La traición de las elites

Una calle para la verdad» (Der Wahrheit eine Gasse) se llama el grueso volumen de las memorias de un personaje trágico y despreciado a un tiempo, desconocido para la inmensa mayoría en la actualidad y sin embargo clave para entender el siglo XX. Las autobiografías son, con demasiada frecuencia si no siempre, intentos del autor, más o menos logrados, de justificar una vida o unos hechos. Ante sí mismo o los demás. En el caso de Franz von Papen, sus esfuerzos por explicarse al mundo en sus memorias son desesperados, patéticos tras la correcta formalidad germánica, y fracasados de antemano. Por las dimensiones de la empresa. Porque este hombre ambicioso, soberbio y débil, procedente de una familia de la pequeña aristocracia de Westfalia, militar, diplomático y después, para desgracia de la Humanidad, político, fue el responsable último de que llegara al poder en Alemania, por la vía legal y exquisitamente democrática, uno de los grandes monstruos de nuestra civilización, Adolfo Hitler. Ayer, 30 de enero, se cumplían ochenta años. Ocho décadas hace de aquel día trágico en que culminaron años de inestabilidad de una democracia que se quedaba sin demócratas, meses de elecciones reiteradas sin resultado estable y semanas de intrigas de palacios y despachos y ruidos de sables.

Aquel día 30 de enero, con aquella entrada de Hitler en la cancillería Wilhelmstrasse, muchos creyeron que era uno más. Que todo seguiría en la mediocre precariedad acostumbrada en los años anteriores de la República de Weimar. Que aquello no era para tanto, decían. Aunque estuvieran impresionados por las marchas con antorchas y el mar de banderas que desde primeras horas de la noche desfilaban por el centro de Berlín. Con su último gobierno, Von Papen apenas fue canciller seis meses. Después de él, Von Schleicher lo es poco más de seis semanas. ¿Por qué iba a durarle más el cargo al histrión austriaco, al «cabo bohemio», como lo llamaba con desprecio el anciano presidente Paul von Hindenburg? A quienes mostraban su terror ante la llegada al poder del nacionalsocialismo, se les instaba a la tranquilidad. Por todas partes se oía que el alarmismo y el pánico eran ridículos. Que los nazis se acomodarían en el poder, se integrarían en el sistema y su vida, ya en salón enmoquetado y lejos de las trifulcas cerveceras, acabaría con su radicalismo, su zafiedad, su brutalidad y su violencia. Pero lejos de esto, aquel día se puso en marcha la urgente, implacable y eficaz aplicación de una nueva ideología nacionalista, socialista, igualitaria, racista y redentora a la organización y administración de un Estado moderno y a la estructura de una sociedad avanzada. A un Estado que se transformaría rápidamente en una dictadura caudillista. Que se volcaría en la preparación de la guerra más ambiciosa y sangrienta jamás habida. Y que, en pocos años, habría de crear la más perfecta y puntual maquinaria industrial de matar humanos. Comenzaba así, con una concesión política que muchos consideraban reversible y nimia, la cancillería a Hitler, el más terrorífico capítulo de la historia de Europa. Que acabaría con decenas de millones de cadáveres y la máxima hecatombe de nuestra civilización, el Holocausto.

Todo fenómeno social tiene mil causas y es cierto que Alemania era un país postrado tras la Primera Guerra Mundial, que acabó de hundirse con la crisis financiera de 1929, asfixiado por unas reparaciones leoninas de unos Tratados (Versalles, Trianon y Saint Germain) dictados por la ceguera de venganza de los vencedores. No lo es menos que el orden tradicional había naufragado con la Gran Guerra. La generación que enterró a millones de los suyos en las trincheras europeas entre 1914 y 1918 había vuelto del frente, rotos sus lazos con tradición, autoridad civil o religiosa y fe en democracia, república o monarquía. Es cierto que Benito Mussolini llevaba una década en el poder y que las fuerzas bolcheviques habían ganado finalmente la guerra civil en Rusia. Que el pánico al comunismo era tan grande como el entusiasmo que despertaba entre los trabajadores industriales y los ejércitos de parados. Y la violencia y el desorden, el fracaso económico, el desempleo y la corrupción y desprestigio de los partidos, la profunda frustración cultural, se habían adueñado de las calles y de las mentes europeas y muy especialmente alemanas.

