La trama de la globalización

Lo que era anécdota se está convirtiendo en categoría. Se habla mucho de Miami como puente hacia el mañana, porque se trata de una urbe hispana en la que cuesta trabajo practicar inglés, pero la realidad es que España es cada vez más nodo y puente de entrada de los americanos, del norte y del sur, en los entornos de una globalización consolidada. No son solo los nacionales de Estados Unidos, que pese a su patrimonialización del nombre del continente (América) desde su independencia en 1776, conviene llamar no americanos, sino estadounidenses. Nos hallamos ante un fenómeno de escala mayor, la presencia multiplicada en España de nacionales del llamado «Nuevo Mundo», de Patagonia a Alaska, estadounidenses incluidos. En primer término, este hecho se vincula a la circulación y asentamiento de elites globales. En este punto, mal que les pese a extremistas críticos de la transición política española, tan abundantes como ignorantes, los hechos son tozudos. Desde los años setenta del siglo pasado, en paralelo a la historia de éxito que supuso la normalización de España, con el advenimiento de la democracia, la entrada en la OTAN y las instituciones europeas, se produjo un cambio de imagen. Este impulsó la integración española en redes de personas, capitales, empresas y tecnologías, pues dio a conocer incipientes ventajas comparativas. Durante un instante mágico, pareció que España podía ser la California del sur de Europa. De manera simultánea, dejó de ser un país de emigrantes, por primera vez en siglos.

Terminada esa década constructiva, tan vilipendiada hoy, se originaron dinámicas de asentamiento de extranjeros en nuestro país, vinculadas a cambios globales irreversibles. El final de la Guerra Fría, el retorno de emigrantes españoles a sus lugares de nacimiento, los flujos de capitales entre ambas orillas del Atlántico, más el despertar de China, produjeron transformaciones sustanciales con efectos a largo plazo. A esas dinámicas que dirigieron personas y capitales hacia España, destino también de fondos de cohesión europeos, que fueron invertidos en general con inteligencia y seguridad, se superpusieron otras nuevas, no relacionadas con la incipiente movilidad global de elites tecnocráticas y profesionales, sino con movimientos masivos de población. La internacionalización multinacional de las empresas españolas fue acompañada del asentamiento en España de multitud de personas procedentes de las Américas. Junto a profesionales, militares y estudiantes de Estados Unidos, presentes en España desde las décadas de 1920 y 1950 de manera sostenida, vinieron dominicanos, ecuatorianos, colombianos y cubanos, entre otros. La relación de esos «nuevos» americanos con la asentada emigración cualificada del Cono Sur, chilena, uruguaya y argentina, que en la etapa de las dictaduras militares, conviene recordarlo, encontró en la España democrática de los años ochenta, tan criticada hoy por algunos de sus émulos, un refugio y un futuro, está por estudiar. El largo ciclo de crecimiento económico español, concluido en 2007, asentó perfiles conocidos y produjo otros distintos.

La normalidad desafortunadamente no suele ser noticia, pero fueron los contornos de estabilidad española los que multiplicaron la americanización de España, con diferentes escenarios. Es posible llamar «reagrupación familiar» lo que los demógrafos de siempre llamaban «emigración golondrina», toda una licencia poética para explicar que el emigrante, que en origen no suele ser de los más pobres, se debe a la familia extensa y al linaje para sobrevivir. Cuando se asienta, trae familiares y conocidos. En los lugares de origen, de ello se habla también poco, saturados como estamos de basura y desinformación televisiva, las remesas enviadas desde España por esos emigrantes han sostenido economías regionales y locales iberoamericanas. Se suelen situar en volumen justo tras las de Estados Unidos. Así que tras lo peor de la crisis se ha visto con alivio la mejora de la situación económica española. Hubo, por supuesto, emigrantes que retornaron. Otros se quedaron entre nosotros para resistir con mayor o menor éxito y se hallan dispersos por toda nuestra geografía. Entre las casuísticas recientes, destacan el asentamiento en España de descendientes de emigrantes españoles y también su consolidación como refugio seguro de personas y capitales. Además de la llamada «ley de nietos», 52/2007, que abrió hasta 2011 la posibilidad de adquisición de nacionalidad española, por los procedimientos habituales y no extraordinarios de residencia y nacionalización, grupos importantes de personas descendientes de emigrantes españoles, procedentes entre otros lugares de Cuba, Venezuela y Argentina, se residenciaron en España. Aunque resulta inevitable pensar en los extraordinarios «indianos», aquellos compatriotas que hicieron las Américas y con muchísima suerte lograron fortuna y retornaron a vivir en mansiones rodeadas de palmeras, para disimular la nostalgia de sus recuerdos, además de repartir filantropía entre sus convecinos, los que llegaron desde fines del pasado milenio son en muchos casos sus descendientes, nietos, bisnietos y hasta tataranietos. Entre los más recientes, algunos refugiados de la persecución y la cárcel, como venezolanos asentados en Canarias y Galicia. También han venido gentes de clases medias, quienes vieron con inteligencia en España un puente hacia el primer mundo, europeo y global. Nuestro paisaje urbano, idiomático, gastronómico y cultural, también el demográfico, cambia por su influjo, de manera lenta pero inexorable.

Como en toda Europa, a la que tan mal ha sentado la velocidad del cambio impuesto por la globalización, asistimos a una fragmentación que da paso a nuevos escenarios. Para algunos, en esta etapa postimperial, el Viejo Mundo europeo está abocado a la metropolización, es decir, a una exposición brutal a cambios resultantes de una interconexión global que dejó de gobernar hace tiempo. En realidad, quienes se asientan entre nosotros, americanos y de otras procedencias, pues somos también la isla dorada de la vejez para muchos europeos, buscan lo que no encuentran en origen, expectativas de una vida mejor, estabilidad para sí y para sus hijos, calidad de vida. Para que no se defraude y se produzcan episodios de frustración y violencia, es preciso que el sólido edificio de la sociedad civil española, que levantó el país tras la ruina colectiva que trajo la guerra de 1936-1939 (la ficción según la cual fue una lucha de buenos y malos queda para resentidos e ignorantes), indudable protagonista de tantos hechos memorables, defina una imagen propia y de futuro basada en la cohesión y la autoestima. Entre quienes aquí llegan, al menos mientras no los pone a sueldo la industria del resentimiento, suele llamar la atención ese perfil bajo, melifluo, más de un siglo XIX español a la defensiva que de un siglo XXI lleno de posibilidades. Hay una saturación de mensajes negativos sobre España que es preciso contrarrestar. Demasiada y tramposa «memoria histórica», haciendo equivalentes conceptos que pueden ser complementarios, pero también antitéticos. La memoria recuerda, olvida, simplifica y evoca. La historia reconstruye, contextualiza y duda, plantea un horizonte de complejidad e indeterminismo.

En términos relativos y absolutos, a medio y largo plazo, la transformación reciente de España ha sido muy satisfactoria. Como en el resto del planeta, el impacto de la globalización implica cambios cuyos resultados desconocemos. Estamos en un escenario flexible, con posibilidades de estructurar planes e ideas, con capital y talento humano para gestionarlas. Frente a posiciones apriorísticas y aislacionistas, que se limitan a evocar el excepcionalismo y el delirio romántico para todo, es preciso eliminar obstáculos a la circulación de personas e ideas y garantizar el Estado de Derecho. Frente a los profesionales del fracaso, que ven el vaso de España medio vacío, hora es ya de verlo medio lleno.

Manuel Lucena Giraldo, historiador.

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