La traición de Pablo Iglesias a la República

Si algo ha caracterizado durante los últimos años el discurso político de Pablo Iglesias ha sido su ambigüedad respecto a la monarquía. Una ambigüedad que, por calculada, no puede ser calificada más que de oportunista. Oportunista en el sentido de que su estrategia en esta cuestión, como en tantos otros asuntos, se ha guiado siempre por conseguir una posición ventajista en el debate político: decir una cosa hoy, mañana otra distinta, en función de sus intereses partidistas. Sin importarle sus principios ideológicos, ni tampoco lo que él había dicho o su formación defendido en anteriores comparecencias públicas.

Por eso, no ha llamado la atención el mensaje lanzado por el líder de Podemos, después de reunirse el lunes 25 de junio con el presidente de la Generalitat, Quim Torra, en Barcelona: “Sólo desde los valores republicanos se puede construir un futuro en el que España y Cataluña compartan un Estado. Sólo desde los valores republicanos se podrá armar un entramado constitucional e institucional federalista”.

Pablo Iglesias apela ahora a unos supuestos valores republicanos, igual que antes había realizado gestos de simpatía con el titular de la Corona (todos recordamos el regalo al Monarca de la serie Juego de Tronos en DVD, o los elogios continuos a Felipe VI en su programa Fort Apache alabando los “gestos astutos” del rey al conseguir mejorar la imagen de la monarquía y elogiar la institución y la “capacidad de lectura política” de la corona en la Transición). También, anteriormente, en los documentos del partido morado se había plasmado, negro sobre blanco, que el debate entre la monarquía o la república “no interesaba a la sociedad” y era preciso practicar un “interés táctico” para no entrar “en el escenario que más les gustaría a los monárquicos”.

Hoy, sin embargo, le toca declarar la guerra a la monarquía porque, aunque no sea plenamente consciente de ello, Iglesias siente que algo se ha roto tras el discurso de Felipe VI el 3 de octubre de 2017. El gran error de Pablo Iglesias y su formación política es no haber entendido correctamente el concepto de “régimen del 78”. El régimen del 78 no es la continuidad del franquismo (ese es el fantasma que van a seguir alentando desenterrando tumbas y reescribiendo historias). El régimen del 78 fue un pacto de poder entre los herederos del franquismo (con el rey Juan Carlos a la cabeza, más los franquistas de la UCD y de AP) suscrito con la izquierda (el PSOE), los nacionalistas vascos y catalanes y la extrema izquierda del PCE (ahora Podemos).

El pacto (pacto de régimen) consistió en entregar el poder a la izquierda y a los nacionalistas (siempre separatistas, en tanto en cuanto su objetivo siempre ha sido conseguir ser una nación y un Estado independiente) a cambio de que la monarquía y la derecha lavaran su pecado original franquista y estableciendo una forma de Gobierno partitocrática. Y ese acuerdo dio origen a un nuevo entramado de poder, un nuevo régimen.

En eso consistió el pacto. Una componenda que ha funcionado, sobre todo, a favor de la monarquía, la izquierda y los nacionalistas. Me abstengo, por evidentes, de transcribir los hechos que demuestran la anterior premisa. El método utilizado para su plasmación fue el consenso (antidemocrático en el sentido que no se tuvo en cuenta la opinión mayoritaria de los españoles y sí los intereses de determinadas minorías). Y su arquitectura legal fue la Constitución de 1978, cuyos padres no fueron solamente furibundos franquistas (que también los hubo).

Iglesias sabe mejor que nadie que tuvieron participación decisiva orondos socialistas, sagaces comunistas y negociantes separatistas. Ahí están las fotos. Y, en esa transacción, cómo no, también estuvieron ellos: en tanto en cuanto Podemos (más ahora con su matrimonio con Izquierda Unida) no es otra cosa que los herederos de la izquierda extrema española capitalizada entonces por el PCE.

Pero, en esta ocasión, sí nos encontramos ante una novedad: el régimen del 78 ha saltado por los aires (no por la ruptura del bipartidismo como repiten sin discernir en Ciudadanos). El pacto de poder de la Transición se fundamentaba en un acuerdo político, con una componenda personal representada en la figura del que es ahora Rey emérito, Juan Carlos I. La mala estructura institucional de nuestro sistema (solamente hay que releer el Título VIII de la Constitución), la corrupción como factor de Gobierno en todos los partidos y el mal ejemplo de las máximos representantes del Estado, agudizaron la crisis. Una de cuyas consecuencias fue la abdicación y la proclamación posterior de un nuevo rey, Felipe VI.