Pero no menos cierto es que nadie puede descartar la hipótesis de que Hitler, el poder nacionalsocialista, la guerra, decenas de millones de muertos y el Holocausto pudieran haberse evitado. Aquí surgen las condicionales. Después de su 37% de los votos en las elecciones de julio, el NSDAP, el Partido Nacional-Socialista Obrero alemán, perdió un par de millones de votos en noviembre. Estaba debilitado. Si Von Papen no hubiera querido debilitar a Von Schleicher a toda costa. Si no se hubiera prestado Von Papen, siempre Von Papen, a la intriga el día 4 de enero en su cita secreta con Hitler en Colonia, en casa del banquero Von Schröder. Creyendo aún, iluso, que Hitler aceptaría la vicecancillería en un gobierno suyo. Si la derecha tradicionalista no hubiera creído, tan arrogante y convencida por Von Papen, que sabría utilizar a Hitler para desactivar a un temido Frente Popular de comunistas y socialistas. Pero siempre dictando ella las condiciones a los nazis, creía. «No nos tiene en su poder, sino nosotros a él. Lo he conseguido integrar»: esta frase de Von Papen revela la abismal necedad del vanidoso. Hasta el final podían haber impedido él, Von Papen, y Von Schleicher, Von Hindenburg, el general Von Hammerstein, el jefe de las milicias Von Blomberg, todos ellos no nazis, de una forma u otra, el acceso de Hitler a la cancillería. A última hora Von Hindenburg tuvo otro asalto de dudas de permitir asumir la cancillería a aquel despreciable y provinciano austriaco, a aquel lumpen, expresidiario y pendenciero. Y se puso en circulación el rumor de un golpe de Estado para intentar frenar en el último minuto la toma de posesión. ¿Y si lo hubiera habido? ¿Habría habido indignación dentro y fuera de las fronteras de Alemania por impedirse el impecable procedimiento democrático que llevó al gran criminal al poder? Sin duda. La ceguera y la culpa de todos los millones de no nazis representados por Von Papen, de los millones de Von Papen que había en Alemania y que hay siempre en el mundo dispuestos a colaborar con el totalitarismo y el crimen en beneficio propio permitieron que la minoría nazi en enero de 1933 se convirtiera en los años siguientes en una monstruosa masa uniformada y embrutecida que, por fanatismo, conveniencia o miedo, decía querer la guerra total incluso cuando ya la sabía perdida.

Esta fecha alberga una terrible lección. Fueron muchas las ocasiones en los doce años siguientes en las que las élites alemanas tuvieron el deber moral de levantarse contra el régimen hitleriano. Y no lo hicieron por cobardía o mal entendido patriotismo. En 1934, cuando se promulgan las leyes racistas de Nuremberg que despojan de derechos ciudadanos y humanos a los judíos. Ese mismo año, el régimen demuestra su carácter criminal al liquidar a sus dirigentes de las SA con Ernst Röhm. En 1938 se produce la expansión violenta hacia Austria y los Sudetes. Y la Noche de los Cristales Rotos. En 1939, el asalto a Polonia. 1940, el asalto a Francia. 1941, el asalto a la URSS. Hasta el 20 de julio de 1944, con la guerra ya perdida, no hay una operación organizada contra Hitler por parte de sectores de las élites alemanas. Demasiado tarde. Aunque hubiera salido bien. En realidad, era tarde desde aquel primer momento en que gente decente se avino a pactos con una idea criminal. Así se convirtieron en cómplices del gran crimen aquellas élites cuyo máximo deber era preservar a la patria de las derrotas. Y fueron determinantes en condenar a la patria a sufrirlas todas.

Hermann Tertsch

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *