad

En gran número y rápidamente creciente, si no innumerable, inmigrantes procedentes del Norte de África, Oriente Medio y el Sudeste Asiático que viven actualmente en América del Norte o en Europa se niegan a envenenar las mentes de sus hijos con ideas intolerantes, y aun fanáticas, procedentes de sus aldeas y ciudades, a fin de que puedan aprovechar las oportunidades de ejercer su libertad personal. Este propósito no tiene como consecuencia un repudio explícito del islam, pero la mayoría de los padres que están a favor de la modernidad pone buen cuidado en mantener a sus hijos a respetable distancia de la instrucción religiosa, proporcionada casi siempre por inmigrantes más recientes, mucho menos integrados que ellos mismos, menos urbanos y, no raramente, impulsados en sus prédicas por una vehemencia ruidosa y estridente. De este modo, observamos a nuestro alrededor la presencia de un número creciente de jóvenes pertenecientes a una era postislámica, decididos a incorporarse a la sociedad en calidad de ciudadanos de pleno derecho de las democracias occidentales.

Muchos de ellos han recorrido ya una etapa de transición –uno se encuentra constantemente con gente totalmente moderna con exóticos nombres musulmanes, pero sin rencor o violentos prejuicios musulmanes que aparecen visiblemente en todos los vericuetos de la existencia para reivindicar la elección fundamental hecha por sus padres– y casi siempre han tenido que trabajar muy duramente y sacrificarse notablemente para formar a sus hijos de la era postislámica.

Estos refinados y respetables padres ven ahora su postura socavada, e incluso desacreditada, por parte de presidentes, primeros ministros, profesores y sacerdotes que siguen sosteniendo que el islam es una atractiva religión de paz (algunos llegan incluso a mencionar la falsa etimología que pretende derivar el término “islam” de salaam, paz que, de hecho, significa “sumisión”) y siguen diciendo que los moros de Mindanao, en Filipinas, los yihadistas Yala de Tailandia, los núcleos terroristas de Pakistán, los talibanes de Afganistán, los variados yihadistas de Siria, el Estado Islámico (EI), Hizbulah de Líbano, las franquicias de Al Qaeda en Yemen, Norte de África, Níger y Boko Haram de Nigeria, no son “verdaderos islamistas”; ¡oh, no! El verdadero islam es ese imán bien vestido y de voz suave, de barba cuidadosamente recortada, habitualmente presente en reuniones interreligiosas en las que recibe a cristianos y judíos (si no budistas o hindúes) al tiempo que declama las virtudes pacíficas del islam. En cuanto a los profesores, en Estados Unidos han creado una religión completamente nueva que podría llamarse el “islam colegial estadounidense” en el que simplemente se suprimen los pasajes coránicos que apelan a degollar apóstatas e infieles y a esclavizar a sus mujeres. A los estudiantes de la Universidad de Georgetown se les enseña incluso que el islam es la única religión que condena el terrorismo como tal, una tergiversación del pecado de haraba, que significa precisamente “destrucción”.

En tanto que presidentes, primeros ministros, profesores y sacerdotes utilizan figuras crecientemente ridículas mientras siguen cada acción de violencia islámica con renovados elogios a la “belleza” del islam y su naturaleza extremadamente pacífica, el efecto sobre los padres muy trabajadores y sacrificados que intentan educar a sus hijos de la era postislámica es mucho menos agradable y ameno. Tras recitar toda la serie de razones de su elección –estallido de explosivos, decapitaciones, matanzas en masa y secuestros de Filipinas a Nigeria, de Boston a París–, se ven enfrentados a sus propios hijos que mencionan la irresponsable aprobación de un islam imaginario por parte de presidentes, primeros ministros, profesores y sacerdotes.

Esto es traición a la libertad. Dejemos que los predicadores musulmanes defiendan su religión, aunque emplearían mejor su tiempo suprimiendo los pasajes asesinos del Corán y eliminando las aprobaciones de la violencia en su propia predicación. Y, por supuesto, nadie investido de autoridad –o no– debería aprobar los llamamientos extremistas a favor de la venganza o la persecución. Pero los representantes de la autoridad no musulmanes deberían dejar de legitimar el islam tal como es, pues ello significa legitimar la violencia islámica y deslegitimar a los padres que se esfuerzan por formar nuevas generaciones de jóvenes de la era postislámica preparados para defender la democracia liberal.

Edward N. Luttwak, Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington.

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