A partir de este momento empezó una etapa política nueva, que el separatismo quiso aprovechar rompiendo unilateralmente con la legalidad, declarando, sin encomendarse a Dios ni al diablo, la República catalana. El Rey tuvo que intervenir y lo hizo a favor de la nación. Esta actuación fue respaldada mayoritariamente por los españoles. Estos dos hechos han descolocado a la izquierda y a los separatistas que nunca han tenido claro en qué consiste, ni se han interesado en saber, el ethos ni el pathos de España.

Es por eso que tanto el encuentro como las declaraciones posteriores de Iglesias han supuesto un salto cualitativo respecto a anteriores posicionamientos tácticos. El líder de Podemos no deja de manifestarlo: busca puntos de confluencia con el separatismo catalán con la falsa pretensión de que bajo el paraguas de una República, o de unos supuestos valores republicanos, se pueda mantener la unidad del Estado, eso sí, ensamblado institucionalmente a través de unos encajes que él denomina federales.

Esta posición supone un paso más elaborado respecto a su anterior propuesta de Estado o país plurinacional. Hasta ahora la plurinacionalidad había sido la única aportación de Podemos al debate sobre la crisis nacional que padece España. Ante la declaración unilateral de independencia de Cataluña, la solución para el partido morado pasaba por reconocer que España no es una nación, sino una plurinación o plurinacionalidad (un término que ya de por sí supone una degeneración respecto al anterior concepto “nación de naciones” que enarboló Zapatero y del que parece sigue enamorado Pedro Sánchez).

Según Pablo Iglesias -así lo ha declarado expresamente- existen cuatro naciones que comparten un mismo Estado: la nación española, la vasca, la catalana y la gallega. Y cada una de estas “naciones” tiene “derecho a decidir” si quieren seguir perteneciendo a un Estado común. Ante esos hipotéticos referéndums, los líderes de Podemos nos dicen que hoy propugnarían votar que no a las independencias. Aunque en cada uno de esos territorios muchos de sus líderes, confluencias y militantes son claramente separatistas.

Y es, precisamente, en este planteamiento teórico del hecho nacional, donde radica la mayor traición de Pablo Iglesias a la República y a los valores republicanos. Por la sencilla razón de que la República no puede ser utilizada como hace Iglesias, interesadamente, siguiendo el pensamiento de Ernesto Laclau a la manera de un “significante vacío”. La República tiene significado y significante: República española.

Para los españoles solo puede tener sentido y viabilidad si permanece unida a la existencia de una única nación que es España. En la traición de Iglesias, en el significante vacío defendido por él, estaríamos hablando de varias Repúblicas o, lo que sería más surrealista aún pero no descartable, de una República de Repúblicas. Eso sí, adheridas a través de una fórmula federal de cuya existencia no se conoce parangón en la ciencia política.

Pero es que además, la falacia del líder morado se desmonta con el argumento de que si el País Vasco, Cataluña o Galicia fuesen ya una nación, no sería necesaria la existencia de partidos nacionalistas, ni reclamar el “derecho a decidir”, ni propugnar el no o el sí para un futuro referéndum. Como no son naciones (tienen voluntad, querencia, intereses para ser nación pero no lo son) tienen que luchar por conseguirlo. Si fuese verdad lo que defiende Pablo Iglesias y su partido, el mapa de las cuatro naciones en un mismo Estado sería una realidad incuestionable. Como es una mentira, una falsedad, hay que hacerla realidad, construirla. Y dibujar, a posteriori, ese atlas político inventado.

Si la República y los valores republicanos significan algo a día de hoy, su alcance en el siglo XXI se encontraría precisamente en todo lo contrario al pensamiento de Iglesias y a lo que ha supuesto el régimen del 78. Esto es: defensa del hecho nacional de España como realidad incuestionable, implantación radical de los principios democráticos (separación de poderes, elección directa del poder ejecutivo y representación directa de los cargos públicos) así como la eliminación del escenario político de los enjuagues, amaños, consensos y artimañas, que Iglesias como buen hijo del 78 pretende perpetuar sine die, utilizados siempre al margen de la ciudadanía y de la ley, para la consecución de intereses partidistas. Parafraseando a Calderón de la Barca, en unos versos que el líder morado debería leer para entender todo su significado: la República no es más que una religión de hombres honrados. Y él, políticamente en este asunto, ha demostrado que no lo es.

Javier Castro-Villacañas es abogado y autor del libro ‘El fracaso de la monarquía’ (Planeta, 2013).

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